Sortilegio...

  Sortilegio...

06 01  Gregorio y Andrés...

     Gregorio y Andrés llegaron a ser alcohólicos. Empezaron probándolo, acompañaban la comida de un vaso de vino, ejercieron el beber recreativo y, de vez en cuando, cogían la gran cogorza, con su enigmático despertar. Fiestas señaladas... ¡Un día es un día! Hoy me desmeleno. El lingotazo de las nueve de la mañana… Quizá fue de este modo o en circunstancias similares. 
     Gregorio y Andrés llevaron existencias parecidas. Pero un día a Gregorio se le olvidó ser alcohólico, sin saber muy bien cómo. Quizá empezó a importarle una persona en especial, o simplemente su espíritu se abrió a nuevas enciclopedias. Andrés decía Yo es que no puedo, no puedo; nunca conseguiré dejar de beber.
     Lo que pasaba es que no había manera de que se despistara y olvidara, ni por un momento, la petaca del bolsillo, la tertulia en la bodega, los escarceos en la discoteca...

     Gregorio murió y Andrés siguió bebiendo durante años. A Gregorio no le hicieron la autopsia, así que nadie echó un vistazo a su hígado, nadie pudo decir con negro humor ¡Ves como dejar de beber mata!
     Una noche alegre, o triste, ya a ciertas horas no puede uno estar muy seguro, a Andrés se le apareció Gregorio y el whisky dijo Carajo, Gregorio, cuánto tiempo, ¿cómo te va? ¡Uf, qué cara llevas, te veo preocupado!
     No, no estoy preocupado, Andrés, simplemente un poco impresionado porque he visto tu futuro. Tendrán que amargarte a una cama de hospital, y, dentro de lo que cabe, tendrás suerte porque te tratarán con paciencia y con un cierto cariño, aunque sea el cariño que se siente por una mascota, ese querido compañero de andanzas que debe permanecer amarrado y al que hay que llevar sujeto con la correa para que camine por el arcén y no invada alocadamente la calzada. 
     Te medicarán y durante un tiempo no sabrás ni quién eres ni dónde estás.
     Un día te examinarán. No, no te examinarán como si fueras un bicho raro: te abrirán la puerta de un despacho y tendrás que hablar. No, no se tratará de un test con preguntas y respuestas acertadas o equivocadas; sólo te pedirán que hables de ti, de lo que quieres hacer. 
     Y no va a ser sencillo, sólo habrá una oportunidad por semana, hasta que tus palabras lleguen a ser convincentes. Llegarás a no saber bien si estás encerrado o puedes cruzar libremente la puerta de salida. Y de hacerlo, ¿las piernas te sostendrán para dar los primeros pasos o te derrumbarás al primer intento?
     Hasta que un día te dirán que sí, que puedes salir, que sólo tienes que adquirir una serie de hábitos saludables, continuar con la medicación prescrita y no beber.
     Pero volverás a beber y volverás al hospital.
     Volverás, no sabría decirte cuántas veces, pero un día desearás no regresar nunca más a ese sitio tan horrible. No me refiero a la cama con las correas de los primeros días; no me refiero a la camisa de fuerza, a los temblores y a los gritos desesperados. Me refiero al despacho donde tienes que hablarle a unos ojos que permanecen atentos, en silencio. Desearás no volver a tener que demostrar que eres capaz de caminar por la calle, pasar desapercibido o relacionarte con la gente normalmente; desearás poder administrar tus días sin que nadie te pida cuentas.
     Lo desearás tanto que será fácil y ni te acordarás de los No puedo…



06 02  La segunda detención de Resquicio.

      En el Atelier Estancias en Incomprensión han crecido un par de plantas de marihuana en una jardinera. Doña SerRoja pasa, de camino al gallinero, y pregunta a Resquicio ¿Qué plantas son esas?, albahaca no, desde luego. 
     Resquicio se lo dice. 
     SerRoja comenta la suerte que han tenido, ella y su marido, ya que ninguno de sus hijos ha vivido ningún escarceo con la droga. Los progenitores orgullosos saben todo de sus hijos. A veces los cordones umbilicales se rompen tarde, abruptamente. 
     Pero estamos hablando de Resquicio y sus intoxicaciones. A veces compra costo, pero no ha practicado mucho el autocultivo. No tiene paciencia para dejar que las plantas maduren y se sequen correctamente. Las poda y deshidrata en una sartén al fuego. No hagáis nunca esto, niños. Prestad atención a los que van arrastrándose por la calle tras una vida de adicciones y decidme si merece la pena, por un momento de euforia, acabar así. 

     Aquel día, Resquicio Intoxicado está indeciso entre si ir o no al mercadillo de los domingos. Se pasa la hora límite en que se permite montar los puestos, por lo que hoy no va a poder trabajar. Pero al final decide sí ir al mercadillo. ¿Qué pretenderá hacer, a estas horas, el muy insensato?
     A media mañana, la policía está requisando la mercancía de un puesto porque su titular habrá incumplido algún requisito para poder ejercer la venta ambulante. Resquicio llega con su furgoneta y la arrima al furgón policial, simulando un choque, un encontronazo.
     Ahora los policías tienen que gestionar dos asuntos a la vez, y Resquicio acaba en volandas, esposado; sus abarcas saltan por los aires y son recogidas del asfalto por la autoridad competente. 

     En la parte de atrás del coche de la Policía Municipal, Resquicio está muy locuaz. Cuando dice algo de Cabroncete y medio, su acompañante de asiento le invita a no propasarse y cerrar la boca. Resquicio, convencido, le asegura que toda esta situación no es más que una performance. 
     El desarrollo de la performance les lleva al cuartelillo de la Guardia Civil en una localidad costera del municipio. Ahora Resquicio está rodeado de guardias civiles. Del piso de arriba baja un aparente mandamás, que está fumando un cigarrillo. Al verlo llegar, Resquicio empieza a decir ¡No, el fumador no!, como si estuviéramos en una sesión de tortura y el fumador fuera el poli duro, el último recurso de los maderos para que Resquicio confiese hasta la primera papilla que tragó.
     Luego la performance continúa en una ambulancia. El enfermero que le acompaña en la parte trasera del vehículo conversa un poco con la verborrea de Resquicio. Hablan sobre si José Saramago es comunista o es una ideología que le atribuyen sus detractores. 
     La ambulancia lleva a Resquicio al ala de siquiatría del hospital general de la isla. Allí permanecerá ingresado un poco más de una semana, hasta que es dado de alta. 
      Estando en el hospital, entra en su habitación un hombre, que lo observa un rato y se va. Luego averiguaremos que ese hombre es el forense de guardia y va a dar testimonio en un juicio que tendrá lugar unos meses después. En el juicio se dictamina que Resquicio es inimputable, por estar el día de autos en un estado de intensa ebriedad. 

     Más de una década después, Resquicio habla con uno de los policías, que intervino en el juicio. Resquicio no recordaba el detalle en sí, pero al parecer el detonante de la detención fue un empujón que el intoxicado dio a ese policía. El juez le preguntó si pensaba que el empujón fue intencionado y el policía consideró que no fue así. 
 
     La experiencia, no ya de la detención y el juicio, sino del ingreso psiquiátrico, hizo que Resquicio se planteara el modo de conseguir que tal cosa no volviera a suceder… ¡nunca más vivir una situación semejante! Y el modo de conseguirlo fue mantenerse durante mucho tiempo lejos de las sustancias que posiblemente contribuyeron a desencadenar los hechos. 

     Es posible que hoy en día, en la asiento trasero del coche de la Policía Municipal y esposado, Resquicio no dijera Todo esto es una performance, seguramente diría Todo esto es literatura. Fin.

     Un momento, un momento, no tan rápido…
     ¿Qué pasa?
     Si ésta es la segunda detención de Resquicio, ¿cuál fue la primera?
     Eso es agua pasada…
     Cuenta, cuenta…
     Bueno, Resquicio era menor de edad o había dejado de serlo no mucho antes, era barbudo y melenudo a más no poder. Cuando subía por una calle empinada en dirección a su casa, un coche de la Policía Nacional que iba bajando paró en seco; los policías se acercaron y le pidieron la documentación.
     ¿Por qué?, pregunta Resquicio.
     Porque nosotros no te conocemos, argumentan ellos.
     Yo tampoco les conozco a ustedes.
     Y así, tras esta frase seguramente inapropiada, se desencadenaron los hechos.  Resquicio ya está viajando en el asiento trasero del coche patrulla de la Policía Nacional, hasta el cuartelillo que ésta tiene en la capital de la mediterránea isla donde tienen lugar los hechos. 
     Allí los policías dejan solo a Resquicio en un cuartito pequeño en el que, sobre una mesa, han dejado una metralleta. Resquicio, aunque no ha fumado nada, alucina un poco, Esta gente, ¿qué pretende?
     Como Resquicio no toca la metralleta, al fin aparecen los policías. El que lleva la voz cantante, una eminencia aleccionadora al parecer, pregunta a Resquicio ¿En dónde estamos?
     En Mahón...
     Que que ¿en dónde estamos…?
     En la comisaría, en Mahón…
     Estamos en España. Dilo.
     Estamos en España.
     Y eso fue todo.
     Esa sí fue una buena performance.

     No tenía intención de retrotraerme a cuatro décadas atrás, sólo pretendía hablar de la segunda detención de Resquicio, el ingreso siquiátrico y la concienciación y autoterapia que siguió. 
     El texto anterior, Gregorio y Andrés, pretende recrear literariamente esa experiencia. Y fue concebido también para dar aliento a una amiga cuyo hermano estaba causando problemas a la familia debido al consumo de alcohol.
     Estoy convencido de que no tan solo hay maneras e salir del pozo, sino que a veces es fácil hacerlo, si aprovechamos el momento justo en que pasa ese tren. Todos tenemos un determinado momento de clarividencia que nos da la fuerza necesaria para cambiar a mejor, y aún así a veces la despreciamos, no nos la creemos y, tontamente, volvemos a lo de siempre aún sabiendo que nos hace daño; volvemos a lo de siempre aún sabiendo que poco a poco perdemos el bienestar, la paz y la libertad de elección.



06 03  Caerse de un guindo.

     Resquicio está bastante nervioso, ahí en la sala de espera. Su misión no es fácil, tiene que hablar con el psiquiatra que le trató unos años antes y explicarle porqué ha abandonado el tratamiento y está convencido de no necesitarlo.

     En su adolescencia Resquicio tuvo un episodio relacionado con la psiquiatría, se quedó algo "colgado" tras un par de experimentaciones con LSD. En ese momento vivía en unas cuevas habitadas por una comunidad hippie. Su comportamiento fue notado por alguien, que avisó a su familia. 
     Fue llevado a la fuerza a un ambulatorio siquiátrico situado a cuarenta kilómetros de donde residían. Para él lo más traumático fue el viaje en coche, con su padre conduciendo y su madre llorando a moco tendido durante todo el viaje. No entendía esa actitud ni los motivos de aquel llanto. Hubo una breve estancia hospitalaria, su alta correspondiente, el tratamiento médico a seguir... El diagnóstico, un principio de esquizofrenia. 
     Hubo un segundo ingreso casi calcado. 
     Y un tercero, pero éste fue diferente, no llegó a producirse. En la entrevista con el médico, Resquicio adujo que él se consideraba en condiciones de hacer vida normal y, para su propia sorpresa, le creyeron, de modo que regresaron los tres en el coche por el mismo camino por el que habían venido.
     Fueron pasando los años y a veces Resquicio sentía alguna reminiscencia de esas sombras desasosegante, paralizantes... pero un día se dio cuenta de que llevaban tiempo sin manifestarse y se sintió liberado, cicatrizado.

      Ya residiendo en Margullo de Fuego, tuvo lugar un segundo ingreso, esta vez tras una detención. La verdad es que su estado alterado tenía bastante que ver con el consumo de marihuana, aunque en el juicio se habló solamente de que había consumido alcohol en abundancia. Tuvo que hacer un notable esfuerzo para convencer al doctor encargado de su caso de que estaba en condiciones de retomar su vida con normalidad. 
     Resquicio guarda un buen recuerdo de ese hombre, que le dijo que posiblemente padecía una alteración bipolar. Se le prescribió una medicación, pero él la siguió sólo durante unos meses. El temor a volver a vivir un ingreso siquiátrico forzoso le hizo dejar el consumo de alcohol y cannabis, durante bastantes años.

     Pero Resquicio notaba que tenía épocas de apatía, y pensó que en la Seguridad Social le podían ayudar a combatirlos. Pidió una cita médica y fue derivado a la consulta de un siquiatra al que llamaremos Campechano OídosSordos. 
     Cuando Campechano oyó el relato que Resquicio hizo de sus antecedentes, con el posible diagnóstico de alteración bipolar, cerró los oídos y, muy campechano, hablando con convicción, dijo Cuando uno tiene una pierna rota necesita que se la enyesen.
     Resquicio pensaba que no tenía ninguna pierna rota y que lo que le estaba ofreciendo Campechano no era lo que él fue a buscar a la Seguridad Social, así que de nuevo no tardó mucho en abandonar la medicación prescrita. Siguió con su vida y a veces, esporádicamente, bebía alcohol o fumaba porros sin que por ello se manifestaran problemas o disfunciones. 

     Pero tuvo que volver a la consulta del doctor Campechano porque, para la renovación del carnet de conducir, hacía falta, o bien un informe de la evolución de la enfermedad, o bien el alta correspondiente. 
     Y así llegó el día en que Resquicio tuvo que explicar a Campechano los motivos por los que había descartado continuar con el antiguo tratamiento prescrito. Fue una visita francamente traumática, que se cuenta a continuación. 

     En la sala de espera, la enfermera le dice a Resquicio que se siente, no le gusta que esté dando vueltas y mirando unos dibujos infantiles expuestos en unos paneles de corcho. A Resquicio lo que no le gusta es la amonestación y dice irritado que él no es ningún perro al que mandar estarse quieto. 
     Ahora estamos ya en el despacho de Campechano.
     ¿Qué son esos gritos que he oído afuera?, pregunta el doctor.
     Empezamos mal, pero Resquicio procura explicarse, argumentar. 
     Campechano sigue desahogándose, Que a mí no me levanta la voz nadie, No me ha gritado ni mi padre. 
     Resquicio habla cada vez más bajito, incluso se agacha... 
     Campechano se pone en pie, amenaza con abofetearle y rechaza los argumentos de Resquicio. Cuando éste dice que el área de psiquiatría de la Seguridad Social receta por norma más de lo necesario, replica Eso son generalidades.
     Sin que haya ocurrido nada más en el despacho, sólo el enfado del doctor y el intento de Resquicio de explicarse, el doctor entiende que la situación es tan grave que ha de llamar a la enfermera de recepción para que sea testigo de lo que está sucediendo. 
     Entonces Resquicio abre su bolso y saca su cámara de vídeo, para tener su propio testigo. El doctor Campechano amenaza con romperle la cámara. Al final dice ¡Hay más médicos!, en una clara invitación a que Resquicio no vuelva por su consulta.
     Al salir, Resquicio le replica al doctor algo que ya no recuerda, seguramente que sus servicios no le son necesarios; lo que sí recuerda es a un par de pacientes y a alguna enfermera que, cuando pasa frente a ellos, están sonriendo. Así que siente que esas sonrisas son una especie de respaldo a su postura, que para nada es agresiva ni desequilibrada.
     Resquicio no entiende qué tiene que ver con la medicina un A mí no me grita ni mi padre. No entiende las amenazas de agresión generadas únicamente por una mala contestación a la enfermera al otro lado de la puerta del despacho de la consulta. Eso fue todo. Eso y el intento de contraargumentar sobre la asistencia siquiátrica requerida. 

     Puede que el hombre tuviera un mal día. Puede que, estando donde está, le lleguen historias y actitudes de pacientes que acaben por desestabilizarlo.
     Resquicio piensa que un comportamiento como el del doctor OídosSordos, prepotente e insensible, puede causar daño a alguien vulnerable. 

     Ácrata pregunta, unos años después ¿Y no lo denunciaste?
     Resquicio contesta No, no lo denuncié. Decidí escribir un relato corto sobre el tema, pero luego me dio pereza y se quedó en el tintero... hasta ahora.



06 04 Caerse de un guindo (y dos).

     Lo peor de la cita con el doctor Campechano OídosSordos no fue que amenazara con agredirme, ni que hiciera ademán de romperme la cámara de vídeo, ni que expresara que no deseaba que volviera a su consulta; lo peor fue que empezó a hilvanar la idea de que mi comportamiento era signo de un desorden de personalidad. Sólo fue un comentario, un esbozo. Me miró esperando una respuesta que no se produjo y continuó con su discurso, destilando enfado y sapiencia profesional.

     Cuando pienso en ese comentario mi imaginación se desborda, ¿qué podría llegar a suceder si un siquiatra quiere buscarte gratuitamente un desorden de personalidad... y tú en ese momento estás en sus manos, o confías en su buen criterio médico?
     No necesito inventar un ejemplo con que ilustrar esta situación, ya lo hizo Gabriel García Márquez en su libro de relatos Doce cuentos peregrinos… 
     Es una pareja mexicana, residente en Barcelona, que realizan un espectáculo de magia por diferentes establecimientos hosteleros. Ella ha ido a Zaragoza a visitar a unos familiares. Él la está esperando para efectuar juntos la representación de la noche. Ella nunca llegó, el coche de alquiler se descompuso en la carretera. Él tuvo que improvisar el espectáculo sin su ayudante. 
     La lluvia, la noche, los coches que pasan a gran velocidad... y una guagua que para y se ofrece a llevar a la mexicana hasta el teléfono más cercano. Le dan una manta, ella está mojada. En la guagua viajan sólo mujeres. Las mujeres duermen, cada una con su manta correspondiente. Al fin llegan al destino y la mexicana pide un teléfono para llamar a su marido y avisar de que no llegará para la primera representación. Su solicitud no es atendida, le mandan seguir la fila con el rebaño. Y resulta ingresada en el manicomio al que están llevando a esas mujeres, en un traslado nocturno de locas semisedadas.
     Un poco perplejos por la ausencia de la documentación de la loca mexicana, los psiquiatras deciden continuar con el tratamiento que precisa. Ella es una paranoica obsesionada con los teléfonos que siempre está pidiendo poder efectuar alguna llamada. Pasa mucho tiempo, los doctores son comprensivos con ella, pero debe seguir las reglas establecidas. Un día se queda sola en una habitación, por descuido. En la habitación hay un teléfono. De este modo la pareja se reencuentra. 
     El director del manicomio explica al marido lo mal que está su cónyuge y él, durante un tiempo, la visita todos los fines de semana intentando inútilmente apoyarla en su recuperación.

     Da pavor pensar en un poder tan impune e inapelables. Por supuesto, estamos ante una ficción. Puede que en la realidad existan casos peores, del mismo modo que muchos pacientes habrán encontrado en el tratamiento siquiátrico remedio a sus males. Pero me parece obvio que la gente que acude al área de Salud Mental de la Seguridad Social recibe una atención muy mecanizada, y sí, se médica en exceso, para ahorrar trabajo o por algún otro oscuro interés. Como me dice una amiga, ¿aceptarían ellos mismos ese trato para sus propios hijos, sin estudiar los pros y los contras de un determinado tratamiento?

     Sobre el funcionamiento de la mente y sus disfunciones, considero que la mayor parte de lo que se sabe son sólo suposiciones. Actuando con sustancias químicas se pueden obtener efectos cuantificables e inferir que gracias a ellas ciertos síntomas remiten, pero poco más. 
     Ante problemas graves, cuando la mente del afectado causa un daño sobre sí mismo o en su entorno, puede conseguirse una especie de reseteo, un nuevo comienzo tras un periodo de aletargamiento inducido. Ello puede ser una solución o el simple soterramiento del problema. Lo ideal sería que el individuo comprenda lo que le pasa y lo afronte, ya sea por sus propios medios o a través de terapias. Pero ¿qué ayuda real puede ofrecer una simple cadena de montaje con respuestas estandarizadas para los problemas y las tribulaciones del ciudadano común? 



06 05 El doctor Triste.

     A Resquicio se le asigna otro doctor en el área de siquiatría de la Seguridad Social. Lo llamaremos Cubano Triste. Resquicio le cuenta que sus altibajos tienen que ver con la creación artística. A los momentos de creatividad siguen otros en que esa actividad parece perder el valor y el sentido que le dábamos. Elevación y reflujo. Digamos que los períodos de bajón son el peaje a pagar tras el vértigo de la inspiración, que puede llevarte a ideas y sensaciones insospechadas, de donde tienes que volver a la realidad. Resquicio dice que prefiere sobrellevar eso por su cuenta. 
     Con los informes del doctor Triste, Resquicio pudo renovar el carnet de conducir varias veces. Acudía a él a última hora, cuando debía efectuar el trámite de la renovación. Los informes venías a decir que se desconocía la evolución de una enfermedad que figuraba diagnosticada en el historial del paciente, y al fin le dijeron que para la próxima renovación era necesario que estuviera supervisado por un profesional. No obligatoriamente debía acudir a la Seguridad Social, un sicólogo privado podía hacer perfectamente ese seguimiento. 
     El doctor Cubano Triste dice que no cree que lo que Resquicio cuenta del doctor OídosSordos pudiera suceder realmente, ya que es buena gente. La última vez que acudió a su consulta, le dijeron que estaba de baja. A las puertas del ambulatorio, un amigo ironiza con la idea de que el siquiatra pueda estar de baja por depresión. Cuando, unos días después, Resquicio pudo verlo por fin, no le cupo duda de que esa era la realidad. Se le veía hinchado, como te deja cierta medicación siquiátrica. No mucho después, el hombre dejó el trabajo.

     Resquicio siente deseos de literaturizar el caso de doctor Cubano Triste. Imaginemos que huyó de su isla natal en búsqueda del amparo de una Europa Desarrollada y esa Europa desarrollada acaba convirtiéndose en su trastorno y padecimiento. Aconsejémosle que, en lugar de seguir el tratamiento estándar que él mismo prescribiría, pruebe a encontrar mejoría a sus males volviendo a inhalar la fragancia de las selvas, los cayos y los manglares de su tierra. 



06 06  Busco diván...

     Busco diván en el que tumbarme para hablarle al techo con los ojos semicerrados, mientras tú cruzas las piernas sentada al otro lado de la mesa del despacho.
      
      Doctora, cuando naufragué en la isla desierta fabriqué como pude partituras y las repartí entre los pájaros salvajes cantores de la espesura. Quise armonizar sus trinos con el devenir de los riachuelos y la inclinación de los cocoteros sobre el océano y su diapasón.
     Redistribuí algunas piedras y seleccioné las mejores hojas de la floresta para componer una estampa digna de los mejores atardeceres. No pude fotografiar ese momento, pero lo guardo en el recuerdo, en la pinacoteca de los ensueños que acunarán mi vejez. 
     Sólo soy el náufrago de la isla desierta, pero antes fui Peón Arquitecto, edificaba sin licencia en los descampados, planificaba reformas en las ciudades por las que vagabundeaba. 
     Sólo soy el náufrago de la isla desierta, pero antes fui Cine Conde Bate,  un cine al aire libre conformado sólo por un  proyector de imágenes. 
     Doctora, sólo soy el náufrago de la isla desierta, pero un día encontré un escenario abandonado y me convertí en Teatro Troglodita Atapuerca. 
     No dio tiempo de materializar todos esos proyectos. 
     Ahora lo que me importa son las islas. Creo poder conseguir que naden hacia el sur en invierno en busca de climas más templados donde crezcan flores exóticas que libar.
     ¿Estoy muy mal, doctora?



06 07 Busco diván (y dos).

     Doctora, he tenido un día de esos en los que sólo me apetece estar tumbado, y no en este diván de las sesiones de terapia, sino en el catre de una cierta pretumba voluntaria. 
     No te inquietes, son sólo palabras, doctora. 
     Las plantas del huerto gritaban ¡Estamos aquí, a pleno sol! Y no acudí a darles agua ni aliento ni conversación… nada. No deseo ver a la gente y llevo una existencia descuidada. Un día y otro y otro y otro…
     Todos tenemos días así, me dice Milagros. 
     ¡Qué bien, soy como todos! No hará falta medicación, doctora, con unos sesudos y serenos consejos bastará para retomar el hilo de los días no sonámbulos. 

     Doctora, te he imaginado como la sicóloga de Tony Soprano en la serie televisiva Los Soprano, pero aún no me remuerde la conciencia por todos crímenes cometidos en Nueva York. Sólo lamento los crímenes que cometo en el huerto.
     También maltrato a mi perro cuando no me levanto. Él se alegra tanto si salimos a alguna parte. Creo que está escribiendo su autobiografía en Facebook. O quizá sea un ensayo, recopilación de lo que ha aprendido en esta vida repleta de alegrías y sinsabores. No me meto, son sus cosas. Espero que no hable de mi onanismo. 

     Doctora, anoche tuve unos sueños extraños y esta mañana me he puesto en movimiento casi sin darme cuenta, así que hoy no voy a requerir tus servicios con urgencia de ambulancia a sirena batiente.



06 08 He vuelto...

     He vuelto a pensar en los relatos y poemas que están por escribir. Cuando esto sucede, surgen solos. Cierta magia los trae y yo simplemente firmo al pie de la página. 

     El otro, el que apenas se levanta del catre, ese no piensa en relatos y poemas, está pendiente de lo que pasa en los estadios de fútbol. Los resultados deportivos le hipnotizan; ordena alfabéticamente clubes, ciudades y países. Se toma mucho tiempo y esfuerzo para conseguir no estar presente allí donde está. Parece que desea que su mente no avance, que sus pies no recorran ningún camino.
     Abotargado e improductivo…  ese también soy yo. 

     Pero ese yo paralizado y paralizante al fin desaparece, no sé muy bien cómo, y empiezo a considerar la posibilidad de que tanta inactividad pueda ser una forma de tomar impulso.
     He llegado a pensar que, sin los días negados, no llegarían a suceder los días de creación y bienestar. ¿Será así o es sólo una coartada, un dudoso consuelo?



06 09 El Guitarrista y la montaña.

     Llevaba tiempo buscando diván, y al fin lo he encontrado. No hay ninguna doctora cruzando cinematográficamente las piernas tras la mesa del despacho. Tampoco hay diván. El doctor Zeta permanece tras una mesa y el usuario o paciente o cliente ha de permanecer tras otra. No puede haber intercambio directo, si un billete de cincuenta euros pasa de una mano a otra, por ejemplo, antes debe ser desinfectado ya que estamos en plena pandemia. 

     Le explico al doctor Zeta mi caso y tiene dudas al respecto de si él es el sicólogo indicado para tratarme. También dice que no puede hacer un informe sin varias sesiones, sin llegar a conocerme. Ya que al fin encontré, simbólicamente, un diván, le digo que no quiero buscar otra opción y que tiene todo el tiempo que quiera. Leerá mis textos, éstos en el que él acaba de aparecer con un nombre provisional; hablará con los servicios sociales, que me conocen desde hace años; estudiará la información archivada en la Seguridad Social. 
     No es fácil cuando tienes que abrirte y contar lo que te pasa, expresar tus vulnerabilidades, desnudar tu ser ante alguien que, además, va a tener sobre ti cierta autoridad, cierto poder. Y se da la circunstancia de que acudes a él para pedir algo así como una no ayuda, que certifique que no hay motivos que te incapacitan para conducir. Aunque tampoco puedes representar el idílico e irreal papel de A mí no me pasa absolutamente nada. No es descartable que las sesiones con el doctor Zeta puedan servir para minimizar mis altibajos.

     El doctor Zeta comparte consulta con su mujer, que lleva un aula con estudiantes, no sé si es una escuela normal, una academia de apoyo o está destinada a jóvenes con problemas. 
     El doctor Zeta es sobrino de un célebre pintor, eso me seduce bastante, quizá encuentre en él receptividad hacia la tesis que enarbolo: mis altibajos no son una patología incapacitante, sino cierta consecuencia de la creatividad artística. 
     Encuentro en Facebook el perfil del doctor Zeta, donde aparece con una guitarra en las manos, y decido llamarle El Guitarrista; qué horrible fue la idea inicial de llamarle doctor Zeta. 
    Pienso que en alguna de las sesiones voy a decirle al Guitarrista que para mí tiene crédito como profesional de la sicología, pero que ocupa un segundo lugar, ya que el auténtico terapeuta en el que confío es mi perro Gracias Negro. Luego Gracias Negro se murió, para pena de quienes le conocíamos y lo queríamos. Ya sin el apoyo cotidiano de Gracias Negro, decido que confiaré plenamente en el Guitarrista si su terapia está en consonancia con lo que me inspira la montaña a la que a veces me llevan mis reflexiones andantes. 



06 10  El Guitarrista y la montaña (y dos).

     Cuando le comento al Guitarrista que a veces me paso un par de meses bajo de ánimo se lleva metafóricamente las manos a la cabeza. Desde ese momento decido llevar un control de mis periodos altos y bajos. En realidad podrían establecerse  los mismos simplemente mirando si publico o no textos e imágenes en las redes sociales. No porque las redes sociales sean importantes, sino porque en un determinado momento empecé a utilizarlas como si fueran mi disco duro. Del mismo modo, podríamos saber si estoy un periodo bajo o alto preguntando a la gente del pueblo si me han visto últimamente. Cuando al fin me ven, preguntan si he estado fuera. No, contesto, he pasado un tiempo sin salir mucho de casa, con pocas ganas de hacer cosas. Todos tenemos periodos así, me dice alguno de los viejitos con que hablo. Esas palabras también tienen algo de terapéutico.
 
     Tiendo a pesar que el tiempo en que estoy activo y creativo puede llamarse simplemente bueno, al contrario del recluido y apático. En cambio, el Guitarrista lo llama periodo de exaltación. Y sí, he de reconocer que cuando se acaba la fase depresiva tiendo a la hiperactividad y duermo menos. A veces, en mitad de la noche, en lugar de seguir en la cama a pesar de estar desvelado, decido ponerme a hacer cosas a deshora. Puede parecer algo productivo y gozoso, pero también puede resultar desestabilizador, ya que a la postre llegará un reflujo de agotamiento. 
     Desde ese momento, procuro que no ocurran esos desarreglos del sueño, me obligo a descansar las horas necesarias para corregir la euforia del tiempo de exaltación, sobre todo en el cambio inicial del periodo apático al tiempo de actividad. Esta medida no ha erradicado los altibajos, pero es algo que he incorporado a mis costumbres. 

     Le pido al Guitarrista un primer informe, que viene a decir que llevo unos pocos meses acudiendo a su consulta, y no es aceptado en la gestoría donde se tramita la renovación del carnet de conducir. Piden un seguimiento de un año. En realidad a mí sólo me habían dicho que era necesario que estuviera supervisado por un profesional. Ahora resulta que piden la supervisión de un año, y el Guitarrista me especifica que no puede garantizar que transcurridos esos doce meses el informe sea favorable. 
     No sé exactamente si antes o después de esta situación, ocurre un pequeño malentendido con el Guitarrista, le sugiero en un mensaje de WhatsApp que, puesto que vamos a seguir viéndonos y él mismo ha dicho que piensa que mi caso no requiere medicación, quizá pueda hacer un informe más favorable para ir adelantando el momento de recuperar la licencia de conducir. Su respuesta, que el grupo de WhatsApp está sólo para concertar las citas con el cliente, cuando en realidad lo estábamos usando para bastante más que eso, al menos por mi parte. La siguiente vez que nos vemos dice que creía que yo estaba insistiendo sobre algo que ya se me había dicho, y de ahí la respuesta un tanto desabrida. Continuamos viéndonos hasta que una de las citas se pasó de fecha y tardé un par de meses en volver a pedirla. Eso no era lo convenido, el seguimiento debía ser mensual. Entonces, para no tener que dar explicaciones sobre mi tardanza en solicitar la nueva cita y para ahorrarme los pagos al Guitarrista, decidí volver a la Seguridad Social.
     Le pedí un informe final para que ese medio año de seguimiento no cayera en saco roto. En él dice cosas bastante razonables, como que he sufrido un desahucio y vivo con el temor a sufrir otro, que una deseable incorporación al mercado laboral me resultaría muy beneficiosa y que posiblemente necesito una largo periodo de terapia conductual, que supongo que es lo que él vende a sus clientes, aunque realmente no he llegado a poder apreciarlo en toda su dimensión. Lo catalogaría como un conciudadano predispuesto a prestar ayudar al prójimo con consejos de lo más comunes, que se toma la molestia de escuchar al sujeto tratado los minutos establecidos y que analiza su comportamiento y su forma de ser de acuerdo a unas pautas que habrá aprendido en la carrera de sicología. No dio tiempo en ahondar en los posibles beneficios de un seguimiento más prolongado. Se perdió la posibilidad de completar el ciclo de un año y aún así no me fui con la sensación de estar perdiéndome gran cosa. 



06 11  La Encuestadora. 

      A través de la doctora de cabecera, volví a pedir cita al área de Salud Mental de la Seguridad Social. Cuando me di cuenta de que debía regresar a ese sitio donde viví una experiencia desagradable y algo traumática, decidí que no quería volver ahí. Luego recapacité y tuve que pedir la cita de nuevo, que al fin se produjo. Fue con una siquiátrica joven que llamaré la Encuestadora porque, si bien yo intentaba explicarle mis antecedentes y lo que había sucedido con otros profesionales, ella prefería ir haciendo las preguntas estandarizadas con las que se recibe y cataloga a cada nuevo paciente. Le di el informe del Guitarrista y para ella ese papel no tenía ninguna importancia, de hecho creo que los sicólogos no llegan a la categoría de doctores, pero a efectos literarios prefiero que sigan teniendo ese tratamiento, y por lo tanto diré que el informe del doctor Guitarrista no fue tenido en cuenta. En un momento dado los ojos de la Encuestadora se clavaron en la pantalla y le costaba atender a lo que le decía porque  estaba leyendo algo en mi historial. Sospecho que el doctor OídosSordos debió dejar un informe contundente el día que casi me agrede al intentar explicarle porqué decidí prescindir de los tratamientos prescritos. 
     Le explico a la Encuestadora que no tengo realmente problemas. Y ¿entonces por qué vienes aquí? Vengo obligado. ¿Acaso me vas a decir que un juez te obliga a acudir a esta consulta? No, debo pasar por aquí para poder renovar el carnet de conducir. 
     Le comento que no estoy cerrado en banda, pero para llegar a aceptar algún tipo de medicación siquiátrica necesito saber en base a qué consideran que debo tomarla, ¿en base a un episodio que tuvo lugar hace más de dos décadas? Y también exijo saber sobre los posibles efectos secundarios de esa medicación. Considero que la atención sicológica que pueda aportarme la Seguridad Social es suficiente. 
     Ya acabando la cita, la Encuestadora pregunta ¿No quieres medicarte, verdad? Aquello sonó un poco raro, como si estuviera ofreciéndome la última oportunidad de… algo. Musité un No y ella dijo Pues te derivo a la sicóloga. Supongo que era consciente de que me estaba abriendo una puerta que conducía exactamente a ninguna parte.



06 12  La Santa.

     Este relato pasa de la primera a la tercera persona como un pelo encrespado que recupera su forma arbitraria sin atender a los esfuerzos del peine. Aquí Resquicio contará cómo fue su experiencia con la sicóloga que se le asignó en la Seguridad Social. A ella la llamaremos La Santa porque en el mundo del realismo no mágico, en la no ficción, tiene nombre de santa. 
     Oh sorpresa inicial, La Santa sabe prácticamente todo de Resquicio y su descripción de las experiencias que ha tenido con la siquiatría se ajusta bastante bien a lo que él piensa que ha sucedido. Lo vas sobrellevando más o menos bien, viene a resumirle. 
     Desde el primer día, La Santa le deja claro a Resquicio que todo lo que pueda tratar con ella no va a tener influencia sobre la cuestión del carnet de conducir. Eso puede ser dudosamente legal porque ¿qué es ella, menos que una sicóloga privada?, pero es el marco en el que nos movemos. También dice que lo suyo es algo vocacional. Es decir, no está ejerciendo el trabajo por el sueldo que se le retribuye, sino con el ánimo de ayudar. 
     En una segunda cita La Santa le dice tres veces a Resquicio que lo que sucedió con el doctor OídosSordos no importa no importa no importa. A veces las réplicas se nos ocurren tarde. Resquicio se quedó sin preguntar ¿Para quién no importa? 
     En una de las citas Resquicio pasaba uno de los periodos de ánimo bajo. La Santa dijo que hablaría con La Encuestadora para ver de prescribirle algo “suave” para ello. Resquicio se mostró de acuerdo, pero en las siguientes citas no se volvió a hablar del tema. Más adelante La Santa se comprometió a tratar con La Encuestadora la necesidad de que ella como siquiatra volviera a intervenir para poder hacer algo con respecto al carnet de conducir. Nada de eso ocurrió. O se le olvidó a La Santa decírselo o La Encuestadora no quiso saber nada del tema. 
     Las citas se fueron espaciando en el tiempo y pasaron a ser telefónicas, sin que hubiera motivos pandemiológicos para ello, hasta que dejaron de producirse. En la última llamada La Santa dice de pasada que piensa que lo mejor que puede hacer Resquicio es dejar de acudir a sus servicios. 
     Resquicio presentó a la Seguridad Social una solicitud de revisión de su diagnóstico, explicitando únicamente haber sido tratado por OídosSordos, Cubano Triste, El Guitarrista, La Encuestadora y La Santa. A la solicitud se respondió con un informe de La Santa en el que se especificaba que el paciente sufre ciclotimia y TAB. ¿Y eso qué es? Estas siglas hacen referencia al Trastorno Afectivo Bipolar, que viene a ser un estadio agravado de la ciclotimia. ¿Por qué La Santa habla de bipolaridad si los informes de Cubano Triste hacían referencia únicamente a la ciclotimia? ¿Y por qué el tratamiento requerido para la ciclotimia y la bipolaridad es la recomendación de dejar de acudir a los servicios de Salud Mental de la Seguridad Social?  El informe también habla un poquito de la vida del sujeto, se dice de él que vive de ocupa, como si ése también fuera un trastorno más de los que padece. No sabemos qué tratamientos se requieren para dicha enfermedad.

     Los meses van pasando, quizá un año sin noticias de La Santa, hasta que Resquicio acude a Atención al Paciente y solicita su historial médico relacionado con siquiatría y sicología. ¿Para qué, para presentarlo ante un abogado por ejemplo?, le preguntan. Sí, para eso por ejemplo, contesta. La mujer comenta Veo que ahora mismo no estás en tratamiento. Será que me han dado el alta en la categoría de Irresolubles, no llega  decir Resquicio porque las respuestas ingeniosas se le ocurren a destiempo.



06 13  Autobiografía de la no autobiografía. 

     No sé si soy escritor. Serlo fue una vocación temprana y luego he pasado épocas ajeno a ese empeño. No me queda mucho tiempo para sentir que soy eso, un animal literario con discurso propio. Tampoco era mi intención hablar en especial de mí mismo, ciertas circunstancias me han llevado a ello. Cuando no eyaculo pura imaginación, procuro ser veraz; pero no lo soy del todo, mi discurso es bastante sesgado, sólo se manifiesta una parte de mí y por lo tanto hay otro yo que tergiversa la realidad de lo que soy y de lo que siento, y lo hace sencillamente permaneciendo en silencio. El que no escribe ni dibuja ni pinta ni fotografía ni le apetece comunicarse con amigos y conciudadanos; el que prefiere que los días se vayan rápido y no disfruta del cielo abierto ni de los rayos del sol… ese ¿qué aporta a ésta mi autobiografía de íntimos sentires, dudas y debilidades expuestas así como carnaza al viento?
A él lo llamo Apagado, y su contraparte, Encendido, en su discurso es evidentemente una representación incompleta de ambos. A Apagado no lo conoces y probablemente nunca sabrás de él, salvo que te decidas a hacer espeleología en su guarida. 

     Apagado y Encendido escuchan radios diferentes. La del primero es política y deportiva; la del segundo, cultural y musical. Una te informa de lo que sucede en el mundo, aunque acaba saturándote de palabras y eslóganes reiterados.  La otra también te informa pero acaba llevándote en volandas con ingenio y ritmos tropicales. ¿Por qué Apagado no enciende la radio de Encendido? Sí, a veces la sintoniza, pero su cuerpo y su mente no hallan receptividad a todo lo que ofrece esa emisora.
     Apagado y Encendido tienen un régimen alimenticio distinto. Apagado sólo saldrá a comprar cuando ya no quede nada en casa. Encendido tiene una alimentación más sana y variada; eso le aporta más energía y le induce a estar más activo. Apagado podría esforzarse un poco en no perder ciertas costumbres saludables, pero si hiciera eso dejaría de ser Apagado. Encendido se despierta y se prepara un té, y más tarde otro, y otro más. Apagado no se toma ni siquiera la molestia de hacerse el primero.
     Nadie tiene que decirle a Encendido que se asome a ver los primeros rayos del día, ni que se dé un pequeño paseo al atardecer. Apagado dará vueltas en la cama intentando dormir un rato más a pesar de ser asediado por una cierta mala conciencia de estar equivocándose. Los sueños a veces se abren paso intentando explicitarle que debe cambiar de comportamiento, pero su mensaje normalmente acaba desvaneciéndose pronto, para así poder continuar un día más asentado en la inacción. Atiende a las obligaciones que le surgen, pero no disfruta de las pequeñas cosas importantes de la vida, como encontrarse y conversar con la buena gente que lo aprecia o pasear. Vive de espaldas a muchas cosas que le harían sentirse mejor y que sin duda lo transformarían con facilidad en ese otro que lo describe con saña aquí.

     Para conseguir no estar presente en la realidad, Apagado desarrolla una serie de estrategias, entre las que destacan los juegos de palabras y la repetición de datos aprendidos. Son como mantras cuyo objetivo podría ser simplemente que no surjan ideas nuevas. Es una retahíla de lugares comunes, como países, ciudades, equipos de fútbol, resultados deportivos. En un principio parecería un inocente ejercicio memorístico, pero como eso se empoza e impide el fluir normal de la mente, resulta un agobio. Quizá debería aprender a no temer la presencia de esos mantras, pero no resulta tan sencillo conseguirlo porque recuerda que otras veces le ha costado dejarlos atrás. No ya dejarlos atrás, minimizarlos. 

     Esas transiciones mentales, los cambios que desplazan de modo abrupto ciertos temas recurrentes de interés, no son una abducción, no son algo así como una posesión. El fútbol, la geografía y los juegos de palabras estaban ya ahí, en una repisa secundaria del orden doméstico de las neuronas, sencillamente pasan a convertirse en una cortina que lo tapa todo e impide el paso del sol. Apagado prefiere permanecer tras esa cortina, Encendido acabará ventilando la estancia, aunque al no poder saber cuándo va a ocurrir eso, se produce cierta angustia. 
     En determinados momentos puede hacer falta una desconexión del ser consciente, del homo razonador, ¿por qué no habría de ser lícito ausentarse con mantras u otros subterfugios? El problema se da cuando esa situación puede llegar a durar meses, cuando modifica las costumbres cotidianas y afecta al bienestar físico. 

     Durante el día, Apagado puede desarrollar otras estrategias para conseguir su objetivo de permanecer ausente de la realidad, incluso algo tan positivo y liberador como la lectura puede servirle a tal fin. Releerá una y otra vez un libro sólo para evadirse, pero desde luego lo más sencillo es conseguirlo a través de las pantallitas. Son las mismas pantallitas que sirven a la creatividad de Encendido, pero usadas al servicio del No estar. Bajo su influjo subyugador, las horas se van rápidamente y, cuando al fin las aparta de sí para dormir, los mantras regresan, retoman su espacio y dificultan su transición hacia el reino del sueño. 
     De alguna manera, para No estar, Apagado también requiere un esfuerzo, una parafernalia; en cambio Encendido abre los ojos y fluye.



06 14  Inducción a la euforia. 

     Encendido y Apagado se alternan en el gobierno de Resquicio. Si Encendido tarda en aparecer, quizá haya modos de conseguir la transición. Sentir aprecio por una persona, o no querer defraudarla, podría desencadenar el cambio, aunque lo lógico es hacerlo por uno mismo. Por lo general el paso a la creatividad llega por sí mismo, acaba cayendo de maduro tras algunos intentos frustrados de mentalización: Espabila, ponte en marcha. Sin saber muy bien cómo, acaba produciéndose. 
     Pero la espera se hace larga. Una vez Resquicio consiguió un cambio de humor radical usando café y una botella de whiskey, su metabolismo y su ritmo circadiano cambiaron de la noche a la mañana, durante un tiempo se le cerró el estómago y estuvo descansando menos de lo normal porque estaba en ebullición. No es recomendable acudir a este tipo de sustancias, pero en ese caso lo hizo a conciencia y disfrutó de las ventajas del cambio. Curiosamente, al producirse la transición sin utilizar ninguna sustancia, el cambio metabólico y circadiano es bastante parecido, aunque no tan radical. 
     En determinados momentos Resquicio estimuló la creatividad a través del cannabis. Lo hizo aún sabiendo que esa euforización artificial seguramente lleva implícito a posteriori un bajón más acentuado del habitual. De todas formas, él considera que el alcohol y el cannabis no han sido importantes en su vida, fue capaz de prescindir de ellos por largos periodos de tiempo y, tras un episodio cardiaco sufrido, posiblemente ya permanecerán lejos de su organismo para siempre.  
     El Resquicio Encendido e Intoxicado, ya sea con alcohol o con cannabis, era más locuaz, ingenioso y desinhibido que el común, pero  a veces eso le hacía chocar un poco con cierta urbanidad social en su afán de romper esquemas y representar sus performances, con o sin sentido. Eso incluso pudo generar algún roce con sus más allegados, pero fueron episodios breves y no se ganó ninguna enemistad por ello. 

     Cuando salimos de la inactividad es como si nos surgieran alas. Quizá es sólo el contraste en el paso de un estado a otro. La mente se ve estimulada por proyectos nuevos, las ideas se concatenan y relucen más sencillamente porque provenimos de un periodo de penumbra.
     No quiero seguir pensando que los períodos de desconexión de toda creatividad son necesarios y nos alimentan. No quiero creer a quienes afirman que el tiempo negado sirve para crecer espiritualmente. Hay gente químicamente estable y propensa por naturaleza al optimismo, incluso a la felicidad, ¿tenemos que presuponer que esa estabilidad va en detrimento de su crecimiento interior?
     ¿Sirven para algo los periodos de inapetencia y pesimismo general? Bueno, si en lugar de definirlos así los llamamos tiempo de barbecho, la percepción de los mismos podría ser distinta. Creo que si esos periodos te suceden, así es tu vida y tienes que aprender a transitar por ella incluyendo esos vaivenes anímicos. La realidad de lo que eres, de lo que piensas y sientes, no está en exclusiva ni en los altos ni en los bajos; eres un compendio de ambos. Por más que el lado activo se muestre y luzca más, también el lado retraído te conforma.
     
     Podemos dar por hecho que tras la exaltación llegará un cierto bajón. Podemos dar por hecho que de la depresión siempre se acaba saliendo, tocar fondo sirve para empezar a remontar. Quizá podemos minimizar los altibajos si no nos dejamos arrebatar por la euforia en los momentos altos. Quizá algún día en los momentos bajos conseguiremos seguir las pautas correctas que nos alejen de la desazón. Cada cual ha de encontrar las claves de su propio equilibrio imperfecto. Y si nuestro sino es seguir dando bandazos, seguiremos saboreando alternativamente el dulce y el amargo en la montaña rusa de la vida. 

     Me he dando cuenta de que Encendido también tiene sus mantras, frases recurrentes de significado enigmático, pedacitos de canciones que rompen el silencio para sorpresa de uno mismo, como expresión de alegría y optimismo. Reflejan un cierto bienestar y a la vez lo generan. ¿Podrían esos mantras en algún momento volverse agobiantes? Parece que no, pero si impiden el paso de todo lo que ha de habitarnos sucesivamente, también podríamos llegar a detestarlos. 
     Hay días de inacción que no llevan otros concatenados. Los automatismos positivos resurgen sin tener que implorárselos a los dioses. Los  mantras paralizantes no tienen ningún poder si no se lo concedes. Disfruta de hoy, Encendido, pero tampoco sería realista creer que ya nunca más volverás a sentirte estancado.

               Resquicio.

-   -   -
Siguiente capítulo 07 Puertas…
https://lamareaporresquicio.blogspot.com/p/puertas.html

Comentarios

Entradas populares de este blog

Digital y analógico en orden inverso.

Guerras (y dos).

María.