La Cuesta de los Niños.


La Cuesta de los Niños..

09 01 La Cuesta de los Niños.

     En la Cuesta de los Niños hay bicicletas pequeñas y patinetes tumbados al sol, junto a Rápida y Pod, que son podencos canarios, pero no podencos cazadores de conejos, porque viven en la Cuesta de los Niños, con los niños y los padres de los niños, que llegaron de regiones remotas para asentarse en la Cuesta de los Niños, justo donde el patinete se embala y hay que usar los frenos y nunca frenar con los pies descalzos. 
     Pasan coches, pero no son una amenaza excesiva, sólo un loco conduciría rápido por la Cuesta de los Niños. 
     La mayor de las niñas baja media rampa con su skate, vira como en una danza, y la inercia de bajada la hace subir de vuelta para arriba sin esfuerzo.
     Más abajo de la Cuesta de los Niños está Picocolorao, con la vieja casa destartalada que también se llama Picocolorao y en la que se ha refugiado un tipo viejo y andrajoso, que vive con un perro negro y grande al que algunos temen, pero que es bonachón e inteligente.
     A la entrada de la casa hay un aljibe derrumbado en el que abrevan las tórtolas y otros pajarillos. Uno de esos pájaros tiene un extraño canto de sonido metálico que parece una alarma Beeep beeep. 
     Cerca de Picocolorao viven Arisca y Jovenzuela, que son podencas cazadoras, y Quisquilloso, que es un perro faldero muy diligente a la hora de guardar su casa de los extraños y dar la voz de alarma si se acercan intrusos. Es un incordio relativo, tiene los ojos saltones y, si te plantas frente a él, se cansa de ladrar y se olvida un rato de hacer su trabajo vigilando el territorio de sus amos. 
     Rápida en cambio es podenca de sofá, de vez en cuando lee los libros de la gran estantería del fondo, sueña con ir a la universidad y al conservatorio, para ser la Rapera Rápida y dar conciertos en lugar de aullarle a la luna como han hecho desde siempre sus ancestros. 
     El científico y matemático cuadrúpedo Gracias Negro se lleva bien con todos ellos, pero no con Rocky Balboa, que vive en casa del panadero. 



09 02  Estorninos republicanos.

       En la Cuesta de los Niños, los súbditos de esta república trasnacional no tienen la costumbre de amarrar con la correa a las bicicletas ni al resto de animales. La terraza de la casa parece la cubierta de un barco y los marineros se asoman por la borda para saludar a los buceadores que pasan por la carretera. Los niños van desnudos y se zambullen en sus juegos. Los perros, recién salidos de la universidad, suben la montaña. Los gatos te siguen los pasos investigando a dónde vas. Los patines y las bicicletas se tumban al sol y se rascan con la pata trasera. Junto a ellos, vigilando quién se acerca, se ve siempre a algún peluche.

     Qué gente tan rara, no parecen sincronizados con el desquiciamiento general de la sociedad. Aunque teletrabajan, atienden a los niños montaraces y conversan con los magos. Existen otro tipo de magos, por aquí se llama mago al campesino. Desde que en la isla se instaló la desaladora, la magia es ya de otro tipo. 
     Estamos en la época de las sandías y los melones, y éstos circulan de mano en mano sin muchos protocolos. Nadie pide la repetición de la jugada, por si hubo falta.

      Los demás barrios de la región no son tan republicanos. En ellos los amarrados perros te hablan atropelladamente y, aunque sólo pronuncian la palabra Vete, la dicen de forma atronadora y repetitiva. 
     Tanto ladrido es lo que seguramente provocó la sordera de un ama de casa, que se asoma a la ventana con suspicacia y barre el patio de su morada hasta la pulcritud. Esa sordera hace que no escuche el saludo de los republicanos que bajan de la Cuesta de los Niños, ni las conversaciones de los estorninos que han invadido un árbol de su jardín.



09 03  Filosofía de chat.

     En la Cuesta de los Niños, las carretillas duermen tumbadas de lado. Parecen accidentadas, pero adquieren ellas mismas esa postura para que el rocío de la noche se escurra hasta el suelo y así no padecer de reumatismo en la vejez.  
     Dicen algunos que antiguamente los lugareños soltaban a las carretillas en el monte y éstas vivían gran parte del año salvajes entre las cabras. Así no tenían que alimentarlas. 
     En primavera las atraían con silbidos y verdura, las amansaban y trabajaban con ellas en la reconstrucción de las casas y en la recogida de la cosecha. 
     Tras esos meses de ajetreo laboral, las carretillas volvían a los riscos, aunque algunas empezaron a preferir quedarse cerca de las casas, por la sombra de los muros y el agua de los aljibes. 

                *

     ¿Qué me he perdido? ¿Carretillas? 
     Sí, has de tener en cuenta que, si no las usas a menudo... echan raíces y, si no las riegas, se te mueren. 

     Llámame tonto, pero sigo sin entender lo de las carretillas.
     Bueno, puedes hablar directamente con ellas. Yo podría tergiversar sus opiniones, que son la mar de respetables.
     ¿Hablar con las carretillas? ¿Me tomas el pelo?

              Resquicio… y un internauta.



09 04  Gente de distinto pelaje.

     Ayer cuatro autocaravanas asmáticas subieron la Cuesta de los Niños. Una cojeaba de una rueda... y las otras iban a su penoso paso. Parecían sherpas subiendo con lentitud su everest particular. 
     La Cuesta de los Niños está en la parte de atrás del pueblo, encaramada a la montaña. La avenida principal es llana, ¿por qué no pasarían por esa carretera? Quizá las autocaravanas preferían no encontrarse con algún inquisidor de carreteras o de playas. 
     Supongo que iban a la caleta de abajo, a pasar lo que queda de agosto, constituyendo una manada o rebaño, allí frente al mar.

               *

     He visto alguna vez, en Caleta de la Tranquilidad, a toda esa gente conversando durante horas, con el agua hasta la cintura, como si estuvieran bailando una sardana. Habrá que preguntar a los peces. 
     ¿Y por qué sólo se bañan del ombligo p'abajo? 
     Pues para tener las ruedas fresquistas y que no se les mojen las bujías, sin duda.  

               *

     Hoy la carretilla se fue a casa del vecino y le lamió la mano un rato. 
    El resto de animales, los patines, los patinetes y las bicicletas, estaban acurrucados como para protegerse del viento, como tumbados en el establo.



09 05  Voces y dialectos…

     En el corral de abajo se oyen auténticas voces humanas de gente caprina. 
     Mi perro no para de hablar. Profiere largas peroratas, sobre todo a la vecina de arriba. Y con Gigi, que cuando nos visita trae siempre algo para el científico matemático y políglota y terapeuta Gracias Negro. 

              *

     Más allá de la Cuesta de los Niños vive Desquiciado, un perro pequeño, negro, con rastas, que se vuelve loco cuando alguien pasa por las cercanías de los almacenes que guarda con sus ladridos. Tiene la rara habilidad de ladrarte sin soltar el pan duro que lleva en la boca.
     El terapeuta se le acerca y me temo lo peor. Pero Gracias Negro se pega a Desquiciado, lomo con lomo, sin provocar una reyerta. Desquiciado lanza bocados al aire e insultos en arameo. Gracias Negro no hace otra cosa que escuchar y, si no está de acuerdo, replica con voz fuerte, escueta y cabal. 

              *

     En la Cuesta de los Niños la pala, el pico, el mazo y el rastrillo tienen una jornada laboral desagobiada. No hacen horas extras a destajo. De vez en cuando viajan en el camioncito de una rueda, ese que por la noche se tumba de lado para que la humedad no le cale los huesos. 

               *

     El revolucionario Gracias Negro hace rato que se fue. Seguramente algún perfume le llamó de lejos con voz femenina. Fui a buscarlo con la correa en la mano. Me siento su esclavizador…

               *

          El sombrero zapatista se me voló y el viento casi se lo llevó a la Monarquía de Abajo. 
     La Cuesta de los Niños linda con otra república, la Cuesta Oscura. En la Cuesta Oscura hay huelga de farolas, pero sólo se nota por la noche. Si entre ambos países hay fronteras, el viento no las respeta.
     La montaña, grano a grano, emigra a capricho de los vientos alisios. 

     Le pregunto a Caradepiedra si ha visto al negro insurrecto y no me contesta. 
     En el Teleclub de Incomprensión nadie sabe del cuadrúpedo. El Teleclub podría perfectamente ser una república autónoma rural, pero a nadie se le ha ocurrido pedir la autodeterminación aún.
     Debería continuar la búsqueda del negro cimarrón, pero me entretengo con un sabroso bocadillo; se me olvida un rato.
     Si hay novedades, te lo cuento en el telediario de la noche.

              *

     El intrépido obstinado viajero negro liberto volvió a casa malo. Tenía el hocico y los ojos llenos de tierra. Al principio no podía ni moverse. ¿Comió algo tóxico?, ¿recibió algún golpe? No quiere comer, pero bebe y ya se mueve, con dificultad. 
     Hace años fue atropellado y estuvo un par de meses postrado. Esto parece mucho menos grave.

               *

     El adalid de las causas perdidas se fue de madrugada. Poderosos perfumes son esos que lo llaman... a seguir haciendo muescas en el retablo de las derrotas. 

     Encontré a Derrotado en el patio de la casa de unos vecinos. Aunque llegó allí por su propio pie, no puede levantarse y hará falta ayuda para llevarlo de regreso a casa. 



09 06  Macondos.

     He conocido a unos tipos muy raros que sostienen que las cosas tienen que vivir su vida propia a parte de la de los amos a los que han servido, dejan escapar aleteando los libros leídos, dejan que emigren a otros talleres las herramientas obsoletas y oxidadas, que en manos nuevas se ponen a brillar. No expulsan de los campos baldíos al labriego primario que llega para alimentar la tierra y se sienta a esperar el regalo de sus dones.  
     También he conocido a gente creyente y caritativa que te da las migajas para ganarse una parcela en el cielo. Otros ni eso, un miedo atávico a perder sus posesiones y privilegios les impide abrir los brazos. Ellos, los que acaparan y esconden lo que no necesitan, no saben lo que se pierden en realidad. No saben que las cosas tienden a fluir en el cosmos, que quien da, recibe; que quien no engaña, resplandece; que quien prefiere hundirse a pisarte, tiende a flotar…

     Cuando acabe de escribir La Cuesta de los Niños la guardaré al lado de Cien años de soledad, para que conversen de sus cosas. 
     Han de pasar los años y quizá el Astrónomo leerá los manuscritos indescifrables de Melquíades, hasta comprender. ¿Tarde? Nunca es tarde. Ni más allá del punto y aparte, ni más allá del punto y final. 
     El Astrónomo tiene pocos años, pero no es pequeño. 
     Estrella brilla. Estrella tiene algunos años más, pero, como su hermano, tampoco es pequeña. 
     Oklahoma cambió de nombre y ahora es Arizona Amor. 
     Lovely creemos que se llama Guiri Corredor, aunque hay que comprobarlo. Le estamos tramitando un pasaporte español para derribar fronteras.  
     Esta familia, con sus manos, hace emerger macondos en el camino. Ellos, y otros que les secundan, van generando una epopeya sin pretensiones. 

     Igual que Cien años de soledad tiene sus incongruencias, en La Cuesta de los Niños se han cometido ya algunos errores.
     Al mencionar a los animales salvajes de este macondo se nos olvidó mencionar a los skates asilvestrados que te llevan plácidamente cuestarriba o cuestabajo, pero que también se encabritan y te desmontan si tienen un mal día o si no les llenas el pesebre con buenas palabras cantarinas cada mañana.
     Tampoco se mencionó el Cofre de los Tesoros Desenterrados, que entre todos los animales es el único herbívoro que no tiene ruedas, aparentemente. Puede que el Tesoro guarde sus ruedas en el tesoro, pero no vamos a meternos en cosas tan íntimas como qué piensan los Cofres de los Tesoros Desenterrados cuando permanecen ensimismados. 



09 07  Gracias.

     No le hables a nadie de nuestra república de andar por casa.
     Nos llamarían bolivarianos.
     Nos llamarían bolivarianos y tendríamos que ir a la ONU. 
     Nos llamarían bolivarianos y tendríamos que subir al estrado de la ONU y decir: ¡Aquí huele a azufre! Para que, en masa, estallen todos en una carcajada irrefrenable. Los guapos y los feos, los siniestros y los diestros. Es la revolución, en la laringe, el humor.

              *

     Hola vecinos de arriba, me he encontrado una rueda desplumada y desnutrida, ¿le hacemos una foto o la adoptamos para que pueda ser ciudadana de pleno derecho de la república modesta y alegre llamada La Cuesta de los Niños?

              *

     Si los cuidas, los yerbajos llegan a darte sombra. 
     Entre los altos yerbajos de la sabana africana hay leones hambrientos, al acecho. 
     Sí, pero la mayoría son de peluche ya. Merece la pena arriesgarse y explorar un poco, por los senderos de África y por los de la desnudez. 

               *

     Hoy mi verbo debería estar de luto, pero no se me ocurren cosas tétricas que decir. Contar, sí, que esta mañana, al regresar de la tienda, Gracias Negro apenas respiraba. Por la noche echó unas babas. Luego dejó tres manchas en el colchón. Ahora apostaría que no fue una pelea con otro perro, sino que fue envenenado, pero no quiero saber. 

     Me dicen en la red: Un tratamiento rápido y efectivo, en el momento en que un animal ha sido envenenado, darle un par de huevos crudos...



09 08  El poblado.

     Los mongoles conquistaron medio mundo en su época de esplendor. Más tarde Mongolia vivió a la sombra de la URSS y, hace unos años, oí decir que posiblemente era el país más ecologista del mundo, por rural y no industrializado. No sé si todo eso ha cambiado. No sé si el mongol sigue siendo un pueblo nómada, en gran parte, o ya esa tierra está sembrada de ciudades y autopistas. Sólo sé que en la Cuesta de los Niños vive una Yurta que permanece arrimada a una casa amiga suya. La Casa y la Yurta conversan por la noche, entre las sábanas. 
     Telegrama urgente: Este capítulo se quedó atascado, ¿podríais hacer el favor de aportar un poco de información? ¿La Yurta la cazasteis a lazo cabalgando por la estepa o la alimentasteis a biberón?

     Aún no me habéis contestado el telegrama urgente que os mande hace un par de meses: ¿La Yurta la cazasteis a lazo en la estepa o la criasteis a biberón desde la niñez?
     ¡Perdón! Era una Yurta adulta ya criada en cautividad.

     Gracias, lo incorporo a la novela, aunque creo que tendré que fabular un poco sobre su vida y las andandanzas juveniles que le confirieron una personalidad nómada; sobre el triste día en que la capturaron unos malvados proxenetas; sobre su vida en cautividad y cómo mordía los barrotes intentando escapar; y sobre cómo viajó en caravana, de oasis en oasis, y luego en barco, de puerto en puerto, hasta llegar a la Cuesta de los Niños.  

                *

     Ayer estuve en la Casa de Piedra, alrededor de la cual vive una manada de casas. 
     Hace poco nació la casita de la lavadora, y todos los herbívoros adultos comenzaron a danzar a su alrededor para darle la bienvenida y protegerla de los depredadores. La casa de aperos es de madera buena barnizada y no tiene pulgas como algunas casas de aperos de corral. 
     La Yurta merodea alrededor de todas ellas, aunque algunos transeúntes no lo aprecian porque es parsimoniosa. Ayer se dio la vuelta para darle la espalda a los fríos vientos del invierno, y tardó horas, por lo que sólo lo percibieron las tortugas. 
     Al notarlo, las tortugas sonrieron, y mira que les cuesta sonreír a las tortugas. Si les cuentas un chiste pasan meses hasta que sus nervios faciales reaccionan. 
     Por eso, si tienes buen oído, puedes escuchar aún por los desfiladeros las carcajadas ancestrales de tortugas que vivieron hace siglos. 

                 *

     Si la Yurta se da la vuelta en la cama, destapa a la Casa de Piedra. 
     La Casa de Piedra da un tirón a la sábana, pero ya no consigue conciliar el sueño y se pone a pensar en la naturaleza que la rodea y en la tarea de protegerla y alimentarla, que es a lo que dedican el tiempo libre las casas de piedra insomnes y concienciadas.
     La Casa de Piedra no entierra las heces tras defecar, como hacen los gatos y los miembros de otras civilizaciones cuadrúpedas. La casa de piedra ha ideado un sistema alternativo al típico pozo negro de las casas de los alrededores. Los residuos van a un depósito subterráneo, que al rebosar va a otro depósito que contiene grava para filtrar y depurar el agua resultante. Y esa agua es la que alimenta el oasis, uno de los pocos que se ven en Incomprensión. En ese oasis vive la manada de casas. 



09 09  Ha pasado...

     Ha pasado por la Cuesta de los Niños un grupo de ciclistas con unas grandes luces deslumbrantes. Hasta ahora no se había visto algo parecido en la región. Parecían objetos volantes presuntamente no identificados, o luciérnagas mecánicas. Los expedicionarios pedaleaban y conversaban ya de noche por la carretera mal iluminada, es posible que con ayuda de algún tipo de propulsión eléctrica, a parte de la muscular. No todas las innovaciones tecnológicas son descorazonadora. 

               Resquicio.

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