Santos y profanos...

Santos y profanos...

17 01  Cósmicamente hablando...

     Esta es la historia de Emiliana, hija de Rigoberto, nieta de Daniel y de Genoveva. 
     Emiliana, por supuesto, es zapatista, y viaja por la sierra con las alforjas llenas de regalos para los niños menos afortunados de los pueblos, que la ven llegar en mula y se arremolinan alborozados alrededor de la montura y de Emiliana.

     Anteayer Emiliana llegó a la tienda donde cada mañana compra las vituallas del día y vio a la entrada una mujer que tenía problemas. Al coger, del montón apilado, una cesta de mano de las que se usan para ir cargando lo que luego se va a pasar por caja, otra cesta se enganchó con la primera y no conseguía desencajarla. Emiliana la ayudó y luego se dio cuenta de que la mujer era Seca Nosaludadora, aquella con que se cruza cada mañana y no le devuelve el saludo ni la mirada. 
     Emiliana vio entonces un cierto nerviosismo en Seca. Entre ellas se había producido una interacción que no deseaba, o más bien se sentía un poco avergonzada por su comportamiento habitual con Emiliana. 

     Un día Emiliana, cansada de saludar y no recibir respuesta, le ladró a Seca un Buenos días a bocajarro, del todo improcedente. Luego se arrepintió. Tanto Seca como cualquier otra persona tienen perfecto derecho a no saludar; tienen derecho a no contestar preguntas bienintencionadas o de puro metomentodo. Tras este episodio, se fueron cruzando yendo ambas de la mano de se propio silencio o ensimismamiento. 

     Emiliana reflexiona y piensa que todo el esfuerzo que hace Seca por no comunicarse en nada le beneficia, le perjudica más bien. Anteayer no fue Emiliana, sino Seca, quién se sintió mal. Nunca debió enfadarse por la falta de respuesta de su vecina, debió seguir deseándole un buen día cada vez que coincidían. sin darle más vueltas  al asunto... 
     Porque está cientifiquísísísímamente demostrado que el sonido continuo de los Buenos días pronunciados en diferentes latitudes de la Tierra, por gentes de todo tipo y condición, es la vaselina que permite que el planeta orbite con normalidad. La música de los Buenos días es vaselina para el orbitar normal de cualquier planeta, con sus satélites incluidos, así como el de las galaxias enteras. 
     En una galaxia en la que no suenan los Buenos días la rotación gravitacional se ve seriamente alterada y se propicia la posibilidad de que esa galaxia colisione con la vecina, generando con ello un pequeño desaguisado, que produce en uno que esté presente en ese momento en el lugar un minuto de tristeza cósmica.



17 02  Los abuelos.

     Daniel y Genoveva nacieron y vivieron desnudos en la finca de Todopoderoso, que les tenía prohibido mirar el libro de la contabilidad, al que él pomposamente llamaba el Árbol de la Sabiduría. 
     Pero Genoveva aprendió a leer descifrando poco a poco las noticias y los anuncios de los periódicos viejos que Todopoderoso tiraba a la basura. 
     Genoveva cogió a Daniel de la mano y le llevó al despacho de Todopoderoso, para leer en voz alta el libro de contabilidad. Así se enteraron de qué eran el ADN, la inseminación artificial y otras muchas cosas. 
     Ese era el saber que Todopoderoso quería guardarse para sí, de modo que al enterarse de lo que había sucedido tronó infinidad de maldiciones, para ellos y para toda su estirpe, y los echó para siempre de la finca en que se habían criado. De este modo Daniel y Genoveva fueron a vivir al páramo desolado. 
     Consiguieron sobrevivir, pero entonces llegó Todopoderoso al páramo y erigió una iglesia para que, en su nombre, se perpetuara para siempre el No saber entre los descendientes de Genoveva y Daniel. 



17 03  El rigor de don Rigoberto.

      Cuando don Rigoberto supo que un escuchimizado poeta, que trabajaba de telegrafista, tenía una relación epistolar con su hija Emiliana, estalló en cólera y mandó hacer el equipaje en una noche, para dejar la Ciudad de los Arremolinados y partir hacia la inhóspita región de la que procedían, que habían abandonado hacía muchos años para asentarse como burgueses en la ciudad. 
     Don Rigoberto había hecho fortuna dedicándose al contrabando en Sierra Rebelde. Allí se encaminaron, y fue entonces cuando perdieron todo el equipaje al precipitarse una reata de mulas en lo más escarpado del camino. 
     En Sierra Rebelde Emiliana convivió con muchos familiares cuya existencia desconocía hasta entonces. Congenió especialmente con su prima Desenvuelta, a la que pronto confesó su historia de amor con el telegrafista poeta. 
     Por la tarde las primas se bañaban juntas y comparaban sus cuerpos. 
     El telegrafista concibió una estrategia para averiguar dónde se habían llevado a su amada Emiliana. Empezó a mandar mensajes a todas las oficinas de Telégrafos del país, pero de todo eso es mejor que se enteren leyendo directamente la novela El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. 



17 04  La sonrisa solidaria.

     Raimundo se crió en un orfanato y luego estuvo interno en buenos colegios que alguien, en la sombra, pagaba. 
     Así pues, Raimundo sabía que tenía una familia, pero que esa familia lo quería ocultar ante la sociedad. Eso le importaba poco. Cuando se hizo mayor la banda de rock en la que se enroló pasó a convertirse en su familia. 
     Pero un día se cansó de la vida en la carretera y en los escenarios, llenos de adrenalina y decibelios. Se fue remontando el gran río y, en un recodo del mismo, se asentó con un grupo de leñadores que abastecían de madera a los barcos de vapor. La selva era cada vez algo más lejano, casi a punto de desaparecer, pero los leñadores hacían su trabajo sin pensar en el fin de la selva ni en el fin del río ni en el fin de los tiempos.

     Un día atracó en el muelle improvisado por los leñadores un barco del que todos conocían su peculiar historia. En él viajaban dos ancianos enamorados, que hacían así su vida al margen de los asuntos y las gentes de tierra firme. Él era el dueño de la compañía fluvial que durante mucho tiempo monopolizó la navegación por el río. Ella era su amor de juventud, con la que se reencontró ya en los años de vejez, cuando al fin la mujer enviudó y él reapareció en su vida. 
     Viajaban con toda la tripulación, con una orquesta que les permitía tener sesiones de baile y admitían a muy pocos pasajeros, como fue el caso de la gigantesca amante del también fornido capitán alemán del barco. 
     Raimundo y el resto de leñadores vieron desembarcar a las dos parejas cogidas de la mano, los descomunales y los viejitos, mientras ellos subían a bordo a mano la carga contratada.
     La viejita se plantó ante Raimundo, se fijó en la marca de nacimiento que éste tenía en el desarrollado bíceps izquierdo, con una ligera forma de corazón, se descubrió el pecho y mostró una marca similar en el flácido pecho izquierdo de la mujer. 
     Yo soy tu abuela, dijo. Mi marido, que ya murió, estuvo pagando tu educación. Tu madre vive en Miami, está casada y tiene otros hijos. A ti te tuvo demasiado pronto. Eran otros tiempos. Cuando enviudé y empecé a recuperar mi relación con este amigo de la adolescencia, mi hija vino de vuelta para recriminármelo. Entonces le dije Primero nos jodieron la vida porque éramos demasiado jóvenes y ahora queréis jodérnosla porque somos demasiado viejos; no quiero volver a verte en la vida. Eso le dije, y he cumplido mi palabra.
     Raimundo esbozaba una ligera sonrisa solidaria. 



17 05  En clase...

     Cuando los alumnos realizan la tarea asignada, el maestro don Severino pasea entre las filas de pupitres. Es como el vuelo de un halcón, y no hay una madriguera en la que cobijarse. Sabe llegar sin hacer sonar sus pasos. Nunca ataca de frente. Sin previo aviso, la víctima escogida recibe una colleja, y él mismo tiene que deducir el motivo del castigo. Don Severino no da explicaciones en estos casos. Casi peor es la sorpresa de oír tronar su voz en plena nuca rapada. Ponte derecho; Esta redacción tiene demasiados borrones, vuelve a empezar; Deja de mirar por la ventana...
     No necesita golpear, el cuerpo del alumno se sobresalta y tiembla por dentro un par de minutos. 
     Cuando don Severino está en la pizarra explicando la lección del día, la situación es más llevadera. Algunos han desarrollado estrategias para comunicarse sin que él se entere. Pero cuando patrulla entre los alumnos, la vida en clase es de una tensión insoportable.
     Los de la última fila son los que menos miedo tienen, porque en su caso sí saben cuándo don Severino está al acecho inclinando sobre ellos y sus cosas su mirada escrutadora. Pero el maestro no acostumbra a meterse con esos alumnos. Los ha sentado en la última fila por considerarlos casos perdidos, tan obtusos que no merecen el esfuerzo de ir enmendado sus errores y faltas. 
     Los que lo llevan peor son los de la primera fila, entre los que se encuentra Eulogio. Tanto cuando habla desde la pizarra como cuando patrulla entre las filas de pupitres, están siempre expuestos a sufrir el mal humor del profesor. 
     Cuando don Severino hace una pregunta, pocos levantan la mano interesados en contestar, para ganar el aprecio del maestro y subir las calificaciones. No hay ningún atisbo de alegría en esta clase. 
     La filosofía de don Severino la suele resumir diciendo Cuando un árbol se tuerce, sólo se puede enderezar antes de que crezca.

     En el recreo ha estallado la noticia. Mientras salían al patio, don Severino ha dado una bofetada a uno de los alumnos de la última fila y éste se la ha devuelto. 
     Es algo insólito, recién han acabado los tiempos de la dictadura y la sociedad todavía no sé ha desembarazado del corsé que constriñe cualquier comportamiento indisciplinado o innovador. 
     Algo grave va a ocurrir. Lo saben todos. Lo sabe Eulogio. Al contrario de lo que ocurre con el resto de sus compañeros, cuando Eulogio llega a casa sigue sintiendo a sus espaldas la amenaza de don Severino, que se acerca sigiloso para decir Ponte derecho; Vuelve  a empezar la tarea y hazla con más esmero; No te distraigas hasta haber acabado...

     De vuelta a clase, todos aguardan acontecimientos. Al fin el maestro habla, dirigiéndose al causante de esta situación nunca antes vista. Debería expulsarte, dice, pero no lo haré en consideración a tu madre, que ha pasado tantas penalidades desde que enviudó. 
     Algunos van a pensar que don Severino es buena gente. Eulogio no piensa nada.
     Algunos van a pensar que don Severino es un cobarde. Eulogio no piensa nada al respecto. 
     Lo que pasa es que los tiempos de don Severino se están acabando y algunos lo intuyen ya. Eulogio no lo intuyen ni deja de intuirlo. La vida de Eulogio empezará mañana. De momento la vida y el ser íntimo de Severino están en suspenso. Nada de lo que le sucede puede hacerle mella, porque le ha crecido por fuera un caparazón que le protege y mantiene a salvo todo su potencial.



17 06  Lo más grande...

     A los dieciocho años y un día Eu se fue de casa. Vagamundeó por la costa y se alimentó de sus charcos. En un puerto del sur encontró trabajo y se enroló en un barco mercante apestoso que llevaba  espejos y bisutería a África para allí intercambiarlos por esclavos. 
     Remontaron un ancho río. Los nativos huían al ver el barco. Llegaron a la factoría. Los negros que iban a comprar estaban desnudos hacinados en agujeros putrefactos, los marcaban con hierros al rojo vivo y sólo los seleccionados como mercancía válida salían del agujero. El capitán del barco negrero negociaba con los reyezuelos locales que guerreaban para proporcionarle los esclavos. Pero al capitán le gustaba salir de caza, así que escogió a tres de sus más jóvenes marineros. recién enrolados, y se internaron en la selva. Eran Aldo, Rimbaud y Eu los elegidos.  
     Sorprendieron a un mandinga que estaba talando un viejo tronco para hacerse un tambor y lo apalearon para que dejara de resistirse. El luchaba con las manos desnudas, intentaba morderlos, buscaba dónde había dejado su hacha rudimentaria. El capitán se disponía ya a encadenarlo, cuando Eu intervino. Cogió el hacha del mandinga y decapitó al capitán de un golpe certero. Aldo y Rimbaud, al ver que Eu se les encaraba, salieron huyendo. 
     Hola, blanco, ¿tú no comes gente, como hacen los otros blancos?
     Ellos no os quieren para comeros, se os llevan para haceros trabajar. Así no les alimentáis un día, sino todo el tiempo que consigan manteneros con vida.
     Creo que eso es peor. ¿Por qué me ayudaste?  Ahora no podrás volver con los tuyos. Acompáñame a la aldea. 
     Se encaminaron al poblado pero no entraron en él. Pasaron la noche al raso y por la mañana Kunta se fue y regresó con un cojín e hizo que Eu se lo pusiera debajo de la camiseta, sobre el estómago.
     Entonces se cruzaron con un grupo de niños pequeños que salían como cada mañana a llevar a pastar a las cabras. Cuando vieron al blanco, empezaron a chillar espantando a los animales. Entonces Kunta dijo Este blanco ya ha comido mucho hoy. Eu mostró a los niños su estómago abultado. Los niños reagruparon las cabras y se fueron yendo, pero intranquilos echaban la mirada hacia atrás por si el blanco les seguía. 
     Así fue como Kunta Kinte pudo salvarse de la esclavitud, se casó varias veces, tuvo muchos hijos y murió, ya anciano, rodeado de los suyos. Siete generaciones después, un Kinte llegó a Estados Unidos para estudiar y acabó siendo estrella de la NBA. 

     En cuanto a Eu, vivió entre los mandinga el resto de su vida, también se casó y tuvo un hijo. 
     Cuando nació su hijo, lo sacó de la choza de su madre y le susurró al oído Nicanor, Nicanor, Nicanor; ese es tu nombre. 
     Luego lo descubrió, lo levantó hacia el firmamento y dijo Esto es lo único más grande que Tú...



17 07  La tumba...

     A Arcadio le interesó la arqueología desde niño. Era algo que su tío Higinio supo al verle sumergido en sus juegos. Pero acabó siendo antropólogo forense, lo cual le convertía a veces en colaborador de la policía, y eso a quien complacía es a su padre León. 
     León trabajaba de verdugo en una prisión de la dictadura. Arcadio sabía que su padre, si el reo a ejecutar no tenía familiares o público que asistiera al acto de ahorcamiento por garrote, le decía al cura de la prisión Ya me ocupo yo de todo. 
     El cura se arremangaba la falda y salía presto hacia el extrarradio, donde conocía a una feligresa muy devota, de misa diaria en el viejo camastro de su chabola. Entonces León empezaba a oler con ansia al reo, le quitaba del cuello el garrote y lo degollaba él mismo con sus colmillos de león, lo descuartizada y lo devoraba entero. Luego se demoraba lamiendo el cadalso y el instrumental hasta no dejar ni gota de sangre. En el ataúd metía unas piedras para que nadie sospechara. 
     Cuando llegaba a casa, León aplastaba con suavidad a su hijo con su pesada pata de león y le lamía el cuerpo entero con su lengua rasposa. Arcadio poco a poco dejaba de tener miedo, se confiaba,  se despatarraba, ronrroneaba, se dormía... Luego se despertaba en el sofá. El libro sobre la vida de los animales de la sabana africana estaba en el suelo. A su lado, leyendo en una butaca, estaba su tío Higinio. 

     En el colegio a Arcadio a veces lo llamaban Negro, con saña, porque su abuelo Nicanor fue mulato. Nicanor fue una estrella genuina de la poesía durante los alegres años veinte, los del siglo veinte, y recorrió todos los rincones de Europa donde hubiera núcleos de amantes de la bohemia y el arte. Luego fue fusilado por los fascistas durante una guerra civil y, por si eso fuera poco, quemaron todos los ejemplares que encontraron de sus libros, en una plaza céntrica de la ciudad. 
     En cuanto al autor de esa literatura extirpada de raíz, acabó en cualquier cuneta de las afueras de la ciudad, la que le correspondiera en suerte. Nadie hablaba de eso. Arcadio sólo se atrevía a preguntar a su tío Higinio y éste le contaba algunas cosas vividas por su abuelo antes de la guerra. Decía que de los tiempos de la guerra no sabía nada, pero Arcadio sabía que Higinio sí sabía... No había llegado el tiempo de hablar.

     El tío Higinio murió y un Arcadio adolescente rebuscó entre sus cosas, pero no encontró nada sobre su abuelo Nicanor, el poeta mulato que llegó de su África natal para ser el trovador de una modernidad que el devenir de la Historia truncó sin piedad.
     Años después murió también el padre de Arcadio. Tras reventar una caja fuerte en el despacho de León, Arcadio encontró los manuscritos, y otros documentos, de su abuelo Nicanor. Encontró incluso un viejo informe en el que se especulaba sobre la posible ubicación de la fosa común en la que debía seguir el cuerpo de su abuelo. Arcadio decidió ejercer su oficio y desenterrarlo, pero en secreto, sin solicitar autorización, de noche. 

     Tras hallar los primeros indicios de un cuerpo, Arcadio dejó la pala a un lado y empezó a apartar con un pincel la tierra de los huesos que iban saliendo. Conocía su oficio. 
     Como conocía su oficio, supo que aquello no podía ser su abuelo Nicanor. Era una mujer, muy antigua, quizá un eslabón perdido de valor incalculable para la antropología humana. El esqueleto llevaba un collar con un objeto metálico que se abría. Dentro había una inscripción que decía Arcadio, yo soy tu tátara tátara tátara tátara tatarabuela Genoveva. Arcadio se cayó de culo y quedó traspuesto un rato. 
     Al incorporarse, realmente no sabía qué hacer, decidió cubrir de nuevo el cuerpo y dejar el lugar como lo encontró. Entonces sintió una presencia a su espalda. Se volvió y supo que su hijo Hilario, no nacido aún, le contemplaba. Higinio bajó a la tumba y se recostó junto a Genoveva. La sensación se repitió y Arcadio se supo observado por su nieta Fulgencia, que también se recostó en la tierra. Le siguió el bisnieto Mauro. ¿Cuándo acabaría aquello...?
     Arcadio se volvió y vio a su tataranieta Marcela. Pero Marcela no se recostó en la tumba. Marcela escarbaba en la tierra con un pincel en busca de su tataranieto Arcadio, víctima perdida de otra guerra civil y de otra dictadura. 
     Marcela encontró un cuerpo y pronto supo que no podía ser su tatarabuelo Arcadio, era un eslabón perdido, una mujer en cuya osamenta había una inscripción en un objeto metálico que decía Marcela, soy tu tátara tátara tátara tátara tátara tatarabuela Genoveva. 



17 08  Polichinelas.

     Hilario siempre fue el más payaso de la pandilla del barrio, podía imitar y parodiar a cualquier tipo que viera un par de veces, provocando risas a veces inmisericordes. 
     En pleno verano, eran las fiestas patronales y los chavales iban todos los días a la feria. Entre bares, tómbolas y atracciones que le zarandean bien a uno, una pareja montaba su pequeño teatro de títeres. Eran Polichinelo y Polichinela, un matrimonio bien avenido que hacía sus representaciones para niños y para adultos, a veces. El marido, que había sido ventrílocuo, hacía todas las voces y con una mano accionaba los elementos del decorado, mientras que con la otra movía uno de los personajes de la obra. La mujer le seguía la narración moviendo al resto de personajes. Al terminar, salían del armatoste en el que permanecían ocultos y saludaban al público con una reverencia que generaba aplausos y la recogida de algunas monedas. 
     Hilario asistía a todas las representaciones del teatrillo. Los tirititeros se acostumbraron a verlo a todas horas y no se extrañaron cuando la feria acabó y quiso acompañarles a su nuevo destino. Un ayudante suponía dos manos más y un abanico de posibilidades para enriquecer de personajes las obras que Polichinelo inventaba y les hacía ensayar. 
     Todo parecía ir mucho mejor para el grupo, pero en el angosto interior del teatrillo ocurrían cosas. El roce inevitable entre Polichinela e Hilario devino en una relación sexual desenfrenada, a espaldas del marido, y acabaron fugándose para vivirla a sus anchas. Primero viajaron al sur y luego se embarcaron rumbo a Sudamérica. En Buenos Aires reconstruyeron su teatro de marionetas. Hilario era bueno inventando historias y declamándolas entre bastidores. 
     De esa relación nació una niña a la que llamaron Fulgencia. Tras el parto, Polichinela engordó una barbaridad y el teatrillo se hizo pequeño para ella. Apenas cabían y las representaciones degeneraron, con lo que vivieron una crisis económica y sexual, ya que el roce tras el escenario era la única llama que los encendía eróticamente. 
     Para la cuestión económica encontraron una solución donde nunca la hubieran imaginado. Polichinela, que nunca hablaba en el escenario, tenía una voz muy musical y se hizo cantante de ópera. La relación amorosa no pudo recomponerse. Polichinela, que pasó a llamarse la Diva, ingresó en una compañía que representaba ópera por distintos países de América y acabó dejando a Hilario por un tenor del elenco. 
     Hilario, sin la Diva y sin su hija Fulgencia, se hizo director de teatro y fundó una compañía itinerante, que viajaba de escenario en escenario. 

     Pasaron los años y ocurrió que la compañía de ópera y la de teatro coincidieron en Santiago de Chile. Allí los antiguos amantes se reencontraron  y la llama del deseo se reencendió. Fulgencia era una adolescente. La Diva dejó la ópera y pasó a llamarse Doña Inés, por el primer papel que interpretó cuando se enroló en la compañía de teatro de Hilario. 
     Entonces fue cuando les entró la morriña y decidieron volver a España. Como no tenían dinero suficiente para el pasaje de todos los componentes de la compañía, decidieron volver a casa a nado. Así, de trecho en trecho, iban remontando el océano Pacífico nadando, y aprovechaban el tiempo para ir ensayando la nueva obra a representar. 
     Un tipo, abandonado por su rica amante en una isla desierta por haber simulado el suicidio con el que pretendía recuperarla, los vio pasar, y estuvieron con él toda una noche. Para más información sobre este tipo, lean la novela El amor se escribe sin hache, de Jardiel Poncela. 



17 09  Azabache.

     Mientras ella y su familia viajaban de puerto en puerto, de isla en isla, Fulgencia se escapaba todas las noches para tener encuentros con cualquier tipo de hombres y practicar con ellos aquello que sigilosamente le había enseñado su padrastro, el juego de satisfacerlo sexualmente, sin que ella llegara a apreciar en ello algo improcedente y delictivo.
     Una mañana Doña Inés se encontró una carta de su hija en la que le decía que estaba harta de pasarse los días a remojo, que ella atravesaría los Andes a pie por su cuenta y que ya se verían en el Caribe cuando el resto del grupo atravesará a nado el canal de Panamá.
     La troupe entera se entristeció de la partida de Fulgencia, pues todos la querían y se sentían a gusto a su lado. Fulgencia desprendía un calor acogedor y su belleza resplandecía a todas horas. 

     Fulgencia atravesó una montaña nevada, en lo alto de la cual se veía la entrada de una cueva. Aunque no era sencillo llegar hasta ella, Fulgencia decidió pasar allí la noche. 
     La cueva estaba llena de cuerpos conservados por el frío. Fulgencia supo en seguida de qué se trataba todo aquello. Las altas dignidades de los pueblos aborígenes de la región, en lugar de ser enterradas, eran llevadas a la cueva para que allí se conservaran sus cuerpos con todo el ornato y la presencia con los que vivieron, siglos atrás. 
     También vio a un anciano de largo cabello cano que tenía todo el aspecto de ser un vikingo de los que deambularon por América antes de la llegada de Cristóbal Colón. 
     Finalmente observó a una negra pequeña con el vientre abultado de embarazada. Las lágrimas resbalaban por la cara de Fulgencia y abrazó el cuerpo de la negrita, que así se descongeló y volvió a la vida por un rato. 

     Me llamo Azabache, o al menos así me llamaban en el barco portugués en el que serví de esclava, hasta que un cabrero canario pelirrojo llamado Cienfuegos consiguió liberarnos. Recorrimos el continente antes de la llegada de los conquistadores europeos. Yo me enamoré de un jefe indígena, con el que creamos a éste nuestro hijo. Pero él no me quería, así que acudí a esta cueva para ver si el Gran Blanco podía ayudarme. Cienfuegos intentó rescatarme del frío, pero yo me escondí para dejarle seguir su camino en busca de su amada, una alemana que se quedó allá en Sevilla. Todo esto nos pasó como supo contarlo Alberto Vázquez-Figueroa. 
     Fulgencia seguía llorando. 
     ¿Por qué hacen esto las personas?
     ¿Qué cosa...?
     Querer a quien no está presente. Los animales desean sólo a quienes pueden ver y oler. Las personas se complican la vida con sentimientos basados en recuerdos.
     Así somos.
     Yo no. Yo amaré siempre a quien esté presente y sepa desearme.
     Te llamarán puta.
     Seré puta.
     A Fulgencia se le acabaron las lágrimas y Azabache volvió a dormirse en su sueño eterno glacial, pero se le quedó una sonrisa en el rostro. 

     Fulgencia decidió bajar la montaña para no pasar en la cueva el resto de la eternidad, joven y bella y congelada. Ya oscurecía cuando sus pies dejaron de pisar la nieve. Entonces se le apareció la Virgen María, interponiéndose en su camino, y le dijo Si vas a ser puta, no vayas a Europa; allí, en sus prostíbulos, sólo hallarás esclavización y drogodependencias; quédate en el trópico. 



17 10  El político.

     A Mauro no le gustaba que le llamaran hijo de puta en el colegio, por lo que, cuando le tocaba hacer el servicio militar, desertó y se embarcó hacia Centroamérica. Allí hay repúblicas de opereta y conflictos que él sabría aprovechar para medrar. Quería convertirse en un hombre nuevo, sin pasado, poderoso. Antes de partir, vengó las peores afrentas, para no ausentarse de su patria sin dejar huella. 
     Se enroló en una guerrilla sin importarle el bando en el que ésta luchaba. No mucho tiempo después, dirigía una facción. Sus enemigos acabaron en fosas comunes secretas. No debía alardear de implacable porque su objetivo final era la política. Propició que otros dieran los golpes de Estado, alentó  los desórdenes, apoyó a presidentes de paja y acabó apareciendo en los medios como un hombre de consensos, la solución a los vaivenes de la montaña rusa que era la historia de ese su nuevo país. 
     Se casó y tuvo un hijo, que fue su mayor decepción porque le salió afeminado. Aprovechó aquello para convertirse en defensor de los derechos LGTBI, sin dejar de despreciar profundamente a su hijo. La homofobia estaba dejando de ser rentable electoralmente, así que se puso al frente de la modernidad. Su sello personal eran esos, los cambios de rumbo y la desvergüenza con que se amoldaba a las circunstancias, sin disimulos. La política es así, decía. 
     Ya viejo y retirado, le estaban escribiendo una biografía y se le ocurrió resumir así su paso por este mundo: Básicamente he sido dos cosas en la vida, hijo de puta y político. 
     Ese fue su legado, quiso así arrancar toda esperanza a aquellos que no acabaron en alguna fosa común, a los que descarnadamente venía a decir La política es sólo para gente como yo. 



17 11  Marcela.

     Cuando el hijo del Presidente de la República volvió a su patria ya no era su hijo, era su hija. Pero antes ocurrieron algunas cosas reseñables.

     Al llegar al exilio, el País de la Libertad estaba convulsionado porque unos neonazis habían apaleado a un travesti en un parque de la capital. 
     Así el primer paseo de Marcela por la ciudad fue en comunión con aquellos que repudiaban la agresión. Aquel acto triste y reivindicativo le puso la piel de gallina. Se sintió rodeada de gente con la que se identificaba y que, al menos en ese momento y en ese lugar, no escondía su ser íntimo, sino que lo explicitaba con vehemencia. Marcela sintió que aquello era el comienzo de una vida nueva en la que el miedo, a pesar de todo, no tendría cabida. 

     Los ahorros de Marcela se fueron acabando y no encontró más medio de subsistencia que la prostitución. En este relato no consta si Marcela se efectuó el cambio de sexo completo. Eso pregúntenselo a sus clientes de aquel tiempo, que la contrataban para disfrutar un rato del hombre que quedaba en la mujer que era, que la contrataban para disfrutar de la mujer que en esencia siempre estuvo en un cuerpo de hombre, que la contrataban para perderse en la ambigüedad propia o ajena. 
     Por lo general el cliente de la prostitución lo que en el fondo busca, al recurrir a ella, es sentir la dominación absoluta sobre otra persona, el desahogo sexual puede ser algo secundario. 

      Marcela conoció a María dos Plazeres, una anciana prostituta retirada, de origen brasileño, que siendo niña fue vendida al capitán de un barco mercante, que la usó a su antojo en la travesía del Atlántico y la abandonó en las calles de Barcelona. María se encariñó con Marcela y le ayudó para que pudiera abandonar su oficio. Tú no sirves para este trabajo, estudia. Así Marcela se hizo historiadora y llegó a impartir clases en la universidad. 
     María dos Plazeres había enseñado a su perrito a llorar, y lo había adiestrado para que fuera todos los domingos hasta el cementerio donde iban a reposar sus restos, para que llorara por ella frente a su tumba. Todo esto lo cuenta, como sólo él sabe, Gabriel García Márquez en uno de los relatos de su libro Doce cuentos peregrinos. 

     Ser historiadora ayudó a que Marcela llegara a conocer bastante sobre sus orígenes. Supo que su abuela paterna vivió en el Caribe y fue también prostituta. Llegó tarde para conocerla. Averiguó dónde estaba enterrada Fulgencia y fue a visitar su tumba. Estando allí, apareció un perrito juguetón que empezó a danzar alrededor de ella y de su abuela difunta, moviendo la cola y dando saltitos de alegría. No era domingo. 
     Uno de sus bisabuelos, Hilario, aún vivía. Era director de teatro y novelista. Carecía de la paciencia necesaria para soportar las impertinencias de los periodistas y acostumbraba a mandarlos a la mierda como colofón a las ruedas de prensa. 
     También vivía aún la bisabuela Polichinela, que acabó abandonando a su compañero Hilario para retornar con un amor de juventud, Polichinelo, con el que recorrían las ferias de los pueblos con su teatrillo de marionetas, con funciones para niños y para no tan niños. 
     Marcela también llegó a saber de su tatarabuelo Arcadio, que fue antropólogo forense e investigó durante años las fosas comunes de la guerra civil española. El final de Arcadio era sorprendente, desapareció mientras estaba excavando otra fosa común, en un país lejano, en el país de origen de Marcela. 
     Así fue que Marcela decidió volver a Centroamérica en busca de su tatarabuelo Arcadio. 
     Así fue que el Presidente de la República supo que su hijo había regresado del exilio.



17 12  El contáiner.

     El equipo de arqueólogos y forenses dirigido por Marcela delimitó el área de la excavación. Antes ella estuvo indagando entre los campesinos de la región sobre la posible ubicación de la fosa común en la que esperaba encontrar a su tatarabuelo Arcadio. Se dio la paradoja de que Arcadio estaba excavando una fosa común en el país centroamericano cuando fueron desaparecidos él y su equipo. Se supone que los paramilitares irrumpieron en el lugar de trabajo, los acribillaron y los enterraron allí mismo. Son cosas de las dictaduras y de las guerras civiles, larvadas o explícitas, que a veces ni con el advenimiento formal de la democracia parece que puedan ser esclarecidas. 

     En lugar de los cuerpos de los ejecutados encontraron unos huesos antiquísimos pertenecientes a una mujer que llevaba al cuello un objeto metálico con unas inscripciones. Era un hallazgo digno de estudio, pero esos restos fueron apartados sin más y se continuó la búsqueda. 
     Entonces aparecieron otros dos cuerpos, aún más antiguos, componiendo una escena prehistórica que poco a poco fue desvelándose. Un hombre, un garrote de grueso calbre, otro hombre con el cráneo aplastado y, entre ambos, una estatuilla de marfil tallada en cuerno de rinoceronte, una diosa de la fertilidad sin duda. Parece que Marcela y su equipo en lugar de encontrar la fosa común que buscaban desenterraron la escena de un crimen ancestral. 

     Corrió el rumor del hallazgo de dos cuerpos de homínidos o de primitivos homo sapiens. Un tesoro antropológico que podía dar prestigio al país. Aparecieron por allí algunas autoridades locales, algunos fotógrafos, un cura. El cura trajo a un obispo. El obispo decidió tomar cartas en el asunto y empezó por bautizar a los trogloditas como Basilio y Gregorio, atendiendo al santoral del día. Afirmó que la estatuilla era una representación de la Virgen y bendijo el lugar. Los arqueólogos le dejaron hacer y sólo le pidieron que se apartara un poco para que pudieran seguir trabajando. 
     Un periódico ultraconservador se anticipó a los estudios forenses afirmando que el hallazgo de Basilio, el agresor, y Gregorio, la víctima, era la demostración palmaria de que el ejercicio de la violencia está en la naturaleza intrínseca del ser humano. Esto parece que gustó en las altas esferas militares del país, por lo que Basilio, el garrote, Gregorio y la Virgen prehistórica fueron trasladados a un museo de la capital. Algunos investigadores solicitaron estudiar los cuerpos, pero el gobierno decidió que éstos debían permanecer en una urna a la vista de todos, en el museo, ya que se trataba de una reliquia de la nación y de la raza. 
     Entre tanto Marcela y su gente continuaron buscando las víctimas de crímenes más cercanos en el tiempo.

     Al atardecer llegó un grupo paramilitar con sus modernas ametralladoras, tras ellos se veía la silueta de un anciano que impartía órdenes. Marcela supo que era el expresidente de la república, Mauro, su padre. Sonaron los tiros, cayeron los cuerpos en la fosa común nuevamente superpuesta, pero ninguna bala rozó a Marcela. A ella se la llevaron en volandas y la echaron al suelo ante el expresidente. 
     Hola, hijo, nuevamente te atreves a desafiarme. Estoy viejo, pero conservo mis influencias. Te espera un destino peor que la muerte, te venderé a un burdel árabe. De ahí nunca saldrás... y podrás ser lo que dices que eres, una mujer. Tendrás el mismo destino que tu madre. Adiós.
     A Marcela la llevaron al puerto y la encerraron en un contáiner proveyéndola de agua y provisiones para el viaje. Es inútil que grites, aquí todo el mundo sabe de este tráfico de mercancía, le dijeron. Marcela aguardó en una oscuridad casi absoluta, sólo se colaban unos haces de luz por las rendijas del contenedor. Al fin oyó ruidos en el exterior. Al parecer el viaje comenzaba... pero en lugar de eso, se abrió la puerta, el anciano se arrojó a sus pies y dijo Perdóname, hijo. 

     Marcela regresó a la casa paterna y a pesar de todas las circunstancias vividas cuidó de aquel ser que tanto mal había hecho a tanta gente, pero que ya no podía valerse por sí mismo. Perdido en la demencia senil, con breves momentos de lucidez, un día le dijo Gracias, hija. 



17 13  Historia universal.

     En el Centro del Mundo se erguía una gran montaña con forma de pene. La mujer, es decir, la humanidad mujer, acudía periódicamente a aquel lugar sagrado y procedía a masturbar a la peña. Guardaba el semen extraído en una vejiga curtida de alguno de los animales que cazaba. La mujer cazadora-recolectora era descendiente de la mujer primigenia, que surgió espontáneamente y logró procrear acariciándose infinita y lentamente el cuerpo, tumbada, hasta llegar a concebir descendencia de este modo. 
     Posteriormente, la forma de reproducción se sofisticó y se crearon bolsas-vejiga de esperma andantes. Esos seres bolsa de semen resultaron útiles, pero alguna anomalía química o genética en las hormonas masculinas hizo que la especie degenerase y el planeta conoció desastres hasta ese momento inconcebibles, como la guerra y la esclavitud. La humanidad mujer quedó relegada a un segundo plano, a ellas las mantuvieron encerradas haciendo las tareas del hogar mientras el hombre viajaba con porte soberbio por las calles y por las academias del saber. 
     Así fue como la humanidad portasemen llegó a la conclusión de que la mujer fue creada a partir de una costilla del macho alfa precursor. La discriminación y el dominio sobre la mujer fueron la norma en casi todas las civilizaciones hasta que se produjo una revolución de las costumbres y la mujer empezó a pedir con fuerza igualdad de oportunidades. Está prohibido reproducir la imagen del profeta según los estatutos del inmovilismo. Sutilmente lo inalterable cambia y cuando en masa en Persia pedimos tolerancia se nos eriza la piel de la humanidad mujer. 



17 14  Política interestelar.

     Nosotros en Ganímedes tuvimos problemas políticos muy similares a los vuestros hasta que cambiamos el sistema electivo.
      ¿En lugar de votar se eligen los cargos por sorteo?
     Eso se plantó así durante un tiempo, pero no funcionó del todo, aunque una minoría de ganimedianos optó por continuar con este sistema y procedieron a colonizar un asteroide cercano. Su devenir histórico es curioso, azaroso, sorprendente... a veces estimulante.
     ¿Y cuál es el sistema definitivamente implantado? 
     Para evitar que el poder caiga en manos de quien lo desea ostentar sobremanera, la población vota a cualquier ciudadano para las funciones específicas a administrar, y para los cargos representativos a desempeñar. No es necesario presentarse a las elecciones, cualquiera puede hacerte el favor o la gran putada de pensar en ti para un puesto importante... o de poca monta. Se elabora una lista de los ciudadanos que más votos han obtenido, pero no es obligatorio aceptar el cargo. Gobernará el primero que sí acceda a entronizarse. Por su parte los ciudadanos que, habiendo sido encumbrados a los primeros lugares de la lista, renuncian, son invitados a ser consejeros de los gobernantes. Tampoco es obligatorio ejercer ese cargo. Algunos prefieren permanecer en su privacidad familiar. De este modo a veces nos gobiernan ilustres mentes lúcidas y a veces caemos en la mediocridad... Pero, desde que implantamos este sistema, han dejado de llegar al poder los usurpadores y depredadores atroces que antes no hacían más que encaramarse al pedestal del gobierno de todas las naciones ganimedisianas, sin excepción, primo. 



17 15  Un paseo transoceánico.

     A Marcela un día su padre le dijo Gracias, hija... Pero el resto de los días le gritaba con su voz ya débil Acércate, hijo...  y lo azotaba con las pocas fuerzas que le quedaba; Yo te maldigo. Luego lloraba durante horas, quizá de arrepentimiento, o pensando en su estirpe abocada a la extinción. 
     Marcela cuidó al expresidente del gobierno hasta que éste murió, pero no acudió al entierro oficial. Marcela inicio una escapada muy parecida a la que Gabriel García Márquez nos cuenta al final de su relato La cándida Eréndira y su abuela desalmada. Marcela caminó y caminó por calles, caminos y carreteras. Atravesó puentes y cruzó fronteras hasta que llegó al lago Maracaibo. Entonces Marcela nado y nadó, aunque no alcanzó a cruzar el lago de extremo a extremo porque encontró en el centro del mismo un pueblecito de palafitos, que son casas sustentadas sobre estacas clavadas al fondo del lago.
     Pernoctó con la tribu que ahí residía y compartió cabaña con Azabache, una negra africana esclavizada por los portugueses que consiguió escapar de su cautiverio gracias a Cienfuegos, un guanche gomero.
     A la mañana siguiente volvió a zambullirse en el lago y cuando alcanzó la orilla se puso en marcha hasta que un río le cortó el paso. Lo cruzó con un extraño barco, más apto para la navegación marina que para el río. Lo construyeron los componentes de una familia conejera, los Perdomo, que iban acompañados de un húngaro. 
     Marcela caminó y caminó, caminó y caminó, pero dejó de caminar porque la selva amazónica no se puede cruzar andando. Así que Marcela consiguió una piragua y remó y remó. 
     Marcela remó y remó y llegó a Manaos, donde conoció a un nordestino que regresó a la ciudad muchos años después de conseguir escapar del campamento en el que lo tuvieron esclavizado recolectando caucho; caucho recolectado para que en Nueva York, por ejemplo, se pueda circular cómodamente sobre neumáticos en automóviles marca Ford, por ejemplo.
     Cuando llegó a la desembocadura del Amazonas, Marcela ya se había puesto en forma, así que se deshizo de la frágil piragua y  cruzó el Atlántico a nado. Eso requería un gran esfuerzo, pero en medio del océano dos tipos la vieron desde abajo, ya que ellos estaban caminando por el fondo del mar. Eran el hombre más rico del mundo y un amigo suyo. El hombre más rico llegó a un pueblo maltratado por las inclemencias del mar y estableció durante días su tenderete, solucionando los problemas económicos de quien solicitara su ayuda. Cuando acabó de despachar, se puso a nadar y a caminar por el fondo del mar en busca de las ambrosías marinas.
     Marcela se acostumbró a esa manera de viajar, por lo que caminó y caminó por el fondo del mar hasta llegar a las costas del golfo de Guinea. En tierra, conoció a una pareja que vivía su luna de miel en una autocaravana. Él era un rubio sueco fotógrafo capaz de entresacar belleza hasta fotografiando la basura del puerto de Nápoles. Ella era una atleta negra culta y activista social de la conciencia panafricana. El sueco se fue de safari fotográfico y al regresar su mujer había sido raptada por unos traficantes de esclavos. El sueco empezó la persecución de la caravana de encadenado negros que recién habían perdido la libertad para ser vendidos a algún rico jeque de Arabia Saudí. Marcela siguió por su cuenta, caminó y caminó por África hasta que llegó al lago Chad, en cuya ribera encontró a un estrafalario personaje, un europeo flaco de pelo y barba superlargos. Era el capitán de un barco que naufragó frente a las costas canarias y que fue esclavizado por las tribus bereberes, vendido al mejor postor y puesto a trabajar en una cantera de sal para dar rendimiento a sus dueños hasta la última gota de sangre, hasta el último hálito de vida. Pero consiguió escapar y estaba empeñado en atravesar andando una África entonces aún inexplorada, para llegar a la desembocadura del río Níger. Ahí lo dejó Marcela, recuperándose y haciendo acopio de fuerzas para iniciar su viaje. 
     En Sudán Marcela se reencontró con el sueco que, ayudado por unos europeos antiesclavistas y un tuareg que perdió a su familia en manos de los cazadores de esclavos, lograron llegar al puerto del mar Rojo donde la bella esposa del fotógrafo iba a embarcar en un viaje sin retorno hacia un harén árabe. A Marcela ese destino de la pobre mujer le recordó un episodio de su pasado, así que corrió sin descanso por el muelle con los demás, pero llegaron tarde, el yate ya había zarpado. 
     Como bien explica Alberto Vázquez-Figueroa en su novela, el jeque árabe al ver a los hombres que en el muelle clamaban su desesperación por haber llegado tarde, se sintió a la vez invulnerable y descubierto. Así que decidió liberar a su esquisita nueva adquisición, que saltó por la borda y nadó hacia la libertad recuperada. Marcela, por su parte, siguió camino por el lecho del mar Rojo, avanzó rápido hasta alcanzar el yate del jeque, subió por la escalerilla, tiró por la borda a toda la tripulación y tiró por la borda al jeque negrero, pero antes de lanzarlo al agua le puso las esposas de oro que hace poco llevaba su última víctima. Tras todo esto, Marcela se durmió en el yate. Durmió durante mucho tiempo. El barco, al pairo, siguió una ruta caprichosa llegando hasta el golfo de Bengala. No está claro por qué extraño fenómeno físico, si la fuerza del viento o las mareas caprichosas, el yate entró por la  desembocadura del río Gages y remontó su curso hasta la ciudad de Benarés. Allí Marcela despertó y bajó del barco. 
     En el muelle fluvial de Benarés estaban incinerado a una mujer fallecida joven. Tiraron sus cenizas al río sagrado y se fueron. Allí quedó un niño pequeño, un bebé casi, que se había quedado huérfano. Marcela se acercó a él y dijo Aunque nací hombre, puedo ser tu madre, te llamaré Antonio. El niño sonrió, extendió los brazos hacia los pechos de Marcela, empezó a succionar y sorprendentemente la leche manó de esos pechos transgénero. Así que Marcela vivió muchos años en Benarés, mientras Antonio Ganges crecía. Los pechos de Marcela dieron tanta leche que ayudó a criar a toda una generación de niños de la calle del barrio donde vivieron, hasta que Marcela murió, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas fueron echadas al río Ganges.  



17 16  Las nubes.

     Antonio Ganges creció a orillas del Río Sagrado, en el regazo de una madre extranjera que le decía Tú no eres un intocable. La sociedad no opinaba del mismo modo. Algunos no toleraban ni que les dirigiera la mirada. Al menos, no tuvo que buscarse el sustento entre la basura del vertedero cercano, poblado por cientos de niños, viejos y parias que allí intentaban sobrevivir con lo que otros desecharon. 
     Era un niño alegre hecho para romper los límites y fronteras en que quisieran confirmarle. Podía bajar la mirada al cruzarse con alguien, pero inmediatamente la erguía y sus ojos estaban siempre poblados de nubes blancas, azules y grises, a veces rosáceas, a veces anaranjadas, a veces encendidas de puro amarillo sol naciente. 
     Antonio viajó a Nueva Delhi y vio las calles llenas de gentes, muchos dormían en la acera, en los balcones de las casas, en equilibrio sobre el rickshaw que de día conducían...
     Antonio vio un elefante aparcado en la acera esperando el inicio de una celebración. Tenía un ojo muy pequeño en ese lado de su gran cuerpo y parecía que ahí dentro no había nadie mirando. Las ardillas brincaban alegremente encaramadas al tendido eléctrico, bienacogidas en los balcones de la gente obsequios con ellas y con los pájaros trinadores y con cualquier ser vivo capaz de vivir en la ciudad. 
     Antonio Ganges compró un pasaje para Jaipur y el hombre del puesto de venta de billetes empezó a hacer un ritual besando el dinero y llevándoselo a la frente. Como Antonio abrió mucho los ojos, el hombre le explicó algo sobre ese ritual de agradecimiento o invocación de la buena suerte. 
     En Jaipur vio a un tullido cruzando la calle con las rodillas y la espalda completamente dobladas, moviéndose muy cerca del suelo. Los muñones ni faltan en las calles de la India; puso una moneda en la mano de un leproso a la que le faltaban dedos, rozando su piel, no por descuido. 
     En Goa Antonio fue a la playa y, con sus ojos llenos de nubes, vio a los kitesurfistas deslizándose sobre el mar y brincando en el aire arrastrados por las cometas de colores. Así que compró una de esas cometas, le añadió un lazo y se hizo a la mar. Las nubes, que eran sus amigas desde la infancia, cogieron con la boca el lazo que colgaba de la cometa y se llevaron a Antonio Ganges muy lejos, viajando a gran altura.



17 17  Una lágrima.

     Antonio Ganges dio un gran salto arrastrado por la cometa. Como se ha visto a los delfines jugar con una brizna de alga, las nubes fueron pasándose la cometa con la boca, con la nariz, con la espalda, con las caderas, con las rodillas, con los talones y con los dedos de los pies. Las manos las utilizan para otros menesteres. 
     Al fin las nubes soltaron la cometa y ésta aterrizó suavemente en una desolada planicie etíope. Las nubes se alejaron formando un círculo alrededor de Antonio Ganges. Probablemente planeaban estrategias coreográficas, alguna sugirió un chaparrón sobre esa tierra sedienta en la que se divisaban profundas estrías de antiguos cauces de agua.

     Me siento un poco Borges al decir que un punto se agotó en el horizonte hasta convertirse en un explorador británico vestido de explorador británico bamboleándose encima de un dromedario. Éste se arrodilló frente a Antonio, el explorador desmontó y dijo ¿Conoce usted la región?, me he pasado la vida buscando las fuentes del Nilo. 
     Una lágrima resbaló por la mejilla de Antonio y cayó en la tierra reseca. Miró  de reojo a las nubes lejanas, luego miró a sus pies y dijo Están aquí. Efectivamente, a sus pies había un manantial. El explorador se fue precipitadamente a Londres en busca de un poco de gloria y Antonio empezó a recorrer la región siguiendo aquel riachuelo. Los nativos le llamaban Antonio Nilo Azul y decían que el azul del Nilo Azul estaba en sus ojos. Aprendió a vivir con lo que esa tierra ofrecía. Su piel se oscureció y no era tan distinta de la de los etíopes. Por toda la región se extendió el relato oral del viajero que llevaba el río en la mirada. 
     Al fin Antonio Nilo Azul llegó al lugar donde el Nilo Azul y el Nilo Blanco confluyen. Allí había una multitud esperándolo, pero él pensó que era una ciudad. Un sabio local lanzó una consigna, que fue susurrada de cada par de labios a casa pabellón auditivo, Dejémoslo solo. 
     Así, Antonio Nilo Azul se durmió arrullado por el sonido de los dos ríos convertidos en uno, y soñó consigo mismo en ese mismo lugar, aguardando la llegada de alguien que iba a complementarlo espiritualmente. Y al despertar inicio una ascética espera, mirando pasar el río. Estaba tan concentrado en sí mismo que no se dio cuenta de que a su alrededor se habían concentrado otros ascetas que imitaban lo poco que Antonio hacía. Una anciana llenaba sus cuencos con la comida suficiente para que siguieran con vida. El cabello y la barba les crecieron y rozaban ya el suelo. Todos sabían que esa espera daría sentido a sus vidas y que Antonio sería el primero en percibir la llegada de ese algo o ese alguien que los cambiaría para bien. 
     Apareció una niña bella y sonriente con una bandeja repleta de verduras hechas a la brasa, pescado hervido y frutas ya cortadas a punto de ser llevada a la boca. Antonio comió y se sació al tiempo que los ascetas murmuraban y se preguntaban si aquello sería correcto. La niña sacó unas tijeras de su cintura y empezó a cortarle el cabello y la barba a Antonio. Cuando quedó satisfecha de su labor, le besó en los labios. Antonio se puso en pie, a su alrededor no quedaba nadie, sólo la niña bella y sonriente, que le decía adiós con la mano. Antonio Nilo reemprendió su camino rumbo a Egipto. 



17 18  La piedra.

     ¡Nilo, a tu puesto!, gritó una voz autoritaria y, casi simultáneamente, restalló el sonido de un latigazo que apenas le rozó. Antonio agarró la gruesa cuerda de la que debía tirar para seguir arrastrando esa gran mole de piedra que llevaban, desde la cantera al lugar donde estaban construyendo la nueva gran pirámide, esa que aseguraría una plácida vida eterna para el dios faraón que gobernaba el país. 
     Los caminos habían dejado de ser solitarios, Antonio Nilo siguió la riada de gente y acabó enrolado a la fuerza en el grupo de los que arrastraban la gran piedra tallada, una de tantas entre todas las que confluían hacia la futura pirámide; pero no era una de tantas, tenía su lugar predestinado en la construcción y sabían ya que costaría un determinado número de vidas entre los trabajadores. Eran vidas a la vez necesarias y prescindibles. 
     Antonio Nilo convivía con los porteadores y aprendió su idioma. Deseaba incitarlos a rebelarse, pero parecía que en su vocabulario no existía el concepto rebelión. El Dios Faraón nos alimenta, nosotros le pertenecemos. Los campesinos os alimentan. El Dios Faraón hace su magia para que cada año el Gran Río fertilice los campos. Las nubes hacen esa magia. Oh, Nilo, calla, duerme...
     Ahora Antonio está en Mesopotamia con una tribu nómada. Regresan al lugar donde el año pasado abandonaron a un viejo impedido que no podía seguir andando, buscan sus restos para honrarlos y sorprendentemente lo encuentran con vida. El viejo ha sobrevivido enterrando semillas en el barro y aguardando a que la plantas den fruto. Algunos deciden quedarse en ese lugar, clavan el dedo índice en la tierra mojada e introducen una semilla en cada agujero. Algunos apilan piedras alrededor del lugar, para proteger la futura cosecha. 
     Antonio introduce su dedo en el barro y deja una semilla. A su alrededor ha crecido una ciudad. Antonio introduce su dedo índice en el barro y deja una semilla. A su alrededor han levantado una muralla. Antonio introduce su dedo índice en el barro y deja una semilla. A su alrededor hay edificios construidos con piedras talladas al milímetro y que pesan toneladas. Antonio introduce su dedo índice en el barro y deja una semilla. Un grupo de arqueólogos están alrededor de esos edificios y comentan maravillados que con la tecnología actual difícilmente podrían construir algo semejante. ¿Cómo pudo una civilización de hace milenios alcanzar ese desarrollo? Antonio introduce su dedo índice en el barro y deja una semilla. ¡Un ibis de colores!, dice alguien. Antonio despierta, está amaneciendo en Egipto. En el cielo ve su  cometa y unas nubes que juegan con ella. Una nube le tiende la mano y Antonio Nilo se agarra a ella, alza el vuelo y se aleja, los porteadores contemplan el extraño fenómeno, los soldados traen maniatado a un nuevo porteador. 



17 19  Las montañas itinerantes.

     Tras sobrevolar el Mediterráneo, las nubes juguetonas depositaron a Antonio en lo alto de los Alpes italianos. Sentado sobre la nieve, éste vio como se acercaba lentamente un montículo blanco. Cuando el montículo estuvo cerca, escuchó un resuello en su interior. El montículo llegó a la cumbre y se precipitó ladera abajo. Luego apareció otro montículo. Esta vez divisó un pequeño ojo en él, parecía asustado, empezó a bajar la montaña con cuidado.   Apareció un tercer montículo. Éste de repente barritó, se sacudió la nieve que lo cubría y se mostró. Era un elefante, uno de los elefantes con que Aníbal Barca quiso llegar a Roma cruzando los Alpes. Y a lomos del elefante estaba el mismísimo Aníbal Barca, erguido, indicando el rumbo a seguir e instando a que sus huestes le siguieran.
     Aníbal vio a Antonio, pero no le prestó mucha atención. Continuó su camino. Entonces su elefante perdió pie y empezó a precipitarse, por lo que el general saltó de su lomo para salvar la vida, hundió una mano en la nieve para detener su caída y tendió la otra hacia Antonio. Dijo Si me salvas Europa nunca conquistará el mundo. Antonio abrió mucho los ojos procesando esa información. Si me salvas Europa nunca existirá, será un apéndice sin importancia de Asia, no merecerá ni una mención en los libros de historia. Antonio al fin reaccionó, se acercó a Aníbal y entonces, plof, Aníbal desapareció como desaparecen los espejismos cuando intentamos tocarlos. 
     Antonio empezó a tiritar, ¿cuánto tiempo llevaba ahí en esa cumbre nevada azotada por el viento? Entonces se irguió cómo pudo y alzó una mano pidiendo ayuda, como hacia poco había hecho Aníbal Barca. Imploró mentalmente por su vida y al poco una mano lo alzó y lo subió a un helicóptero. En el helicóptero alguien dijo Tenemos problemas técnicos, estamos en la estratosfera y no podemos bajar; habrá que saltar. A Antonio le pusieron un paracaídas y todos los pasajeros y tripulantes del helicóptero fueron saltando. Todos llegaron al suelo sin problemas, cada uno aterrizó en un país diferente y todos cayeron de noche en el patio de una cárcel de ese país en concreto. A unos le costó un poco salir de allí, otros no lo consiguieron nunca. Antonio cayó en el patio de un Centro de Internamiento de Extranjeros, en España. Algunos afirman que eso no es una cárcel, pero lo es.
     A la mañana siguiente estudiaron su caso y le dijeron Usted es español. Sí, sí, dijo Antonio disimulando su sorpresa. Recordaba que su madre había vivido en España hacía mucho tiempo, pero él poco sabía de ese país. Le dieron una documentación a nombre de Antonio Ríos y le indicaron la puerta de salida. Afuera había unos hombres esperándolo. Le dijeron Tu hermano Pedro quiere verte. ¿Mi hermano?, ¿tengo un hermano? Sí, sois gemelos, os parecéis como una gota de agua se parece a otra gota de agua. 
     Lo llevaron al paseo de la Castellana, en pleno centro de Madrid, a un edificio enorme con la fachada acristalada. Subieron hasta el piso superior y, atravesando pasillos enmoquetados, llegaron al gran despacho donde Pedro Ríos aguardaba la llegada de su hermano gemelo Antonio Ríos. 
     Sí, se parecían, pero no tanto como para confundirlos. Antonio tenía un tono de piel más oscuro. Aunque se intercambiaran la ropa, el traje de Pedro nunca se amoldaría al cuerpo de Antonio, o el cuerpo no sabría amoldarse al traje. 
     Quedaron solos en el despacho. 
     Pedro dijo Tengo infinidad de empresas y propiedades, no sé qué cosa podría comprar hoy. 
     Antonio dijo Vivo viajando, no necesito nada. 
     Se hizo el silencio. ¿Se lo habían contado todo ya?
     Se miraron a los ojos, que eran a la vez azules, blancos y grises, como las nubes. Entonces los ojos continuaron contándose sus respectivas vidas, hasta que Pedro y Antonio quedaron confundidos el uno en el otro. Cualquiera de los dos pudo ser el que dijo Lo tienes o lo tengo todo; no necesitas o no necesito nada. Nunca llegarán a confundirnos el uno con el otro, pero nosotros, a partir de ahora,¿cómo podremos diferenciarnos y saber qué parte de nosotros pertenece a cada uno? 
     Y eso qué importa, Antonio o Pedro, podemos vivir el doble.



17 20  El tándem.

     Pedro y Antonio solían pasear por Madrid, en el garaje tenían siete limusinas de colores, una para cada día de la semana, pero preferían ir en tándem por el carril bici, conversando, por el placer de hablar, porque sabían todo el uno del otro, antes de decirlo. 
     Pedro, si yo he nacido en la India y mi madre murió hace tiempo, y tú eres madrileño y tu madre vive en Marbella, ¿cómo podemos ser realmente hermanos? 
     La que ahora consideramos mi madre recurrió a la gestación subrogada, y la que llamamos tu madre, fue el vientre de alquiler. Así que de alguna forma ambas son nuestras madres, una aportó los genes y la otra nos llevó en su interior durante el embarazo. 
     ¿Y por qué nos separaron?
     Al parecer, tu madre se arrepintió del trato y quiso quedarse con el hijo que había crecido en su interior, por mucho que no fuera realmente suyo. Por suerte, del parto nacimos dos niños sanos y se llegó a un acuerdo, tú quedaste a orillas del Ganges y te llamaste Antonio Ganges y yo, en Madrid, crecí como el Pedro Manzanares que tienes ante ti.
     Nuestro apellido es un tanto particular, cuando estuve en Egipto me convertí en Antonio Nilo. 
     Así es, fluctúa. De algún modo, somos Antonio y Pedro Ríos.

     Pedro y Antonio se casaron con dos hermanas, Prisca y Bea, con las que vivieron como si fueran una comuna hippie en la que los hijos eran un poco de todos. Pero poco a poco surgió un desasosiego en su interior que tenía que ver con su sincronización. ¿Cómo era posible que lo que sabía o sentía uno lo supiera y sintiera el otro, siempre? Así que salieron de viaje en busca de respuesta, allí donde alguien supiera darles razón de ello. 
     Tenían cuatro jets privados de distinto color, uno por cada estación del año, pero se fueron andando por caminos secundarios. Dicen que todos los caminos llevan a Roma, pero ellos llegaron hasta el Oráculo de Delfos. Y el Oráculo de Delfos se les apareció en sueños y les dijo ¿Por qué perturbáis mi descanso milenario con menudencias?, ¿acaso me necesitáis para discernir lo evidente?, ¿no tenéis ojos en la cara? Vosotros no sois dos, sois uno. Del parto nació un solo niño, al que ninguna de las dos madres, ni la biológica ni la gestante, quiso renunciar. Hubo un juicio presidido por el insigne y bíblico juez Salomón, que dictaminó que, puesto que las dos mujeres decían ser las madres de la criatura, debía partirse al niño por la mitad y que cada una de ellas se quedara una de las partes... ¿Por qué ponéis esa cara de asombro? ¿Acaso no fuisteis por la vida el uno dando saltos con el pie derecho y haciendo todo con la mano derecha, y el otro saltando y utilizando el pie y la mano izquierdas... hasta el día que os rencontrasteis y empezasteis a caminar, hombro con hombro, sincronizando vuestras cojeras? 
     A partir de ese día, entre Pedro y Antonio empezaron las desavenencias, los malos entendidos y la soterrada lucha por el predominio. Por eso un día decidieron separarse, Antonio Pedro Ríos se fue por un lado y Pedro Antonio Ríos por otro. Estuvieron desde entonces buscando una singularidad y una especificidad propias. No sabemos si encontraron lo que buscaban, pero ambos especificaron en sus respectivos testamentos que deseaban ser enterrados en el mismo mausoleo. 



17 21  Mundo cruel.

     Concienciado procura no pisar ni una  hormiga cuando camina, pero a los pies de cada hormiga hay un mundo microscópico de seres vivos que Concienciado pisa o deja de pisar sin ni siquiera darse cuenta. 
     Perplejo cada mañana compra un pan y luego pasa por delante de un campo de trigo. Se detiene e intenta hacerse una idea de cuántas espigas hacen falta para elaborar un pan. Y un agricultor. Y un transportista. Y un molinero. Y un panadero. Y un tendero. Y un clima benigno en el que el grano pueda prosperar. Y una cierta ausencia de conflictos armados y catástrofes medioambientales. Podríamos considerar que un pan resulta barato ante tanto esfuerzo, salvo en época de crisis y hambre. En ese momento, un pan resulta caro, reflexiona perplejo Perplejo. 
     La vida, pequeña o grande, simple o sofisticada, es una maravilla, pero así vista de cerca en sus menudencias, es cruel. Quien sobrevive, aniquila. El hormiguero es pisoteado, los neandertales se extinguen, los genocidios se suceden y los verdugos seguirán encontrando trabajo, ya sea oficial o subrepticiamente. 
     Un tentáculo es pisado por una pata que es pisada por una pezuña que es pisada por un pie que es pisado por una bota que es pisada por una rueda neumática que es pisada por un tanque. ¿Y por encima de todo eso qué hay? Quizá la conciencia de uno. Y algunos, deseando que exista la conciencia de Uno y no sólo el puro azar de los pisotones. 



17 22  Las tres islas.

     En mis sueños muchas veces se proyecta la misma película. Una escena por la que ya transité se repiten en la pantalla, a veces puede que se produzcan pequeños cambios o añadidos. No todo está definido, pero las situaciones suelen ser recurrentes. 
     En algunos sueños hábito antiguas casas por las que pasé hace décadas. También suelo estar en alguna de mis dos islas, mi isla natal y mi isla de acogida. Normalmente estoy regresando a la primera. Y cuando he regresado a ella, vuelvo de regreso a la segunda. Siempre me voy mañana a la otra isla y siempre el viaje de ayer fue un error. Quizá en sueños padezco el síndrome del emigrante.
     Últimamente estoy de viaje en una tercera isla. También me voy mañana, regreso a mi isla después de demorarme demasiado tiempo en esta otra isla de paso. He encontrado una casa desocupada y pernocto en ella por última vez. He pasado otras noches aquí. Los vecinos saben que me cuelo por una ventana. Yo sé que los vecinos están alrededor y que saben de mí, pero nunca nos hemos visto. Sólo nos sentimos. Recorro las calles, doblo una esquina y ahí está mi refugio. Entro. Es mi casa, con mis cosas. Haré la maleta. Es mi casa, soñaré con ella, o en ella, en el futuro, ¿por qué no habría de hacerlo? Creemos habitar las casas pero seguramente son las casas las que nos habitan a nosotros. 
     De repente percibo cosas fuera de lugar, objetos que no me pertenecen. Llego a la conclusión de que en esta casa ha estado viviendo alguien más a parte de mí. ¿Cómo pude prestar tan poca atención? Hay ropa y comida que yo no he traído hasta aquí. Investigo un poco más, miro por todos los rincones y no veo a nadie. Pero sé que tiene que haber alguien más, y al fin la encuentro, es una mujer de pelo suelto y rizado. Veo claramente su reflejo en un espejo.
     Me despierto con el vello erizado.



17 23  Como una canción de Maná.

     Alpargato y Limusina se liaron en la calle una noche de efluvios etílicos incontrolados.  
     Él regresaba de un asadero en la playa cercana.
     Ella salió de la sala VIP de la disco de moda y no encontró taxi libre a esa hora. Así que se quitó los zapatos de tacón alto, que quedaron en un banco  cualquiera, y se puso a caminar descalza por la Avenida Marítima, hasta que Alpargato reparó en la desnudez de unos pies que le gustaron por sus presuntos andares nómadas y desinhibidos. Pero eran andares de pasarela de moda y baile de salón, aunque ligeramente zigzagueantes debido al alcohol y a la noctambulez. . 
     Ella lo vio llegar y se lo imaginó como un gentil galán antiguo dispuesto a socorrerla en el apuro de su descalcez, y hasta llevarla a casa en moto o en brazos a cambio de una sonrisa ingenua o alguna mirada poco recatada. Pero en lugar de seguir los cánones de la galantería, él se quitó los zapatos y los tiró al agua oscura y maloliente del puerto. Ella pensó que era un acto de solidaridad, pero fue un reflejo mimético y de pura lógica. A esa hora por la avenida desierta o bien hay que caminar descalzo o bien hay que viajar en limusina. 
     Limusina y Alpargato echaron un polvo entre las barcas dormidas del muelle. Cuando clareó se dieron cuenta de la magnitud de su equivocación al juzgar cada uno de ellos al otro. Ningún reproche, unas risas nerviosas y unos Hasta la vista, Nos vemos... poco sinceros. 
     Ella se fue recomponiendo el vestido y el peinado. 
     Él se fue a intentar pescar unos zapatos. 
     Décadas después se reencontraron en el asilo geriátrico, pero no se reconocieron, y hasta se cayeron mal como buenos viejos quisquillosos, por más que ambos vivieron sus respectivas vidas de casados y sus fugaces aventuras extramatrimoniales... recordando aquél del muelle como el mejor polvo de sus vidas.



17 24  Los siete.

     Cuando llaman a la puerta, Urbano y Civilizado salen agarrados de la mano y preguntan sonrientes ¿Qué se le ofrece? 
     Si dan unos toques suaves y rítmicos en la puerta, salen Curioso e Intrigado abriendo los ojos de par en par. 
     Si aporrean la puerta con rotundidad de visita oficial, salen Hosco e Inocente, uno detrás del otro. El primero tiene el ceño fruncido y el segundo llega con su mano derecha haciendo pantalla parabólica tras el oído derecho, ladea un poco el rostro y casi sonríe, pero se coloca hombro con hombro al lado de Hosco cual si fueran un inexpugnable parapeto. 
     Y si directamente derriban la puerta, Maldito sale a defenderse con las manos y con palabras que le salen a borbotones. 
     Ni Urbano ni Civilizado ni Curioso ni Intrigado ni Hosco ni Inocente sabían que Maldito vive en la casa. Seguramente se esconde en la buhardilla y se alimenta por la noche de las sobras de los demás. Maldito en realidad se llama Maldecidor. Lo llevamos dentro y sale cuando una piedra se interpone en el camino y nos lástima el pie. Cuando nos acorralan e intentan hacernos daño todo nosotros se convierte en Maldecidor 
     Maldecidor vomita todos los exabruptos guardados en la buhardilla, sin olvidarse de uno solo. Los demás se quedan perplejos al ver publicadas en el aire las obras completas del lo que podemos llegar a pensar y a decir; de lo que somos en realidad cuando todas las máscaras y  todos los maquillajes han desaparecido de nuestra piel 



17 25 Caso abierto.

     En la noche neoyorquina se ha producido un crimen. El cadáver está cubierto por una sábana blanca. Un agente levanta la cinta delimitadora del área acotada cuando ve llegar a la joven nueva comisaría de distrito y al viejo poli de barrio que le acompaña. Él nunca llegó a subir en el escalafón tanto como para dejar de patear las calles. Y le falta poco para jubilarse. Se conocieron hoy y sienten ciertas reticencias iniciales, ya que el mando lo obstante la más inexperta, y es mujer. Tardarán varios capítulos en confiar el uno en la otro. Pero ahora mismo hay un fiambre que reclama nuestra atención. De momento sólo tiene tratos con el tripudo forense de bata blanca, al que le cuesta agacharse para llegar a su altura en el suelo mojado. Debe observar los detalles más nimios y tomar las muestras pertinentes para que la investigación llegue a buen puerto y los malos no se vayan de rositas. Nos esperan intriga, sorpresas, persecuciones, tiros, explosiones y un final feliz, pero todo ello tras la publicidad. 

     A un tipo alto y despeinado no le dejan pasar a la escena del crimen, pero llama la atención de la comisaria y del viejo poli, que se acercan. Yo soy el autor, dice. La comisaria comenta a su compañero El autor siempre vuelve al escenario del crimen. No no, replica el recién llegado, yo soy el autor del guión de este episodio, y no me satisface cómo se están desarrollando los hechos; todo es muy predecible.
     Lo predecible vende, o al menos se deja ver mientras en las casas y en las vidas de los espectadores sigan sucediendo cosas predecibles, dicen desde detrás de las cámaras. Pero ni el viejo poli ni la comisaria ni el autor se dan por enterados; es más, les dan la espalda a todo el equipo en un claro conciliábulo aparte. Una grúa sube velozmente buscando a vista de pájaro una toma de la conversación.  El zoom deja atrás las luces destellantes de los coches de policía y enfoca el rostro del autor. 
     He decidido que la serie pase a ser totalmente erótica. El asesino, efectivamente, ha vuelto al escenario del crimen y le atrapan por el sencillo descuido de no reparar en que lleva los zapatos salpicados de sangre. Los polis celebran en el bar de enfrente la rápida resolución del caso, y al final el veterano y la dulce comisaria se lian en la casa de quien viva más cerca. Vamos.
     Un momento, yo no soy una actriz porno. Puedo hacer el papel, pero hemos de firmar un nuevo contrato donde quiero que se especifique que el sexo anal será simulado, que no seré sometida a posturas humillantes y que se incluirán escenas en las que actuaré de amazonas contorsionándome sensual y rítmicamente encima del viejo mientras éste permanece inmóvil. 
     A mí no me llames viejo.
     Está decidido, para las escenas de sexo explícito el viejo tendrá un doble de acción, que puedo ser yo mismo, debidamente caracterizado. 
     Si me quitas las escenas de cama, me niego a participar en los preliminares. 
     Está bien, en la detención del criminal que volvió al escenario del crimen se produce un tiroteo y mueres de un tiro en plena frente. La comisaria llora y tiembla, hace frío y el autor la arropa con un abrazo prolongado. La sensualidad surge de manera espontánea. Ya en la cama, una lágrima cae sobre los muslos de ella y casi se evapora por el calor de la sangre en ebullición, pero una mano acariciadora se la lleva por delante y continúa sobre la piel en dirección a la ingle, provocando un espasmo de placer y con ese gesto involuntario dos redondos y lustrosos pechos aparecen en el primer plano de la pantalla. 



17 26  Los peces en el río.

     El que está triste no soy yo, es uno que vive en mi interior y que no sabe nada de sonrisas y frivolidades.
     Por otra parte el que ríe no sabe otra cosa que estarse carcajeando. 
     Así que he decidido cogerlos a ambos del cogote y enfrentarlos cara a cara. ¿Qué va a pasar?, ¿se producirá una explosión aniquiladora como cuando la materia y la antimateria entran en contacto?
     Los sostengo en vilo y contemplo cómo sus rostros se transfiguran. Parece que comprenden o van asimilando algo, pero cuando al fin los suelto cada uno se va a un rincón de la habitación y siguen sin saber nada el uno del otro, como si realmente tuvieran memoria de pez.

               Resquicio.




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