Leer adrede.

 08 21  Leer adrede.

     Hay dos Marios que jalonan la literatura latinoamericana.
     A uno lo desprecio como personaje público que toma partido siempre por la involución política, aunque lo he leído con fruición. En sus obras no se nota tanto el sectarismo antiizquierdistidta del que hace gala en la no ficción. El otro siempre ha tomado partido por las causas justas, del lado de la gente y en contra de los poderes malparidos, aunque por otro lado siempre me ha costado adentrarme en sus páginas. Así que celebré como un gol histórico en Maracaná encontrar de él un libro que me gustaba y en el que fluían las ideas con una prosa sin estereotipos, densa, espontánea, palpitante, atinada...
     No pude evitar tomar notas... y ahora quiero verter esos extractos aquí, no sin antes decir que pertenecen a Vivir adrede, del más Benedetti de los dos Marios.

    "Los optimistas se entienden con el río y con el cielo que lleva su corriente. Saben que allí navega la tutela más leal, más respetable, y asumen el alma como agua.
     Los escépticos son apenas mendigos, y el tiempo que transcurre les deja su limosna. No logran escapar del viejo laberinto y reciben mensajes que son indescifrables".

     "De pormenor en pormenor vamos descubriendo el exterior y la intimidad, digamos el milímetro de universo que nos tocó en suerte. Y sólo entonces, cuando encontramos al muchacho o al vejestorio que lleva nuestro nombre, sólo entonces los pormenores suelen convertirse en pormayores".

     "Todos venimos al mundo con la obsesión de un imposible. Y cuando tomamos conciencia de que el imposible es eso: un imposible, ya es tarde para refugiarnos en la sensatez".

     "En la sencillez, los hombres y las mujeres se comparan, se comprenden, se alivian. En la complejidad, en cambio, se ven con desconfianza y con rencores".

     "Los años corren, simulan detenerse y vuelven a correr, pero siempre hay alguien que en medio de la oscura perspectiva alza una antorcha que nos obliga a ver el lado íntimo de las horas.
     (...) Todos tenemos una antorcha propia, y cada una es distinta de las otras. Con ella se puede llegar al río, aún después del crepúsculo".

     "Las religiones toman las armas y los dioses aprietan los gatillos. Los mares y los ríos invaden las orillas y los árboles ya no saben qué hacer con tanta inundación.
     Los odios ya no son simples resquemores; más bien son monstruosas avalanchas que cruzan las fronteras y desmantelan vidas y viviendas".

    "Sin ir más lejos, la tan mentada globalización es en última instancia un gran basurero del poder".

     "Gracias al idioma, sobrevivimos. Porque somos palabra, quién lo duda. El lenguaje es una bolsa de ideas, una metafísica que no tiene reglas, una propuesta que cada día es distinta".

     "Desde mi sólida banqueta, o sea desde mi trono de pelagatos, veo desfilar el tiempo y sus minucias, los torbellinos del desorden, las fragatas que en el puerto se mecen impasibles, los murciélagos que inmóviles vigilan, las golondrinas que regresan cargadas de experiencia".

     "En cualquier descuido de la vida, los conflictos suelen levantar campamento. El desacuerdo se viste de rabia, las campanas se quedan en cencerros, los reproches presentan su factura".

     "Sólo entonces tomamos conciencia de que nosotros también somos paisaje".

     "Cada cuerpo celeste, planeta, asteroide o aparente luminaria, es sólo un vacío. Nadie es dueño de la nada, y la nada es el pozo, el abismo es de nadie".

     "En la guarida estamos casi a salvo. Nadie puede matarnos. Salvo la muerte, claro".

     "No habrá purgatorio ni paraíso; tampoco infierno, porque éste está en la tierra.
     ¿Será un sótano, una nube oscura, un jardín con flores marchitas? ¿Una tediosa llanura, sin horizontes a la vista, sin puntos cardinales, sin cenizas? ¿Una infancia sin juegos, una vejez sin canas?"

               Mario Benedetti, Vivir adrede.

     Efectivamente, Mario, la vida está jalonada de mensajes que no podemos o no queremos descifrar, y de corrientes espontáneas que nos llevan en volandas. Quizá haya también un río que nos mantiene en esta ribera y no en la otra.
     Puede que la sensatez sea un lugar demasiado aséptico, Mario. En las obsesiones fermentan virus risueños, o eso espero.
     Es fácil dejarse guiar por un faro, pero la pequeña antorcha propia es más fidedigna.

     Te he leído, te he transcrito y te he regurgitado, pero me ha vuelto a costar terminar tu libro, Mario.
     En una cabezada entre párrafos tuve una ensoñación. Un caballo alargaba el cuello a través de una empalizada y me olisqueaba. No sé si la imagen era propia o me la prestaste tú. A mí me pareció un relato completo transcribible en esa única frase. El caballo alargó el cuello a través de la empalizada y me olisqueó. Seguramente es un western en sí mismo, o un poema de galopes al viento, pero no estaba realmente ahí, en Vivir adrede. En Vivir adrede estabas tú, Benedetti, demasiado Benedetti quizá, con tu exilio, tu vejez repleta de ausencias, los dictadores y los desaparecidos y el reiterado No a la guerra, que es el abecé de las ideologías.
     Claro que las ideologías son importantes. Quieren hacernos creer que ya no sirven, que lo que importa es sólo la gestión que se hace de lo público. Pero la ideología es la brújula, son los pies en la tierra, es el punto de partida y es el itinerario. Pero no es un círculo cerrado, no es el fin de todo. Algunos fusilados en el último momento alzaron el puño y gritaron Viva la república, viva la libertad, pero no eran más que contrabalas. Luego se pusieron a soñar con otras cosas. Los odios caducan, los verdugos no es seguro que sean asediados por los fantasmas de sus víctimas. Quizá no haya guerras civiles en el Más Allá. Dímelo tú esta noche, aunque puede que te desoiga sin pretenderlo, hay tantos mensajes indescifrables o indescifrados en el duermevela.

     He decidido empezar hacerme viejo y dedicarme básicamente a barrer las calles y a escribir. Supongo que pretendo dejar algo mío fuera del horno, pero no quiero ver mi rostro y mis déficits en cada página. Así que quizá barra también mis viejos textos y me expulse en parte de ellos hasta que quede sólo una cierta esencia neutra que podría ni ser del todo mía. Quiero volver aquí para releer éste nuestro relato...
     Las espuelas del viejo gaucho destellaron al atardecer.

               Mario y Resquicio.

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