Las montañas itinerantes.

 17 19 Las montañas itinerantes.


     Tras sobrevolar el Mediterráneo, las nubes juguetonas depositaron a Antonio en lo alto de los Alpes italianos. Sentado sobre la nieve, éste vio como se acercaba lentamente un montículo blanco. Cuando el montículo estuvo cerca, escuchó un resuello en su interior. El montículo llegó a la cumbre y se precipitó ladera abajo. Luego apareció otro montículo. Esta vez divisó un pequeño ojo en él, parecía asustado, empezó a bajar la montaña con cuidado. Apareció un tercer montículo. Éste de repente barritó, se sacudió la nieve que lo cubría y se mostró. Era un elefante, uno de los elefantes con que Aníbal Barca quiso llegar a Roma cruzando los Alpes. Y a lomos del elefante estaba el mismísimo Aníbal Barca, erguido, indicando el rumbo a seguir e instando a que sus huestes le siguieran.

     Aníbal vio a Antonio, pero no le prestó mucha atención. Continuó su camino. Entonces su elefante perdió pie y empezó a precipitarse, por lo que el general saltó de su lomo para salvar la vida, hundió una mano en la nieve para detener su caída y tendió la otra hacia Antonio. Dijo Si me salvas Europa nunca conquistará el mundo. Antonio abrió mucho los ojos procesando esa información. Si me salvas Europa nunca existirá, será un apéndice sin importancia de Asia, no merecerá ni una mención en los libros de historia. Antonio al fin reaccionó, se acercó a Aníbal y entonces, plof, Aníbal desapareció como desaparecen los espejismos cuando intentamos tocarlos. 

     Antonio empezó a tiritar, ¿cuánto tiempo llevaba ahí en esa cumbre nevada azotada por el viento? Entonces se irguió cómo pudo y alzó una mano pidiendo ayuda, como hacia poco había hecho Aníbal Barca. Imploró mentalmente por su vida y al poco una mano lo alzó y lo subió a un helicóptero. En el helicóptero alguien dijo Tenemos problemas técnicos, estamos en la estratosfera y no podemos bajar; habrá que saltar. A Antonio le pusieron un paracaídas y todos los pasajeros y tripulantes del helicóptero fueron saltando. Todos llegaron al suelo sin problemas, cada uno aterrizó en un país diferente y todos cayeron de noche en el patio de una cárcel de ese país en concreto. A unos le costó un poco salir de allí, otros no lo consiguieron nunca. Antonio cayó en el patio de un Centro de Internamiento de Extranjeros, en España. Algunos afirman que eso no es una cárcel, pero lo es.

     A la mañana siguiente estudiaron su caso y le dijeron Usted es español. Sí, sí, dijo Antonio disimulando su sorpresa. Recordaba que su madre había vivido en España hacía mucho tiempo, pero él poco sabía de ese país. Le dieron una documentación a nombre de Antonio Ríos y le indicaron la puerta de salida. Afuera había unos hombres esperándolo. Le dijeron Tu hermano Pedro quiere verte. ¿Mi hermano?, ¿tengo un hermano? Sí, sois gemelos, os parecéis como una gota de agua se parece a otra gota de agua. 

     Lo llevaron al paseo de la Castellana, en pleno centro de Madrid, a un edificio enorme con la fachada acristalada. Subieron hasta el piso superior y, atravesando pasillos enmoquetados, llegaron al gran despacho donde Pedro Ríos aguardaba la llegada de su hermano gemelo Antonio Ríos. 

     Sí, se parecían, pero no tanto como para confundirlos. Antonio tenía un tono de piel más oscuro. Aunque se intercambiaran la ropa, el traje de Pedro nunca se amoldaría al cuerpo de Antonio, o el cuerpo no sabría amoldarse al traje. 

     Quedaron solos en el despacho. 

     Pedro dijo Tengo infinidad de empresas y propiedades, no sé qué cosa podría comprar hoy. 

     Antonio dijo Vivo viajando, no necesito nada. 

     Se hizo el silencio. ¿Se lo habían contado todo ya?

     Se miraron a los ojos, que eran a la vez azules, blancos y grises, como las nubes. Entonces los ojos continuaron contándose sus respectivas vidas, hasta que Pedro y Antonio quedaron confundidos el uno en el otro. Cualquiera de los dos pudo ser el que dijo Lo tienes o lo tengo todo; no necesitas o no necesito nada. Nunca llegarán a confundirnos el uno con el otro, pero nosotros, a partir de ahora,¿cómo podremos diferenciarnos y saber qué parte de nosotros pertenece a cada uno? 

     Y eso qué importa, Antonio o Pedro, podemos vivir el doble.


               Resquicio.


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