El telépata.

 08 11  El telépata.


     El viaje a través del tiempo y de los libros escritos o por escribir, de Lazarus Long el Nuevo y sus amigos los lectores alienígenas, continúa y han llegado a un lugar inconmensurable.

     Están en la biblioteca imaginada por Jorge Luis Borges. Una sucesión de salas repletas de libros puestos en estanterías que cubren todas las paredes. Escaleras circulares hacia arriba y hacia abajo llevan a otras salas similares. En esos libros está todo libro posible. Es decir, todas las letras que existen ordenadas en todas las disposiciones posibles conformando todos los libros que pueden llegar a existir. Libros, pues, en los que el azar ha querido que no aparezca ninguna palabra comprensible en ningún idioma conocido; o sí, una palabra en la lengua materna del lector; o bien, por el contrario, sólo palabras bien dispuestas y comprensibles, sin florituras ni pedantería, conformando libros que llegan al alma. 

     Por lo tanto, en esa biblioteca se encuentran también todas las obras clásicas de la literatura universal de la humanidad. Pero hay que dar con ellas y Lazarus Long el Nuevo no tiene paciencia y refunfuña Aquí puedes pasarte una vida entera leyendo para conseguir encontrar una palabra de un posible libro que podría llegar a gustarte. 

     En esto que entra en la sala un nuevo ser extraterrestre, un tipo un poco enclenque con un cabezón enorme que parece mentira que pueda sostenérsele sobre los hombros. Y está a punto de ocurrir una tragedia cuando el oso hormiguero salta de la estantería en la que está encaramado  a los hombros del recién llegado, que se tambalea pero consigue no caer al suelo, por otro lado bien enmoquetado para preservar al lector del sonido de los pasos de otros usuarios de la gran biblioteca borgiana. 

     El oso hormiguero se mete entre las ropas del cabezón y sale por una pernera del pantalón. El alienígena sonríe quitándole importancia a las travesuras de un animal no ponzoñoso como es un oso hormiguero terrestre. 

     Hola, soy un telépata de la civilización de los telépatas de la galaxia de los telépatas. Somos unos seres con poderes inimaginables para el resto de habitantes del Universo. 

     Sabemos quien eres...

     ¿Cómo vais a saberlo si aún no os lo he dicho?

     Pues...

     En fin, da lo mismo, yo sí sé quienes sois cada uno de vosotros porque acabo de leeros la mente. Se da la circunstancia extraordinaria de que me llamo Ann Alf Abeto, como los aquí presentes Ann Alf Abeto Segundo y Ann Alf Abeto Tercero...

     Lo sabemos...

     ¿Lo sabéis?, ¿sois también telépatas?

     Yo he leído la documentación que llevas en la cartera que está en el bolsillo interior de tu chaqueta. 

     Ah, pero tú no eres un oso hormiguero terrestre, eres un ser del espacio que lee aspirando las letras con su trompa y luego regurgita los textos inalterados o corregidos.

     ¿Y no te diste cuenta antes, telépata?

     Para leer las mentes hemos de concentrarnos en las facciones del sujeto a desentrañar, y no había reparado en que fueras un ser pensante, te consideraba un simple animal no evolucionado incapaz de comunicarse con otras especies.

     Mira tus documentos...

     El telépata saca su documentación y lee en ella Ann Alf Abeto Quinto. Dice Oh, has alterado mi nombre cuando te colaste entre mis ropas. Es un truco interesante, pero no se puede comparar con lo que podemos llegar a hacer nosotros los telépatas. Podemos...

     Lo sabemos...

     ¿Qué?

     Sabemos que podéis llegar a leer un libro que el autor todavía no ha escrito, que recién acaba de imaginar, con sólo mirarlo a la cara. Es algo interesante 

     Pero ¿cómo podéis saber eso si resulta que soy el primer telépata que ha viajado hasta este rincón del Universo?

     Muy sencillo, Abeto Quinto, eres transparente, todo lo que piensas se te refleja en el rostro. Es algo en lo que quizá no reparaste al vivir desde siempre entre seres iguales que tú. 

     Oh, qué vergüenza, yo que pretendía anonadaros con mis habilidades para penetrar en vuestros pensamientos y resulta que son mis propios pensamientos los que están expuestos a vuestra mirada. 

     No importa, nos pareces buena gente.

     Abeto Quinto se da la vuelta un momento, saca de su mochila una máscara y se la pone sobre el rostro. Pero al parecer esa máscara introspectiva y aislante que utiliza su civilización para conseguir momentos de intimidad... tiene como contrapartida que dificulta sobremanera las dotes telepáticas, así que debe quitársela para continuar la conversación. Acaba ruborizándose y vuelve a ponerse la máscara para disimular el sentimiento de vergüenza, bochorno y zozobra que le domina. Pero el grupo no se lo tiene en cuenta y deciden continuar el viaje en busca de bibliotecas un poco más acotadas que la de Borges. Todos ellos, Lazarus Long el Nuevo, un lector táctil, un lector olfativo, un oso hormiguero y un ser enmascarado. ¿A dónde se dirigen...?


               Abeto Quinto. 




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