Marcela.

17 11  Marcela.

     Cuando el hijo del Presidente de la República volvió a su patria ya no era su hijo, era su hija. Pero antes ocurrieron algunas cosas reseñables.

     Al llegar al exilio, el País de la Libertad estaba convulsionado porque unos neonazis habían apaleado a un travesti en un parque de la capital.
     Así el primer paseo de Marcela por la ciudad fue en comunión con aquellos que repudiaban la agresión. Aquel acto triste y reivindicativo le puso la piel de gallina. Se sintió rodeada de gente con la que se identificaba y que, al menos en ese momento y en ese lugar, no escondía su ser íntimo, sino que lo explicitaba con vehemencia. Marcela sintió que aquello era el comienzo de una vida nueva en la que el miedo, a pesar de todo, no tendría cabida.

     Los ahorros de Marcela se fueron acabando y no encontró más medio de subsistencia que la prostitución. En este relato no consta si Marcela se efectuó el cambio de sexo completo. Eso pregúntenselo a sus clientes de aquel tiempo, que la contrataban para disfrutar un rato del hombre que quedaba en la mujer que era, que la contrataban para disfrutar de la mujer que en esencia siempre estuvo en un cuerpo de hombre, que la contrataban para perderse en la ambigüedad propia o ajena.
     Por lo general el cliente de la prostitución lo que en el fondo busca, al recurrir a ella, es sentir la dominación absoluta sobre otra persona, el desahogo sexual puede ser algo secundario.

      Marcela conoció a María dos Plazeres, una anciana prostituta retirada, de origen brasileño, que siendo niña fue vendida al capitán de un barco mercante, que la usó a su antojo en la travesía del Atlántico y la abandonó en las calles de Barcelona. María se encariñó con Marcela y le ayudó para que pudiera abandonar su oficio. Tú no sirves para este trabajo, estudia. Así Marcela se hizo historiadora y llegó a impartir clases en la universidad.
     María dos Plazeres había enseñado a su perrito a llorar, y lo había adiestrado para que fuera todos los domingos hasta el cementerio donde iban a reposar sus restos, para que llorara por ella frente a su tumba. Todo esto lo cuenta, como sólo él sabe, Gabriel García Márquez en uno de los relatos de su libro Doce cuentos peregrinos.

     Ser historiadora ayudó a que Marcela llegara a conocer bastante sobre sus orígenes. Supo que su abuela paterna vivió en el Caribe y fue también prostituta. Llegó tarde para conocerla. Averiguó dónde estaba enterrada Fulgencia y fue a visitar su tumba. Estando allí, apareció un perrito juguetón que empezó a danzar alrededor de ella y de su abuela difunta, moviendo la cola y dando saltitos de alegría. No era domingo.
     Uno de sus bisabuelos, Hilario, aún vivía. Era director de teatro y novelista. Carecía de la paciencia necesaria para soportar las impertinencias de los periodistas y acostumbraba a mandarlos a la mierda como colofón a las ruedas de prensa.
     También vivía aún la bisabuela Polichinela, que acabó abandonando a su compañero Hilario para retornar con un amor de juventud, Polichinelo, con el que recorrían las ferias de los pueblos con su teatrillo de marionetas, con funciones para niños y para no tan niños.
     Marcela también llegó a saber de su tatarabuelo Arcadio, que fue antropólogo forense e investigó durante años las fosas comunes de la guerra civil española. El final de Arcadio era sorprendente, desapareció mientras estaba excavando otra fosa común, en un país lejano, en el país de origen de Marcela.
     Así fue que Marcela decidió volver a Centroamérica en busca de su tatarabuelo Arcadio.
     Así fue que el Presidente de la República supo que su hijo había regresado del exilio.

              Resquicio.


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17 12  El contáiner.
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