El contáiner.

 17 12  El contáiner.


     El equipo de arqueólogos y forenses dirigido por Marcela delimitó el área de la excavación. Antes ella estuvo indagando entre los campesinos de la región sobre la posible ubicación de la fosa común en la que esperaba encontrar a su tatarabuelo Arcadio. Se dio la paradoja de que Arcadio estaba excavando una fosa común en el país centroamericano cuando fueron desaparecidos él y su equipo. Se supone que los paramilitares irrumpieron en el lugar de trabajo, los acribillaron y los enterraron allí mismo. Son cosas de las dictaduras y de las guerras civiles, larvadas o explícitas, que a veces ni con el advenimiento formal de la democracia parece que puedan ser esclarecidas. 


     En lugar de los cuerpos de los ejecutados encontraron unos huesos antiquísimos pertenecientes a una mujer que llevaba al cuello un objeto metálico con unas inscripciones. Era un hallazgo digno de estudio, pero esos restos fueron apartados sin más y se continuó la búsqueda. 

     Entonces aparecieron otros dos cuerpos, aún más antiguos, componiendo una escena prehistórica que poco a poco fue desvelándose. Un hombre, un garrote de grueso calbre, otro hombre con el cráneo aplastado y, entre ambos, una estatuilla de marfil tallada en cuerno de rinoceronte, una diosa de la fertilidad sin duda. Parece que Marcela y su equipo en lugar de encontrar la fosa común que buscaban desenterraron la escena de un crimen ancestral. 


     Corrió el rumor del hallazgo de dos cuerpos de homínidos o de primitivos homo sapiens. Un tesoro antropológico que podía dar prestigio al país. Aparecieron por allí algunas autoridades locales, algunos fotógrafos, un cura. El cura trajo a un obispo. El obispo decidió tomar cartas en el asunto y empezó por bautizar a los trogloditas como Basilio y Gregorio, atendiendo al santoral del día. Afirmó que la estatuilla era una representación de la Virgen y bendijo el lugar. Los arqueólogos le dejaron hacer y sólo le pidieron que se apartara un poco para que pudieran seguir trabajando. 

     Un periódico ultraconservador se anticipó a los estudios forenses afirmando que el hallazgo de Basilio, el agresor, y Gregorio, la víctima, era la demostración palmaria de que el ejercicio de la violencia está en la naturaleza intrínseca del ser humano. Esto parece que gustó en las altas esferas militares del país, por lo que Basilio, el garrote, Gregorio y la Virgen prehistórica fueron trasladados a un museo de la capital. Algunos investigadores solicitaron estudiar los cuerpos, pero el gobierno decidió que éstos debían permanecer en una urna a la vista de todos, en el museo, ya que se trataba de una reliquia de la nación y de la raza. 

     Entre tanto Marcela y su gente continuaron buscando las víctimas de crímenes más cercanos en el tiempo.


     Al atardecer llegó un grupo paramilitar con sus modernas ametralladoras, tras ellos se veía la silueta de un anciano que impartía órdenes. Marcela supo que era el expresidente de la república, Mauro, su padre. Sonaron los tiros, cayeron los cuerpos en la fosa común nuevamente superpuesta, pero ninguna bala rozó a Marcela. A ella se la llevaron en volandas y la echaron al suelo ante el expresidente. 

     Hola, hijo, nuevamente te atreves a desafiarme. Estoy viejo, pero conservo mis influencias. Te espera un destino peor que la muerte, te venderé a un burdel árabe. De ahí nunca saldrás... y podrás ser lo que dices que eres, una mujer. Tendrás el mismo destino que tu madre. Adiós.

     A Marcela la llevaron al puerto y la encerraron en un contáiner proveyéndola de agua y provisiones para el viaje. Es inútil que grites, aquí todo el mundo sabe de este tráfico de mercancía, le dijeron. Marcela aguardó en una oscuridad casi absoluta, sólo se colaban unos haces de luz por las rendijas del contenedor. Al fin oyó ruidos en el exterior. Al parecer el viaje comenzaba... pero en lugar de eso, se abrió la puerta, el anciano se arrojó a sus pies y dijo Perdóname, hijo. 


     Marcela regresó a la casa paterna y a pesar de todas las circunstancias vividas cuidó de aquel ser que tanto mal había hecho a tanta gente, pero que ya no podía valerse por sí mismo. Perdido en la demencia senil, con breves momentos de lucidez, un día le dijo Gracias, hija. 


                Resquicio.


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17 13  Historia universal.
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