La tumba...
17 07 La tumba...
A Arcadio le interesó la arqueología desde niño. Era algo que su tío Higinio supo al verle sumergido en sus juegos. Pero acabó siendo antropólogo forense, lo cual le convertía a veces en colaborador de la policía, y eso a quien complacía es a su padre León.
León trabajaba de verdugo en una prisión de la dictadura. Arcadio sabía que su padre, si el reo a ejecutar no tenía familiares o público que asistiera al acto de ahorcamiento por garrote, le decía al cura de la prisión Ya me ocupo yo de todo.
El cura se arremangaba la falda y salía presto hacia el extrarradio, donde conocía a una feligresa muy devota, de misa diaria en el viejo camastro de su chabola. Entonces León empezaba a oler con ansia al reo, le quitaba del cuello el garrote y lo degollaba él mismo con sus colmillos de león, lo descuartizada y lo devoraba entero. Luego se demoraba lamiendo el cadalso y el instrumental hasta no dejar ni gota de sangre. En el ataúd metía unas piedras para que nadie sospechara.
Cuando llegaba a casa, León aplastaba con suavidad a su hijo con su pesada pata de león y le lamía el cuerpo entero con su lengua rasposa. Arcadio poco a poco dejaba de tener miedo, se confiaba, se despatarraba, ronrroneaba, se dormía... Luego se despertaba en el sofá. El libro sobre la vida de los animales de la sabana africana estaba en el suelo. A su lado, leyendo en una butaca, estaba su tío Higinio.
En el colegio a Arcadio a veces lo llamaban Negro, con saña, porque su abuelo Nicanor fue mulato. Nicanor fue una estrella genuina de la poesía durante los alegres años veinte, los del siglo veinte, y recorrió todos los rincones de Europa donde hubiera núcleos de amantes de la bohemia y el arte. Luego fue fusilado por los fascistas durante una guerra civil y, por si eso fuera poco, quemaron todos los ejemplares que encontraron de sus libros, en una plaza céntrica de la ciudad.
En cuanto al autor de esa literatura extirpada de raíz, acabó en cualquier cuneta de las afueras de la ciudad, la que le correspondiera en suerte. Nadie hablaba de eso. Arcadio sólo se atrevía a preguntar a su tío Higinio y éste le contaba algunas cosas vividas por su abuelo antes de la guerra. Decía que de los tiempos de la guerra no sabía nada, pero Arcadio sabía que Higinio sí sabía... No había llegado el tiempo de hablar.
El tío Higinio murió y un Arcadio adolescente rebuscó entre sus cosas, pero no encontró nada sobre su abuelo Nicanor, el poeta mulato que llegó de su África natal para ser el trovador de una modernidad que el devenir de la Historia truncó sin piedad.
Años después murió también el padre de Arcadio. Tras reventar una caja fuerte en el despacho de León, Arcadio encontró los manuscritos, y otros documentos, de su abuelo Nicanor. Encontró incluso un viejo informe en el que se especulaba sobre la posible ubicación de la fosa común en la que debía seguir el cuerpo de su abuelo. Arcadio decidió ejercer su oficio y desenterrarlo, pero en secreto, sin solicitar autorización, de noche.
Tras hallar los primeros indicios de un cuerpo, Arcadio dejó la pala a un lado y empezó a apartar con un pincel la tierra de los huesos que iban saliendo. Conocía su oficio.
Como conocía su oficio, supo que aquello no podía ser su abuelo Nicanor. Era una mujer, muy antigua, quizá un eslabón perdido de valor incalculable para la antropología humana. El esqueleto llevaba un collar con un objeto metálico que se abría. Dentro había una inscripción que decía Arcadio, yo soy tu tátara tátara tátara tátara tatarabuela Genoveva. Arcadio se cayó de culo y quedó traspuesto un rato.
Al incorporarse, realmente no sabía qué hacer, decidió cubrir de nuevo el cuerpo y dejar el lugar como lo encontró. Entonces sintió una presencia a su espalda. Se volvió y supo que su hijo Hilario, no nacido aún, le contemplaba. Higinio bajó a la tumba y se recostó junto a Genoveva. La sensación se repitió y Arcadio se supo observado por su nieta Fulgencia, que también se recostó en la tierra. Le siguió el bisnieto Mauro. ¿Cuándo acabaría aquello...?
Arcadio se volvió y vio a su tataranieta Marcela. Pero Marcela no se recostó en la tumba. Marcela escarbaba en la tierra con un pincel en busca de su tataranieto Arcadio, víctima perdida de otra guerra civil y de otra dictadura.
Marcela encontró un cuerpo y pronto supo que no podía ser su tatarabuelo Arcadio, era un eslabón perdido, una mujer en cuya osamenta había una inscripción en un objeto metálico que decía Marcela, soy tu tátara tátara tátara tátara tátara tatarabuela Genoveva.
Resquicio.
- - -
Siguiente 08 Polichinelas.
https://lamareaporresquicio.blogspot.com/2022/09/polichinelas.html
Texto completo de 17 Santos y profanos…
https://lamareaporresquicio.blogspot.com/p/santos-y-profanos.html
Índice de 17 Santos y profanos...
https://lamareaporresquicio.blogspot.com/2022/10/indice-de-santos-y-profanos.html?m=1
Comentarios
Publicar un comentario