Polichinelas.

17 08  Polichinelas.

     Hilario siempre fue el más payaso de la pandilla del barrio, podía imitar y parodiar a cualquier tipo que viera un par de veces, provocando risas a veces inmisericordes.
     En pleno verano, eran las fiestas patronales y los chavales iban todos los días a la feria. Entre bares, tómbolas y atracciones que le zarandean bien a uno, una pareja montaba su pequeño teatro de títeres. Eran Polichinelo y Polichinela, un matrimonio bien avenido que hacía sus representaciones para niños y para adultos, a veces. El marido, que había sido ventrílocuo, hacía todas las voces y con una mano accionaba los elementos del decorado, mientras que con la otra movía uno de los personajes de la obra. La mujer le seguía la narración moviendo al resto de personajes. Al terminar, salían del armatoste en el que permanecían ocultos y saludaban al público con una reverencia que generaba aplausos y la recogida de algunas monedas.
     Hilario asistía a todas las representaciones del teatrillo. Los tirititeros se acostumbraron a verlo a todas horas y no se extrañaron cuando la feria acabó y quiso acompañarles a su nuevo destino. Un ayudante suponía dos manos más y un abanico de posibilidades para enriquecer de personajes las obras que Polichinelo inventaba y les hacía ensayar.
     Todo parecía ir mucho mejor para el grupo, pero en el angosto interior del teatrillo ocurrían cosas. El roce inevitable entre Polichinela e Hilario devino en una relación sexual desenfrenada, a espaldas del marido, y acabaron fugándose para vivirla a sus anchas. Primero viajaron al sur y luego se embarcaron rumbo a Sudamérica. En Buenos Aires reconstruyeron su teatro de marionetas. Hilario era bueno inventando historias y declamándolas entre bastidores.
     De esa relación nació una niña a la que llamaron Fulgencia. Tras el parto, Polichinela engordó una barbaridad y el teatrillo se hizo pequeño para ella. Apenas cabían y las representaciones degeneraron, con lo que vivieron una crisis económica y sexual, ya que el roce tras el escenario era la única llama que los encendía eróticamente.
     Para la cuestión económica encontraron una solución donde nunca la hubieran imaginado. Polichinela, que nunca hablaba en el escenario, tenía una voz muy musical y se hizo cantante de ópera. La relación amorosa no pudo recomponerse. Polichinela, que pasó a llamarse la Diva, ingresó en una compañía que representaba ópera por distintos países de América y acabó dejando a Hilario por un tenor del elenco.
     Hilario, sin la Diva y sin su hija Fulgencia, se hizo director de teatro y fundó una compañía itinerante, que viajaba de escenario en escenario.

     Pasaron los años y ocurrió que la compañía de ópera y la de teatro coincidieron en Santiago de Chile. Allí los antiguos amantes se reencontraron  y la llama del deseo se reencendió. Fulgencia era una adolescente. La Diva dejó la ópera y pasó a llamarse Doña Inés, por el primer papel que interpretó cuando se enroló en la compañía de teatro de Hilario.
     Entonces fue cuando les entró la morriña y decidieron volver a España. Como no tenían dinero suficiente para el pasaje de todos los componentes de la compañía, decidieron volver a casa a nado. Así, de trecho en trecho, iban remontando el océano Pacífico nadando, y aprovechaban el tiempo para ir ensayando la nueva obra a representar.
     Un tipo, abandonado por su rica amante en una isla desierta por haber simulado el suicidio con el que pretendía recuperarla, los vio pasar, y estuvieron con él toda una noche. Para más información sobre este tipo, lean la novela El amor se escribe sin hache, de Jardiel Poncela.

              Resquicio.


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