Introspecciones (y dos)

 08 05 Introspecciones (y dos). 


     Amor, he leído un libro sobre tu país.
     Tu país es un río sembrado de aldeas.
     Dicen que, allí donde ves alzarse un baobab, hubo una aldea.
     En cada aldea hay un viejo baobab bajo el que los ancianos deliberan y toman decisiones, y la gente acude a escucharles.
     En la entrada de cada aldea puedes ver el árbol de los viajeros. En sus ramas, los que parten dejan sus ofrendas. Y los que recorren los caminos encuentran allí el sendero que lleva hasta el poblado y también el que les permite seguir su rumbo sin demora. Cuando pasan son rodeados por la chiquillería del lugar, ávidos de novedades. Muchas veces el viajero, circunspecto, no da explicaciones de la historia que sus pies están escribiendo.
     La historia la guardan los hombres-memoria. Ellos vienen a ser libros, enciclopedias vivientes. Llegan de año en año a la aldea y recitan los hechos importantes vividos por los ancestros de cada familia, remontándose varios siglos. No se equivocan. Su trabajo consiste en recordar todo lo que merece ser rememorado. También los hombres sabios y santos visitan la aldea.
     A cada familia le es asignada una parcela de campo para que cultive su alimento, de acuerdo a sus necesidades. En un recodo del río, las mujeres se encargan de sembrar el arroz, uno de los pilares de la alimentación de este pueblo, junto al cuscús. La época de sequía es dura, algunos años muere gente de hambre, pero la naturaleza acaba estallando en la opulencia renovada, tras la espera de ver como maduran lentamente los mangos en las ramas.
     Cuando va a nacer una criatura, el padre debe reflexionar durante una semana sobre el nombre que habrá de llevar ésta. Y no debe pronunciarlo en voz alta. Ha de ser el bebé la primera persona en escucharlo, susurrado al oído, ante las estrellas espectantes.
     Allí nació y vivió Kunta Kinte, hasta que fue cazado por los demonios blancos que comen gente.
     En la aldea no volvieron a saber de él. Siete generaciones después apareció allí un descendiente norteamericano del mencionado Kunta Kinte, Alex Haley, que andaba buscando completar el árbol genealógico de sus antepasados africanos. Y los hombres-memoria le supieron decir.

               Abeto Segundo.


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