Ida y vuelta.
08 19 Ida y vuelta.
Hay libros y laberintos que te rechazan una y otra vez cuando sobrepasas su umbral. Te devuelven somnoliento a la primera página y cierran la tapa con un golpe de viento que a la vez los retrotrae a la estantería abombada de lo ignoto o intransitable.
Pasan los años y vuelves a ellos por si al fin se abrió una rendija por la que penetrar en la idea de otro hecha mancha de tinta con veintisiete formas distintas de manifestarse.
Si porfiamos ¿qué encontramos? Quizá una gran revelación que cambiará nuestra percepción de la vida, quizá puro entretenimiento, quizá lugares comunes y senderos trillados, o puede que una sencilla palabra puesta en el lugar exacto donde debía estar y que nos dejará boquiabiertos y extasiados un rato.
Luego olvidamos tantos momentos, tantos buenos propósitos que podrían recomponer la civilización y salvar el planeta.
No podemos movernos todos al unísono para hacer grandes cosas. Cada uno lee su propio libro y, puestos a leer el mismo, cada uno lo puede interpretar de modos muy distintos.
Ni de viva voz ni en sesuda caligrafía alcanzamos, al decir algo, que sea percibido al cien por cien por el receptor. Y quizá el más lúcido emisor tampoco sabe todo de su propio discurso. Puede que años después, o a la vuelta de la esquina, comprenda el significado oculto de sus propias palabras.
Viejos textos propios nos sorprenden y pensamos Yo fui ese que me habla de cosas que había olvidado. Y por eso a veces también rasgamos papeles viejos y cartas apolilladas. Casi ni necesitaban ser rasgadas para no existir, pero aún así intentamos no que no existan ya, sino que nunca hubieran sido.
Hay voces que hieren o agravian al interlocutor. Hay cartas de amor y de desamor que te hacen flotar o te aplatanan cuando las lees en la penumbra de tu habitación. Hay telegramas que son como rayos que o bien te carbonizan o bien rompen las férreas cadenas que te subyugaban.
Pero los telegramas, las cartas y las voces vuelan, revolotean y regresan a quien las pronunció, escribió o remitió.
Los anónimos regresan, firmados y fechados, a manos de quien quiso ocultar su identidad.
Hasta las denuncias interpuestas regresan a casa del querellante y se le quedan mirando intentando desentrañar la verdad de cada uno de sus alegatos a favor de crucificar al prójimo.
Resquicio, veintiuno de diciembre de dos mil veintitrés.
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