El guitarrista y la montaña.
06 09 El Guitarrista y la montaña.
Llevaba tiempo buscando diván, y al fin lo he encontrado. No hay ninguna doctora cruzando cinematográficamente las piernas tras la mesa del despacho. Tampoco hay diván. El doctor Zeta permanece tras una mesa y el usuario o paciente o cliente ha de permanecer tras otra. No puede haber intercambio directo, si un billete de cincuenta euros pasa de una mano a otra, por ejemplo, antes debe ser desinfectado ya que estamos en plena pandemia.
Le explico al doctor Zeta mi caso y tiene dudas al respecto de si él es el sicólogo indicado para tratarme. También dice que no puede hacer un informe sin varias sesiones, sin llegar a conocerme. Ya que al fin encontré, simbólicamente, un diván, le digo que no quiero buscar otra opción y que tiene todo el tiempo que quiera. Leerá mis textos, éstos en el que él acaba de aparecer con un nombre provisional; hablará con los servicios sociales, que me conocen desde hace años; estudiará la información archivada en la Seguridad Social.
No es fácil cuando tienes que abrirte y contar lo que te pasa, expresar tus vulnerabilidades, desnudar tu ser ante alguien que, además, va a tener sobre ti cierta autoridad, cierto poder. Y se da la circunstancia de que acudes a él para pedir algo así como una no ayuda, que certifique que no hay motivos que te incapacitan para conducir. Aunque tampoco puedes representar el idílico e irreal papel de A mí no me pasa absolutamente nada. No es descartable que las sesiones con el doctor Zeta puedan servir para minimizar mis altibajos.
El doctor Zeta comparte consulta con su mujer, que lleva un aula con estudiantes, no sé si es una escuela normal, una academia de apoyo o está destinada a jóvenes con problemas.
El doctor Zeta es sobrino de un célebre pintor, eso me seduce bastante, quizá encuentre en él receptividad hacia la tesis que enarbolo: mis altibajos no son una patología incapacitante, sino cierta consecuencia de la creatividad artística.
Encuentro en Facebook el perfil del doctor Zeta, donde aparece con una guitarra en las manos, y decido llamarle El Guitarrista; qué horrible fue la idea inicial de llamarle doctor Zeta.
Pienso que en alguna de las sesiones voy a decirle al Guitarrista que para mí tiene crédito como profesional de la sicología, pero que ocupa un segundo lugar, ya que el auténtico terapeuta en el que confío es mi perro Gracias Negro. Luego Gracias Negro se murió, para pena de quienes le conocíamos y lo queríamos. Ya sin el apoyo cotidiano de Gracias Negro, decido que confiaré plenamente en el Guitarrista si su terapia está en consonancia con lo que me inspira la montaña a la que a veces me llevan mis reflexiones andantes.
Resquicio.
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