Escabechina yanomami en Manaos.

 

08 13  Escabechina yanomami en Manaos.

     Se ha producido un repentino y sanguinario asalto a la ciudad amazónica de Manaos por parte de desnudos y pintarrajeados salvajes indocumentados, posiblemente comunistas. Éstos viajaron de noche por el río y permanecieron ocultos durante el día, consiguiendo rodear la ciudad, a la que saquearon y quemaron sin que los desprevenidos habitantes pudieran oponer resistencia.

     Una mañana de mercadillo en Cuadriculez el ángel JuanMa me contó la película Los dioses deben estar locos, que seguramente habían emitido por televisión. Desde una avioneta alguien tira una botella vacía, mientras sobrevuelan el desierto namibio, la tierra de los bosquimanos. Desencadenándose una serie de acontecimientos...
     La botella primero es considerada un regalo de los dioses, se le encuentran múltiples utilidades para una tribu que vive en la edad de piedra. Al final los conflictos hacen que se decida viajar hasta el fin del mundo para devolver la botella, esa cosa maligna que perturba la ancestral vida social bosquimana.
     Al parecer, en la selva amazónica ha pasado algo parecido. Una avioneta ha sobrevolado territorio yanomami y alguien ha tirado por la ventana un ejemplar de la novela Manaos, de Alberto Vázquez-Figueroa. No se sabe por qué quisieron desprenderse de toda la literatura que llevaban, en pleno vuelo, por lo general se dice que el saber no ocupa lugar, pero vamos a suponer que debían aligerar peso para no estrellarse y empezaron por algo superfluo como una de las no pocas novelas exitosas del autor.

     Manaos cuenta la historia de la fiebre del caucho en la selva amazónica, que convirtió a Manaos en una megaurbe en la que, por ejemplo, recalaban las más renombradas compañías de ópera del mundo, al calor de la ingente riqueza que unos pocos consiguieron acumular durante algún tiempo, a base de esclavizar a los pueblos nativos e incluso a cualquier incauto que pasara por ahí. Hasta que se consiguió adaptar el árbol del caucho a otras regiones, el caucho sólo podía conseguirse haciendo sangrar los árboles silvestres, allí donde crecían de modo natural, para conseguir el caucho, convertido en oro porque el mundo empezaba a automovilizarse con ruedas que necesitaban ese caucho para poder rodar por el asfalto con la amortiguación requerida.
     Como los indígenas locales no sobrevivían mucho tiempo al cautiverio, se efectuaban expediciones al territorio de los yanomami para capturar nuevos trabajadores forzados, aunque lo más codiciado eran los blancos pobres que acudían al lugar en busca de hacer fortuna con la extracción de caucho. O bien eran raptados o se les engañaba con préstamos y contratos que conducían irremediablemente a la esclavitud y a una temprana muerte. Así rendían durante un tiempo y morían extenuados, encerrados en una gran cárcel que no necesitaba de barrotes. Nadie escapaba de ahí, los ríos estaban controlados por hombres armados, y la exuberante selva no ofrece el sustento necesario para alguien que no está acostumbrado a encontrar los recursos que los aborígenes sí llevan milenios sabiendo extraer.
     Excepcionalmente, dos hombres, una mujer y un yanomami consiguen escapar de esa cárcel, iniciando una huida que, desde Brasil, les lleva a acercarse a Perú y a Ecuador, para finalmente verse abocados a buscar el camino de la salvación en Bolivia. Las fronteras en la selva son difusas.
     Los occidentales sobreviven gracias al yanomami, que es recibido con alegría por sus familiares y por el grupo tribal al que regresa. Antes de partir, los blancos participan en una asamblea en la que el pueblo yanomami decide emprender una guerra total y sin cuartel contra todo aquel que entre en su territorio. Una guerra eterna, nos cuenta el autor de la novela.
     Al parecer los yanomami ya habían olvidado las afrentas y el genocidio sufrido, pero la novela Manaos les hizo recordar todo. Así decidieron arrasar Manaos a principios del año, al estilo zapatista.
     Al final, cuando el humo se disipó, los daños no eran tantos. Las calles estaban salpicadas de sangre, pero esa sangre pertenecía a una sola persona, un tal Jair Bolsonaro, al que degollaron sin piedad. No sabemos el porqué de ese ensañamiento. Al final apareció por allí una vieja curandera que le puso a Bolsonaro un emplasto en el cuello y al parecer sobrevivirá. Alguien ha propuesto que en el posoperatorio, subrepticiamente, se le efectúe al paciente un transplante de corazón y  se le ponga otro, aunque sea el corazón de un donante de centroderecha.

               Resquicio, doce de enero de dos mil veintitrés.


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