Gregorio y Andrés...
06 01 Gregorio y Andrés...
Gregorio y Andrés llegaron a ser alcohólicos. Empezaron probándolo, acompañaban la comida de un vaso de vino, ejercieron el beber recreativo y, de vez en cuando, cogían la gran cogorza, con su enigmático despertar. Fiestas señaladas... ¡Un día es un día! Hoy me desmeleno. El lingotazo de las nueve de la mañana… Quizá fue de este modo o en circunstancias similares.
Gregorio y Andrés llevaron existencias parecidas. Pero un día a Gregorio se le olvidó ser alcohólico, sin saber muy bien cómo. Quizá empezó a importarle una persona en especial, o simplemente su espíritu se abrió a nuevas enciclopedias. Andrés decía Yo es que no puedo, no puedo; nunca conseguiré dejar de beber.
Lo que pasaba es que no había manera de que se despistara y olvidara, ni por un momento, la petaca del bolsillo, la tertulia en la bodega, los escarceos en la discoteca...
Gregorio murió y Andrés siguió bebiendo durante años. A Gregorio no le hicieron la autopsia, así que nadie echó un vistazo a su hígado, nadie pudo decir con negro humor ¡Ves como dejar de beber mata!
Una noche alegre, o triste, ya a ciertas horas no puede uno estar muy seguro, a Andrés se le apareció Gregorio y el whisky dijo Carajo, Gregorio, cuánto tiempo, ¿cómo te va? ¡Uf, qué cara llevas, te veo preocupado!
No, no estoy preocupado, Andrés, simplemente un poco impresionado porque he visto tu futuro. Tendrán que amargarte a una cama de hospital, y, dentro de lo que cabe, tendrás suerte porque te tratarán con paciencia y con un cierto cariño, aunque sea el cariño que se siente por una mascota, ese querido compañero de andanzas que debe permanecer amarrado y al que hay que llevar sujeto con la correa para que camine por el arcén y no invada alocadamente la calzada.
Te medicarán y durante un tiempo no sabrás ni quién eres ni dónde estás.
Un día te examinarán. No, no te examinarán como si fueras un bicho raro: te abrirán la puerta de un despacho y tendrás que hablar. No, no se tratará de un test con preguntas y respuestas acertadas o equivocadas; sólo te pedirán que hables de ti, de lo que quieres hacer.
Y no va a ser sencillo, sólo habrá una oportunidad por semana, hasta que tus palabras lleguen a ser convincentes. Llegarás a no saber bien si estás encerrado o puedes cruzar libremente la puerta de salida. Y de hacerlo, ¿las piernas te sostendrán para dar los primeros pasos o te derrumbarás al primer intento?
Hasta que un día te dirán que sí, que puedes salir, que sólo tienes que adquirir una serie de hábitos saludables, continuar con la medicación prescrita y no beber.
Pero volverás a beber y volverás al hospital.
Volverás, no sabría decirte cuántas veces, pero un día desearás no regresar nunca más a ese sitio tan horrible. No me refiero a la cama con las correas de los primeros días; no me refiero a la camisa de fuerza, a los temblores y a los gritos desesperados. Me refiero al despacho donde tienes que hablarle a unos ojos que permanecen atentos, en silencio. Desearás no volver a tener que demostrar que eres capaz de caminar por la calle, pasar desapercibido o relacionarte con la gente normalmente; desearás poder administrar tus días sin que nadie te pida cuentas.
Lo desearás tanto que será fácil y ni te acordarás de los No puedo…
Resquicio.
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(Inacabado)
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