Patrias fugaces.

 14 16  Patrias fugaces.

     Alguien canta en la radio Quiero demasiado a mi país para ser nacionalista.
     Claro, lo entiendo, si soy nacionalista soy reduccionista de la realidad; soy injusto con el resto de países del planeta, y por tanto degradó a mi patria o nación, ante el mundo, ante mis conciudadanos y ante mi mismo.
     El que decide seguir siendo patriota, nacionalista, etnocéntrico, que sepa que cada vez que abre la boca para lanzar sus consignas, degrada el presunto objeto de su amor. Algunos patriotas ni siquiera saben qué es eso, el amor, han entrado por la puerta de atrás en el mundo de las ideologías sólo para destilar odio por lo ajeno, por lo foráneo. Y los internacionalistas o ciudadanos del mundo sin etiquetar, hemos de rebajarnos a debatir con palabras y razones con ellos, mientras a esos nacionalistas patriotas les basta con agitar la bandera y apelar a los bajos instintos de los arrabales.
     Ninguna cultura es incompatible con otra. Las distintas lenguas se retroalimentan y enriquecen. Los acentos de las bocas racialmente distintas sirven para besarse con lengua; la interracialidad es un árbol frondoso de flores multicolores. Frente a eso, está el lenguaje de quienes no quieren entender ni bajar del pedestal absurdo al que se han subido para no tener que remover la tierra con las manos y sembrar las semillas de pan, o bien para no tener que buscar a tientas las baratijas de la subsistencia de una vida no sofisticada pero real. Esa vida real transcurre a ras de tierra y acaba en las profundidades gélidas, donde no arde ninguna caldera. La caldera está en los púlpitos, en los salones de los palacios. Desde ahí surge el lenguaje de quienes dictan la lección a pesar de ser sordos. Pero ese no es el lenguaje real de la gente de a pie, que sirve básicamente para conocerse, hacer el amor y charlar.

     Alguien canta en la radio Las estrellas  dicen que nosotros somos los fugaces.
     Oh, Radio 3, cómo me gustas, cómo me pones, cómo me activas, cómo me rescatas de la palabrería vacía de los parlamentos y los estadios.

               Resquicio, cinco de febrero de dos mil veintitrés.

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