La segunda detención de Resquicio.

06 02  La segunda detención de Resquicio.

      En el Atelier Estancias en Incomprensión han crecido un par de plantas de marihuana en una jardinera. Doña SerRoja pasa, de camino al gallinero, y pregunta a Resquicio ¿Qué plantas son esas?, albahaca no, desde luego. 
     Resquicio se lo dice. 
     SerRoja comenta la suerte que han tenido, ella y su marido, ya que ninguno de sus hijos ha vivido ningún escarceo con la droga. Los progenitores orgullosos saben todo de sus hijos. A veces los cordones umbilicales se rompen tarde, abruptamente. 
     Pero estamos hablando de Resquicio y sus intoxicaciones. A veces compra costo, pero no ha practicado mucho el autocultivo. No tiene paciencia para dejar que las plantas maduren y se sequen correctamente. Las poda y deshidrata en una sartén al fuego. No hagáis nunca esto, niños. Prestad atención a los que van arrastrándose por la calle tras una vida de adicciones y decidme si merece la pena, por un momento de euforia, acabar así. 

     Aquel día, Resquicio Intoxicado está indeciso entre si ir o no al mercadillo de los domingos. Se pasa la hora límite en que se permite montar los puestos, por lo que hoy no va a poder trabajar. Pero al final decide sí ir al mercadillo. ¿Qué pretenderá hacer, a estas horas, el muy insensato?
     A media mañana, la policía está requisando la mercancía de un puesto porque su titular habrá incumplido algún requisito para poder ejercer la venta ambulante. Resquicio llega con su furgoneta y la arrima al furgón policial, simulando un choque, un encontronazo.
     Ahora los policías tienen que gestionar dos asuntos a la vez, y Resquicio acaba en volandas, esposado; sus abarcas saltan por los aires y son recogidas del asfalto por la autoridad competente. 

     En la parte de atrás del coche de la Policía Municipal, Resquicio está muy locuaz. Cuando dice algo de Cabroncete y medio, su acompañante de asiento le invita a no propasarse y cerrar la boca. Resquicio, convencido, le asegura que toda esta situación no es más que una performance. 
     El desarrollo de la performance les lleva al cuartelillo de la Guardia Civil en una localidad costera del municipio. Ahora Resquicio está rodeado de guardias civiles. Del piso de arriba baja un aparente mandamás, que está fumando un cigarrillo. Al verlo llegar, Resquicio empieza a decir ¡No, el fumador no!, como si estuviéramos en una sesión de tortura y el fumador fuera el poli duro, el último recurso de los maderos para que Resquicio confiese hasta la primera papilla que tragó.
     Luego la performance continúa en una ambulancia. El enfermero que le acompaña en la parte trasera del vehículo conversa un poco con la verborrea de Resquicio. Hablan sobre si José Saramago es comunista o es una ideología que le atribuyen sus detractores. 
     La ambulancia lleva a Resquicio al ala de siquiatría del hospital general de la isla. Allí permanecerá ingresado un poco más de una semana, hasta que es dado de alta. 
      Estando en el hospital, entra en su habitación un hombre, que lo observa un rato y se va. Luego averiguaremos que ese hombre es el forense de guardia y va a dar testimonio en un juicio que tendrá lugar unos meses después. En el juicio se dictamina que Resquicio es inimputable, por estar el día de autos en un estado de intensa ebriedad. 

     Más de una década después, Resquicio habla con uno de los policías, que intervino en el juicio. Resquicio no recordaba el detalle en sí, pero al parecer el detonante de la detención fue un empujón que el intoxicado dio a ese policía. El juez le preguntó si pensaba que el empujón fue intencionado y el policía consideró que no fue así. 
 
     La experiencia, no ya de la detención y el juicio, sino del ingreso psiquiátrico, hizo que Resquicio se planteara el modo de conseguir que tal cosa no volviera a suceder… ¡nunca más vivir una situación semejante! Y el modo de conseguirlo fue mantenerse durante mucho tiempo lejos de las sustancias que posiblemente contribuyeron a desencadenar los hechos. 

     Es posible que hoy en día, en la asiento trasero del coche de la Policía Municipal y esposado, Resquicio no dijera Todo esto es una performance, seguramente diría Todo esto es literatura. Fin.

     Un momento, un momento, no tan rápido…
     ¿Qué pasa?
     Si ésta es la segunda detención de Resquicio, ¿cuál fue la primera?
     Eso es agua pasada…
     Cuenta, cuenta…
     Bueno, Resquicio era menor de edad o había dejado de serlo no mucho antes, era barbudo y melenudo a más no poder. Cuando subía por una calle empinada en dirección a su casa, un coche de la Policía Nacional que iba bajando paró en seco; los policías se acercaron y le pidieron la documentación.
     ¿Por qué?, pregunta Resquicio.
     Porque nosotros no te conocemos, argumentan ellos.
     Yo tampoco les conozco a ustedes.
     Y así, tras esta frase seguramente inapropiada, se desencadenaron los hechos.  Resquicio ya está viajando en el asiento trasero del coche patrulla de la Policía Nacional, hasta el cuartelillo que ésta tiene en la capital de la mediterránea isla donde tienen lugar los hechos. 
     Allí los policías dejan solo a Resquicio en un cuartito pequeño en el que, sobre una mesa, han dejado una metralleta. Resquicio, aunque no ha fumado nada, alucina un poco, Esta gente, ¿qué pretende?
     Como Resquicio no toca la metralleta, al fin aparecen los policías. El que lleva la voz cantante, una eminencia aleccionadora al parecer, pregunta a Resquicio ¿En dónde estamos?
     En Mahón...
     Que que ¿en dónde estamos…?
     En la comisaría, en Mahón…
     Estamos en España. Dilo.
     Estamos en España.
     Y eso fue todo.
     Esa sí fue una buena performance.

     No tenía intención de retrotraerme a cuatro décadas atrás, sólo pretendía hablar de la segunda detención de Resquicio, el ingreso siquiátrico y la concienciación y autoterapia que siguió. 
     El texto anterior, Gregorio y Andrés, pretende recrear literariamente esa experiencia. Y fue concebido también para dar aliento a una amiga cuyo hermano estaba causando problemas a la familia debido al consumo de alcohol.
     Estoy convencido de que no tan solo hay maneras e salir del pozo, sino que a veces es fácil hacerlo, si aprovechamos el momento justo en que pasa ese tren. Todos tenemos un determinado
 momento de clarividencia que nos da la fuerza necesaria para cambiar a mejor, y aún así a veces la despreciamos, no nos la creemos y, tontamente, volvemos a lo de siempre aún sabiendo que nos hace daño; volvemos a lo de siempre aún sabiendo que poco a poco perdemos el bienestar, la paz y la libertad de elección.

               Resquicio.


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