La muerte...

16 07  La muerte...


     "¿De dónde viene la muerte?", preguntan en la Red.


     De algún modo, somos nosotros quienes provenimos de la muerte.


     La muerte es la única manera en que fue posible que dejáramos de ser piedras... o seres unicelulares, si quieres.


     José Saramago en su novela Las intermitencias de la muerte fabula sobre qué ocurriría si, en este caso en un territorio limitado, en un país concreto, la muerte dejara de intervenir. Los problemas se generalizaron. Así que tal vez no sólo debería horrorizarnos la perspectiva de que vamos morir, también debería hacerlo la posibilidad de que la muerte no nos alcanzara nunca. 


     ¿Y cómo es la muerte? Quizá es una milésima de segundo entre el ser y el no ser, aunque transitar hacia ella es un proceso penoso que puede durar mucho tiempo y ante cuyos males... considero  que el hecho de que hoy en día existan una asistencia y unos cuidados paliativos, resulta de gran ayuda. La ciencia es capaz de alargar la vida hasta el punto en el que una muerte digna se hace necesaria y lo contrario viene a tener tintes de tortura.


     ¿Hay algo tras la muerte? Quizá no, puede que todo lo que creemos entrever del Más Allá simplemente nos lo imaginemos, al no soportamos la idea de simplemente apagarnos. A veces la mente funciona a velocidades de vértigo, como cuando sufrimos una caída. Así que me imagino, en el momento de la muerte, eso multiplicado  infinitamente. Pienso que el espiritismo puede ser simplemente la percepción del eco de ese vértigo que causa esa vorágine de sensaciones del que parte. Pienso también que toda la percepción de entes espirituales puede ser creada por la mente de los vivos. Y pienso también que una existencia espiritual más allá de la muerte podría existir, aunque no necesito una certeza de ello. Quizá en el último momento desee agarrarme a esa esperanza... pero de momento considero que quienes pormenorizadamente describen las leyes físicas o religiosas de la muerte en realidad saben con certeza lo mismo que yo.


     Pero pongamos que sí existe. Podemos imaginarnos cómo sería esa trascendencia, cada uno a su manera, sin hacer caso a quienes dicen tener acceso a la verdad y quieren vendernos un pasaje directo al Paraíso pagando el pasaje de seguir sus reglas sociales.

     ¿Se imaginan que la trascendencia pudiera crearse a voluntad? Que pudiéramos configurar nuestro propio paraíso o caer en el infierno que creemos merecernos. O quizá alcanzar un estado más reposado en el que no existan un enjuiciamiento y una nomenclatura meritocrática. 


     Ofrezco aquí una larga cita en la que se dibuja un mundo espiritual que me gusta bastante. Pertenece a Isabel Allende, de su libro El Bosque de los Pigmeos. Dice...


     "El primer síntoma de que algo extraño ocurría fue que los jóvenes pudieron ver con mayor claridad en la noche, como si el cementerio estuviera iluminado por las tremendas lámparas de un estadio. Por primera vez desde que estaban en África, Alexander y Nadia sintieron frío. Tiritando, se abrazaron para darse ánimo y calor. Un creciente murmullo de abejas invadió el aire y ante los ojos maravillados de los jóvenes, el lugar se llenó de seres traslúcidos. Estaban rodeados de espíritus, porque carecían de forma definida, parecían vagamente humanos, pero cambiaban como si fueran dibujos de humo; no estaban desnudos ni tampoco vestidos; no tenían color pero eran luminosos. 

     El intenso zumbido musical de insectos que vibraba en sus oídos tenía significado, era un lenguaje universal que ellos entendían, similar a la telepatía. Nada tenían que explicar a los fantasmas, nada que contarles, nada que pedirles con palabras. Esos seres etéreos sabían lo que había ocurrido y también lo que sucedería en el futuro, porque en su dimensión no había tiempo. Allí estaban las almas de los antepasados muertos y también las de los seres por nacer, almas que permanecían indefinidamente en estado espiritual, otras listas para adquirir forma física en este planeta o en otros, aquí y allá.

     Los dos amigos de enteraron de que los espíritus rara vez intervienen en los acontecimientos del mundo material, aunque a veces ayudan a los animales mediante la intuición, y a las personas mediante la imaginación, los sueños, la creatividad y la revelación mística o espiritual. La mayor parte de la gente vive desconectada de lo divino y no advierte los signos, las coincidencias, las premoniciones y los minúsculos milagros cotidianos con los cuales se manifiesta lo sobrenatural.

     Se dieron cuenta de que los espíritus no provocan enfermedades, desgracias o muerte, como habían oído; el sufrimiento es causado por la maldad y la ignorancia de los vivos. Tampoco destruyen a quienes violan sus dominios o les ofenden, porque no poseen dominios y no hay forma de ofenderles. Los sacrificios, regalos y oraciones no les llegan; su única utilidad es tranquilizar a las personas que hacen ofrendas. 

     El diálogo silencioso con los fantasmas duró un tiempo imposible de calcular. De manera gradual la luz aumentó y entonces el ámbito se abrió a una dimensión mayor, y en la masa compacta de vegetación, ahora cada uno tenía su propio  carácter, su nombre, sus memorias. Las plantas más viejas manifestaban su intención de morir pronto para alimentar la tierra; las más nuevas extendían sus tiernos brotes, aferrándose a la vida. Había un continuo murmullo de naturaleza, sutiles formas  de comunicación entre las especies. 

     Centenares de animales rodearon a los jóvenes, algunos cuya existencia no conocían: extraños okapis de cuello largo, como pequeñas jirafas; almizcleros, algalías, mangostas, ardillas voladoras, gatos dorados y antílopes con rayas de cebra; hormigueros cubiertos de escamas y una multitud de monos encaramados en los árboles parloteando como niños en la mágica luz de la noche. Ante ellos desfilaron leopardos, cocodrilos, rinocerontes y otras fieras en buena armonía. Aves extraordinarias llenaron el aire con sus voces e iluminaron la noche con sus atrevidos plumajes. Millares de insectos danzaron en brisa: mariposas multicolores, escarabajos fosforescentes, ruidosos grillos, delicadas luciérnagas. El suelo hervía de reptiles: víboras, tortugas y grandes lagartos descendientes de los dinosaurios, que observaban a los jóvenes con ojos de tres párpados. 

     Se hallaron en el centro del bosque espiritual, rodeados de millares y millares de almas vegetales y animales. Las mentes de Nadia y Alexander se expandieron de nuevo y percibieron las conexiones entre los seres, el universo entero entrelazado por corrientes de energía, por una red exquisita, fina como seda, fuerte como acero. Entendieron que nada existe aislado; cada cosa que ocurre, desde un pensamiento hasta un huracán, afecta a los demás. Sintieron la tierra palpitante y viva, un gran organismo acunando en el regazo la flora y fauna, los montes, los ríos, el viento de las llanuras, la lava de los volcanes, las nieves eternas de las más altas montañas. Y esa madre planeta es parte de otros organismos mayores, unida a los infinitos astros del inmenso firmamento. Los jóvenes vieron los ciclos inevitables de vida y muerte, transformación y renacimiento... como un maravilloso dibujo en el que todo ocurre simultáneamente, sin pasado, presente o futuro. 

     Y por fin en la última etapa de su fantástica odisea, comprendieron que las incontables almas, así como cuanto hay en el universo, son partículas de un espíritu único, como gotas de agua de un mismo océano. Una sola esencia espiritual anima todo lo que existe. No hay separación entre los seres, no hay frontera entre la vida y la muerte". 

                  Isabel Allende, El Bosque de los Pigmeos.


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