Si se recaen los grilletes...
00 08 Si se te caen los grilletes...
Si se te caen los grilletes o pierdes una lentilla, encógete de hombros y grita a lo profundo de la noche ¡Que no me despedace el granizo metálico que se cierne sobre la bóveda de este espectro abrumado! Este altar que preside los últimos ademanes de vida y locura y pasión y frenética transparencia. Esta tarima sobre la que el visionario grita, este pedestal sobre el que se está pudriendo la carnaza de sus ideales. Me arrastro hasta los pies de quien se había bañado en mis ojos. Cometo un crimen sin que me tiemble la mano. Un minúsculo crimen tan necesario como irrumpir de repente en el coro de las ardillas felices de las ramas impares. Un espantoso crimen como lavarse las manos en la sangre de los saltimbanquis que cayeron fatalmente por el imprevisto ángulo de la soledad.
En Addis-Abeba hay un puente, bajo el puente hay una silla, sentado en la silla hay un hombre, en la mano del hombre hay un reloj que indica puntual la cita.
Mujer: Que el Creador ilumine tu frente, anciano.
Hombre: Veo que no se cumplen mis presentimientos, creía que tenía una cita con el viento del desierto.
Mujer: Mi garganta permanece seca como el viento del desierto.
Hombre: Bebe.
Mujer: Este río es un caudal de gargantas sedientas.
Hombre: Si buceas profundo alcanzarás filtraciones apenas perceptibles desde aquí.
Mujer: Conozco ese licor. Es el residuo de las lágrimas de los que agotaron sus fuerzas y su ira.
Hombre: Es el último alimento, no puedes prescindir de él.
Mujer: Aún me queda coraje para vagabundear hasta llegar a la ribera de alguno de los míticos lagos inabarcables con la mirada. ¿Por qué crees que estoy aquí, puntual a la cita? Eres un hombre con suerte, los demás han muerto bajo el polvo del desierto y yo soy quien no ha sentido conmiseración por ellos.
Hombre: Mi padre era dueño de inmensos rebaños, recorría vastas tierras y elegía los mejores manantiales. Y el padre de mi padre. Y su padre también. Mi hijo murió con aquel llanto insaciable, y sus lágrimas alimentarán a los que resignadamente visten la túnica que conmemora a sus muertos...
Mujer: ¡Calla! No he venido a que me cuentes tus miserias. Yo me alimento de las quimeras creadas por mentes embriagadas.
Hombre: Mi hermano murió arrollado por un caballo. Era poderoso y temido. Había hecho la revolución, y allá en la sierra jamás fue derrotado. Cuando bajó a la ciudad había perdido la generosidad de que hablan sus hazañas de insurgente. Cuando murió, las multitudes gritaron su nombre. Mientras, los hombres admirables que ofrecieron sus vidas sin claudicar, permanecen en el olvido. Yo he visto como retiraban sus cadáveres del camino tras los días de agitación, pero jamás me atreví a alzar la voz.
Mujer: Y ahora pretendes que me compadezca de tu debilidad...
Hombre: Tú me destruirás. Estoy citado con mi destrucción.
Mujer: Me llevaré tus últimas monedas a cambio de una efímera esperanza. Soy como la ponzoña. Nadie descansará hasta que cumpla mi venganza contra quien aniquiló mi estirpe y me dejó sin nombre.
Hombre: Yo conozco tu nombre. ¿Por qué crees que he acudido a esta cita? Tú eres la Semilla Perdida del Último Labrador. Ahora las tribus se han desintegrado y eres el opio que me mantiene en pie.
Resquicio Juvenil.
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