Pedestre.
10 01 Pedestre.
¿Quién es Pedestre? Te cuento. Hoy es el segundo día de vida de Pedestre. Por otra parte, Pedestre tiene cincuenta y seis años y hoy está yendo al hospital para que le hagan una prueba de esfuerzo. En agosto pasado sufrió un infarto y le desobstruyeron una arteria. Seguro que lo hizo para poder viajar gratis en helicóptero de Lanzarote a Gran Canaria; segurísimo que lo hizo para dar lastima, ya que estaba inmerso en un proceso de desahucio, temporalmente paralizado gracias a la intervención de los servicios sociales. Afortunadamente la Justicia no se dejó embaucar por una treta tan evidente
Pedestre está en camino. Va de Soo a Tiagua andando. A esta hora no hay guaguas. No sabe si algún automovilista parará y lo llevará.
*
En Muñique las parras de jardín sujetan sus racimos con las uñas, apenas. Un perro empezó a hablar y su ama le pisó el verbo con un Cállate. Un vecino estaba regando sus batateras.
Faltan cinco minutos para la hora de mi cita en el hospital y todavía me quedan dos kilómetros andando, más el trayecto en guagua.
Lo reconozco, no estoy esprintando, voy al trote, y mientras troto pienso en un capítulo nuevo de mi autobiografía digital.
Leí todas las páginas del libro La carretera de Soo a Tiagua y en ninguna de ellas estaba escrito Te llevo.
Llega la guagua y nos montamos. El vaivén del camino dificulta mi escritura. Unos baches en San Bartolomé han escrito algo por mí en este diario de viaje.
Me apeo frente al hospital.
Entro en una habitación en la que hay tres chicas vestidas con batas blancas. Me piden que me desnude y me depilan el pecho. ¿Vamos a rodar una peli porno? Me colocan unos electrodos y una malla pectoral que, mientras me la ponen, van rasgando, para que se ajuste a mi cuerpo.
Un señor con acento gallego se sienta frente a un monitor en el que aparece mi ritmo cardiaco. Viste una bata verde. Creo que no vamos a rodar una peli porno.
Me tratan con cuidado, me suben a una andadora de gimnasio, pero que sirve para monitorizar el ritmo cardíaco del usuario.
Me dicen Tienes que poner aquí las manos y mirar al frente. Al frente, en la pared, se ve una foto del risco y la playa de Famara. Yo, caminar por la playa de Famara, hasta la muerte.
Pero, con la mascarilla antipandemias entorpeciendo la respiración, no duro mucho. Como en el sexo.
Hola, soy Pedestre y toda la ciudad de Arrecife es mía, hasta la tarde.
Puedo ligar en ella, salvarla de un ataque terrorista con armas nucleares, o hacer que arda, con más saña que la saña de Nerón. Son las ventajas de ser el Autor. De momento, me hago servir un pincho de tortilla y un vaso de agua con gas, que no es poco. En este bar sólo hay camareras, y bastante guapas. Me gusta la decoración… un candelabro antiguo como de castillo medieval, una silla de montar ponis, parras retorcidas ornamentales, varios veleros de estantería con un sinfín de velas extendidas. Tres televisores encendidos en tres esquinas emiten un programa parecido a La ruleta de la fortuna. En la cuarta esquina está la barra, y tras la barra hay una camarera.
Tengo un problema con un maletín y un bolso, que me acompañan en el viaje, seguramente se enzarzaron en una discusión y se han quedado enredados, como dos ciervos machos a los que, en plena berrea, se les quedan enganchados los cuernos, y que mueren así de hambre y tostesterona. La camarera no se atreve a dejarme un cuchillo para operar a mis bolsos siameses, pues no me conoce y soy Barbarius el Pedestre. Al final se ofrece a cortar ella misma, con unas tijeras, todo ese entuerto del maletín y el bolso de lana. Los bolsos de lana y los maletines con cremallera son como el perro y el gato.
Liberados al fin, salimos a la calle los tres.
La cuadrilla ha aumentado. Se han unido a nosotros Oso Panda y Bailarina. Ambos bailan y saludan a los transeúntes desde el salpicadero de un coche, al menos durante lo que dura su jornada laboral. No lo hacen arrimados a un semáforo, pidiendo; lo suyo es vocacional.
La cuadrilla ha vuelto a aumentar. Gato y Búho han salido del Bolso de Lana, hartos de confinamiento y claustrofobia. Son monederos de cuero, pero han tenido que estudiar para trabajar en otras actividades, aparte de portamonedas, ya que los colecciono y no tengo monedas para tanto animal.
Así que somos siete, pero llamamos tanto la atención que un perrito nos sigue los pasos, y eso que debería estar feliz en su casa. Vive al pie de un arcoíris, frente al mar, donde un par de nubes llueven ligeramente, mientras el sol despierta. Variaciones de la sinfonía de colores que el sol y la lluvia desencadenan en el horizonte.
Estoy torpemente obstruyendo el paso a la entrada de la casa del perrito del arcoíris, así que tengo que apartarme para que puedan entrar una madre y su hija. La niña, por supuesto, ha dibujado el perrito, pero le permite que nos acompañe un rato en esta aventura por la ciudad.
Los perritos no deben permanecer encadenados, ni siquiera a los arcoiris.
Somos tantos que, de camino a la biblioteca, callejeando, nos desorientamos y nos perdemos un poco. Y luego nos atascamos en La Tasquista, para tomar un café.
Uno pregunta si somos de La Graciosa. Respondo que somos de La Seria. La Seria, como San Borondón, son islas semicanarias.
Al entrar en la biblioteca, nos miden la temperatura. Parece que fueran a dispararnos en la frente, pero todos sobrevivimos a la ejecución.
Ahora estamos en la cárcel. Los libros no están. Cada uno ha de permanecer en su celda. Dos celdas por mesa, con una mampara de metacrilato que impide besar a tu hipotético compañero de mesa. Hipotético, porque hay ocho mesas y sólo cuatro usuarios, así que no nos besamos, ni siquiera a través del metacrilato.
Incongruente: si sois ocho los que entrasteis a una sala, ¿cómo puede haber sólo cuatro usuarios?
Calla, que nos hemos quedado a solas con la única chica de la sala, los otros se fueron.
Pero no somos ocho, sino nueve. Se me olvidó hablar del noveno pasajero, que es el celular. Nada más llegar a la biblioteca, salió corriendo del rebaño y se fue a abrevar a un enchufe, sin importarle toda esta tragedia que estamos viviendo, los últimos días de existencia de la humanidad, que va a perecer toda entera debido a la expansión del coronavirus.
Quizá sea un pervertido, pues me gusta más el funcionamiento de esta cárcel biblioteca de ahora que no el de antes de la pandemia. Me cunde más, porque vas a lo que vas. Antes uno iba a veces a pasar el rato, a pasear a lomos del tedio contemplando el lomo de los libros que, en las estanterías, se ponían a bailar el cancán intentando llamar tu atención. Ahora los libros se esconden en alguna trinchera y sólo aparecen por tu casa bajo demanda, mandados por correo. Ay, esta dictadura, este fin del mundo…
El celular está mejor. Del dos por ciento de potencia sexual ha pasado al veintiuno por ciento.
Estamos en la calle. Nos cruzamos con una mujer que viste una camiseta que reza: Don't break my heard, No rompas mi corazón. Ahí, en plenas tetas. Con lo que distraen las tetas. No sé si lo leí correctamente.
El amigoinvisibledelainfancia, que a veces continúa siguiéndome los pasos, se ha unido al grupo. Es el décimo pasajero.
La guagua de regreso a casa saldrá cara.
El celular vuelve a padecer impotencia sexual.
Yo, también.
Yo, también soy celular.
Como cualquier otro, estoy constituido por células.
A parte de eso, la vida pasa felizmente si hay amor.
Sí, ya sé, la canción dice Es una lata el trabajar, a parte de eso, gracias a Dios, la vida pasa felizmente si hay amor. Pero, a veces, trabajar ayuda y no es una lata.
Como mi celular ya no toma notas, recurro a mi libreta analógica.
Ella es la onceava pasajera, si no llevo mal la cuenta.
El boli, el doceavo.
El zapato derecho y el izquierdo, que ahora mismo tengo a la vista, suman catorce.
Pantalón, camiseta, calzoncillos (sólo a veces)... pongamos que hoy sí. Diecisiete somos ya.
Cuánta gente. No vamos a caber en la guagua.
Ahora estamos en la parada de guaguas que está frente al hospital. Justo donde desembarcamos esta mañana.
Este es mi segundo día de vida y no está resultando malo. Ahora mismo disfruto de una sombrita. Y hace falta, porque el Lorenzo está arrequintado. Arrequintado es una expresión canaria, creo.
Hemos comprado agua en un bar llamado La Tanganilla.
Seguro que alguno pensará que una tanganilla es una pequeña tangadora, pero es otra cosa. La tanganilla es una especie de arado de mano que, en vez de arar, sirve para sembrar. En Lanzarote los campos están cubiertos de una capa de ceniza volcánica, o arena, como dicen aquí. La tanganilla contiene un tubo metálico que sirve para introducir las semillas en la tierra sin tener que levantar la capa de arena. Una persona arrastra la tanganilla por el mango, y otra, atrás, va introduciendo las semillas en el tubo. Algunas plantas se siembran de este modo.
Pero todo eso es muy rural, y estamos en la ciudad, esperando alguna guagua que nos acerque a casa.
Las guaguas últimamente son impredecibles, al parecer les afecta la pandemia.
Hoy es mi segundo día de vida y no está resultando malo, pero el primero fue mejor.
En mi primer día de vida, me enamoré pérdidamente de una moza de Tiagua. Me la encontré en Arrecife, en la otra parada de guaguas, la que está frente a la biblioteca, y estuvimos hablando más de una hora.
Ita dice que mis ojos irradian bondad. Ita vive en casa con unos gatos. Ita tiene ochenta años. Nunca se casó porque su novio murió antes de la boda. Ita dice que, al despertar, llora de agradecimiento, por lo bien que se siente a su edad. Y salta a la vista que está bien, de cuerpo y de mente.
Receloso, le pregunté por su visión del mundo: Has vivido en otro tiempo y hoy en día la gente puede pensar que, tras la muerte de tu novio, te mortificaste, ¿acaso te parece mal la forma de vida de las chicas de hoy en día, que pueden tener las experiencias que quieran antes se casarse, o sin llegar a casarse? Me parece bien. Y si llegara a haber tenido un hijo homosexual, también habría respetado que esa fuera su opción. Simplemente, le pediría que fuera respetuoso con todo el mundo y viviera su vida, dice.
Amo a Ita con todos los sentidos. Ella tiene ochenta años, yo dos días de vida. Esperó verla pronto.
Fui en guagua llevando la mascarilla puesta, como es obligatorio. Si estoy contagiado, los virus se quedan en mí. Esta es la dictadura que nos ha caído encina, señores mentecatos.
Espero que los mentecatos no repliquen en la red. A esta altura del relato, ya muchos se habrán ido a hacer su revolución de bragas caídas... de mascarillas caídas, quiero decir.
En Tiagua, el celular se come un bocadillo y se recupera. Yo me como otro y transcribo, del añejo papel al procesador de texto, este capítulo de las andanzas de Pedestre, en este día que todavía no ha acabado. Quedan cinco kilómetros hasta casa.
Toca volver a leer el libro de la carretera de Soo a Tiagua, pero ahora hay que leerlo a la inversa, como si estuviera escrito en árabe.
En Tiagua los tunos de jardín están maduros.
En Tiagua hay parras muertas.
En Tiagua hay rosas de color rosa.
En Tiagua hay parras vivas.
A la salida de Tiagua hay un campo con filas terciadas de millo y batata.
Todo esto lo transcribo en Muñique, directamente de mi memoria analógica a mi memoria digital.
En la cuesta de Muñique, donde los coches se embalan casi sin darse cuenta, hay una furgoneta roja y vetusta aparcada en el arcén. Su matrícula la delata: DGT, Dirección General de Tráfico. Dentro se ve a un hombre entretenido con su móvil. Mientras navega por Internet, va haciendo caja. Puedo decir que este sistema de multar a los vehículos que circulan con exceso de velocidad acaba salvando vidas. Puedo afirmar con convicción que todo esto no es más que extorsión, que son salteadores de camino, que es terrorismo de Estado. La demagogia vende. El equilibrio, la mesura y las reflexiones sosegadas, no tanto.
Voy leyendo el libro La carretera de Tiagua a Soo, y es aburrido. Estoy a punto de dejarlo en la estantería y empezar otro titulado El viejo camino rural donde una palmera creció en pleno desierto.
Un poco antes de llegar al desvío que me permitirá dejar el libro y la carretera, se para a mi lado un mercedes añejo de treinta y tres años. Lo conduce Oído Cocina. Así que finalmente encontré la página en que está escrito Te llevo.
Mientras viajamos nos ponemos a hablar de la palmera que creció en pleno desierto. Susan Susan Susan atravesaba ese camino polvoriento con una botella de agua en la mochila para la solitaria palmera que vino a nacer incomprensiblemente en un paramos donde nadie esperaría otra cosa que matojos. Algunos consideran que Susan Susan Susan se quedó colgada, tras enviudar, porque se estuvo dedicando a cosas tan absurdas como recoger gatos, llevar perros abandonados a la protectora de animales, dejar los restos de comida para los animales del campo, cargar agua para una palmera solitaria y llevar todos los días un regalo para un caballo amigo suyo. Muchos no la entendían. Algunos la queríamos. Ya no vive en el pueblo.
El mercedes y Oído Cocina nos acercan a la tienda. Tras comprar unas vituallas, nos vamos para casa. En la Cuesta de los Perros Amarrados, Desquiciado da un tirón y se rompe la cadena que lo sujeta. Al estar suelto, se lanza al ataque ladrando y amagando morder. Pero algo no le cuadra, avanza, retrocede, avanza, retrocede. Al fin se pone a dar los mismos giros frenéticos que da al estar sujeto. Así que, a pesar de estar suelto, Desquiciado sigue encadenado y desquiciado, por vocación o por costumbre. Quizá sencillamente porque es lo que se espera de él.
Un poco más allá está la casa de Grande y Pequeño, que son perros de jardín. Su idiosincrasia es diferente. Te dicen palabrotas, pero te miran a los ojos, procurando conocerte mejor.
La Cuesta Oscura no parece propiamente la Cuesta Oscura porque todavía es de día.
En la Cuesta de los Niños, están Rápida, la carretilla y Lovely, que me vieron salir por la mañana y preguntan a coro ¿Qué tal Arrecife?
Los tres mueven la cola y parecen contentos de verme, sobre todo la carretilla, que salta y da vueltas a mi alrededor, y me dice que por la mañana pasó el camión que reparte garrafas de agua potable y ella me compró dos para mí. Como voy cargado, me acompaña hasta casa con las garrafas, y se ofrece además a llevar el maletín con cremallera y el bolso de lana. Todo en la boca. Qué servicial la carretilla. Habrá que darle una golosina cuando lleguemos a casa.
Vamos andando. El celular está agonizando, pero consigue llegar a Picocolorao von los ojos abiertos. La carretilla mueve el rabo y tira un vaso que se rompe contra las baldosas del suelo. Los animales actúan sin mala fe. Si alguno no lo hace así, es porque fue adiestrado por los cabezones bípedos para actuar en desacuerdo con su ser.
La carretilla se va a jugar con la furgoneta, que últimamente está enferma e indocumentada. Se quedan a dormir juntas. No sé si habrá sexo. De haberlo, será sexo lésbico.
Así el día se va acabando. La casa está un poco solitaria porque la carretilla, la furgoneta y el resto de acompañantes duermen al aire libre, y porque hace dos días que murió Gracias Negro.
Estoy convencido de que si Gracias Negro no hubiera muerto este relato no existiría.
Pedestre.
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