Entré en el banco desarmado.
05 06 Entré en el banco desarmado...
Entré en el Banco de Siempre desarmado, tras una larga ausencia debido a mi último viaje por del espacio. Tuve que dejar a mi compañero el cuadrúpedo y científico matemático Gracias Negro en casa... porque imaginé que los bancos no habrían cambiado tanto, en el tiempo y el espacio de la Tierra, como para atender a los clientes con servicio gratuito de guardería para bebés y mascotas.
En algunas galaxias puede ser, pero en la Vía Láctea las cosas tienden a la conservación, y no a la conservación del medio ambiente, por ejemplo, sino a la conservación de los privilegios de unos pocos y el sometimiento de las masas.
Pero cometí un error. El Banco de Siempre estaba francamente cambiado. No había ni rastro del mostrador donde el cajero o la cajera acostumbraban a despachar; ni rastro de los asientos donde antiguamente los habitantes del planeta se sentaban esperando a ser atendidos.
En mi última estancia en la Tierra, en los bancos se formaban colas interminables de clientes mal atendidos. Algunos morían de inanición y el personal ocultaba los cadáveres bajo la alfombra. Todo era un complot para deshacerse de un gran número de empleados de los bancos y que los clientes se vieran obligados a aprender a hacer los trámites atendidos por máquinas, en principio más dóciles y no sindicadas.
Ahora el Banco de Siempre no parece a un banco. No se parece a la idea que siempre he tenido de un banco.
La puerta se abre automáticamente y veo unas mesas redondas con sus correspondientes sillas alrededor, como si fuera un bar en el que pasar un rato tomándose algo.
A primera mano un pequeño estand atendido por una pulcra azafata. ¿Será Atención al Cliente? En la ese mostrador está escrito HOLA, a lo que contesto alegremente ¡Hola! Pero la tarima no responde. Sí la azafata, muy cordial. Le explico que el objeto de mi visita es abrir una cuenta corriente en el Banco de Siempre, que ya fui cliente del mismo, que la cuenta se canceló y que traigo con un documento oficial de los servicios sociales. Entonces la azafata, que quizá no sea de carne y hueso, salta como un resorte diciendo "¡Nuestras comisiones...!" Pero le corto en seco Nada de comisiones, según la documentación que afortunadamente puedo aportar. Se trata de un documento elaborado por P., con la colaboración de Conchita y la firma oficial del Dios Beta.
Esto desarma un poco al artilugio mecánico o azafata de carne y hueso. Me invita a sentarme en una de esas mesas de bar, tan relajantes, y permanecer a la espera de… ¿de qué?, ¿de que algún robot me atienda?, ¿de que algún dron me destruya? ¿Será eso?
Pues no, no fue eso. Lo primero que sucedió fue una pesquisa comprobativa de una empleada humana, a la que tuve que explicar los términos en que la legalidad vigente exige que el Banco me abra una cuenta nueva... con la condición de que sea gratuita, por comprobada precaridad económica, para poder percibir en ella una ayuda para la reinserción social de vagabundos espaciales sin recursos. La empleada me invita a seguir esperando.
Luego llega Pablo.
¿Tú eres Pablo Iglesias?, pregunto.
No, soy otro, ni mejor ni peor, diferente.
Ah, digo, y le comento que soy un vagabundo espacial. Le repito las condiciones en que la administración (los servicios sociales terrestres de la Villa de Cuadriculez) me permiten abrir una cuenta corriente, y entonces sí, Pablo reconoce que eso es posible, legal, es una cuenta bancaria de inserción social, pero como todo está jodidamente automatizado y estamos azotados por una pandemia, se requiere efectuar el trámite con cita previa, por ejemplo el próximo lunes a las once...
Perfecto...
Mientras Pablo ¿Iglesias? está haciendo los trámites con el ordenador para darme cita, le pido permiso para hacer unas preguntas como si no fuera un cliente, de ser humano a ser humano. La situación puede ser un poco irregular, pero Pablo, que al parecer no es una máquina, escucha...
Le cuento que he arribado recientemente a la Tierra y que durante un tiempo no he contado ni con teléfono móvil ni con cuenta bancaria, y que esto último ha sido lo más difícil de resolver. Hoy en día no puedes hacer nada sin esas dos cosas. Si no cuentas con ellas, no existes. Y si resulta que no sabes manejarte en el ciberespacio, serás un paria de la modernidad por los siglos de los siglos, a lo ancho y a lo largo de todas las galaxias por las que nos desperdiguemos.
Pablo aduce que esa modernidad es el Progreso.
Le replico que todo este presunto progreso no es más que un ardid, para prescindir de personal y que trabajen las máquinas, sin cotizar ni contestatar.
Pablo dice que en eso, hasta él puede estar de acuerdo.
Entonces me comprometo a acudir el próximo lunes desarmado al Banco de Siempre. Y sin la compañía del científico matemático cuadrúpedo, tan dado a alzar la pata y a mear por los rincones de los Bancos y de cualquier negocio mierdoso y capitalista.
Cuando salí del Banco de Siempre vi un pequeño león subido en el alféizar de una ventana.
Al lado de donde estaba el león había un puesto de artesanía de encaje de bolillos. Le pregunta al del puesto si el león es suyo, pero No.
Es un león perdido o abandonado.
Buf, una nueva responsabilidad para el vagabundo espacial, y ¿qué comen los leones?, ¿vacas?, ¿vacas vivas o fileteadas? El del puesto de encaje de bolillos está muy serio, se niega a sonreír a pesar de que le invito a ello.
Quien no sonríe cuando puede y le invitan a ello... en fin...
Me largo silbando y silbándole a mi leoncito.
Lazarus Long el Nuevo.
Nota: Lazarus Long es un personaje de las novelas de Robert A. Heinlein, por ejemplo Las cien vidas de Lazarus Long.
Lazarus Long el Nuevo es una reencarnación fraudulenta de aquél.
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