Entré en el banco desarmado (y dos).

05 10  Entré en el banco desarmado (y dos).


     Volví a entrar en el Banco de Siempre desarmado... la recepcionista me hace pasar "hasta el fondo", donde una relajante mesa de bar me espera. En otra mesa está sentada una señora, frente a una enorme pantalla plana que emite en bucle publicidad de la Entidad, y la señora muestra en sus ojos síntomas evidentes de estar prácticamente abducida.


      Lazarus Long el Nuevo se sienta de espaldas a la pantalla, frente a una pared azul con cuatro círculos artísticos rojos. Dos de ellos son puro ornamento pictórico. Los otros dos son cajas fuertes que exhiben la rueda esa con ela que, tras introducir la clave pertinente,  se puede desbloquear la pesada losa de acero que, así, desvela lo que esconde y guarda.

     Una de las cajas fuertes tiene su puerta con forma de puerta. Esto es, del tamaño de las puertas con que se entra a las casas. La otra parece el acceso a una madriguera, parece un butrón con cerradura al que sólo es posible entrar reptando. 

     Lazarus Long el Nuevo se pregunta por qué la entidad necesita dos cajas fuentes y qué significa que una parezca la puerta de acceso a un palacio, o al mismísimo paraíso musulmán con sus ríos de leche y sus huríes... mientras que la otra parece el acceso a una angosta mina, a una trinchera sin duda repleta de cadáveres. 

     La Entidad ¿en cuál de las dos cajas fuertes guardará lo esencial, los elementos de más valor?, y esos elementos ¿son el papel moneda o los documentos firmados y sellados en los que los ciudadanos del planeta les venden el alma a la Entidad, a cambio de una ilusión seguida de unos cuantos ceros en fila. Oh fila de ceros que cuál pasacalles o fanfarria de fiesta mayor hace que los terrícolas sigan entrando en la Entidad, como si en ella residiera el mimísimo flautista de Hamelín. 

          Lazarus Long el Nuevo sigue elucubrando sobre las cajas fuertes. ¿Y si los aparentes accesos a las mismas fueran puro ornamento, y las verdaderas cajas estuvieran camufladas en los círculos rojos pintados? 

          Lazarus empieza a imaginar códigos secretos que pudieran abrir esas puertas verdaderas que parecen ficticias; está a punto de gritar Ábrete sésamo, cuando de repente empieza a sonar una música hipnótica que se sobrepone al murmullo de las conversaciones. Sin duda es música paralizante antiatracadores, ¿cada cuántos minutos la emitirán?, ¿dará tiempo, entre emisión y emisión a...?

     La música ha resultado efectiva. La señora de al lado está conversando tranquilamente con una empleada, ella con un teléfono móvil en la mano, la amable empleada con una tableta inalámbrica.  Puede que la conversación se produzca entre los dos artilugios, pero se nota en la cara de la señora que todo va bien, es feliz. Parece que los trabajadores de la Entidad son buena gente... 


     Cabe la posibilidad de que algunas de las cámaras de vigilancia estén programadas para detectar a aquellos clientes que se sientan de espaldas a la pantalla plana hipnotizadora, en cuyo caso despegan unos microdrones de un microaeropuerto secreto camuflado en los conductos del aire acondicionado. Los microdrones detectan automáticamente al cliente renuente, se lanzan de forma kamikace contra algún espacio de piel visible y le inoculan sustancias químicas que convierten al cliente más díscolo en un sumiso y dócil cliente perfecto.


     Ahora pasa frente a Lazarus Long el Nuevo un artilugio mecánico o androide en forma de bonita señorita, que le dice En seguida viene Pablo. 

     Lazarus, receloso, pregunta ¿Pablo Iglesias o Pablo Casado? La máquina o linda señorita responde que Pablo Asecas, y esboza una sonrisa, seguramente falsa y ciberprogramada, mientras se aleja. 

     La pantalla plana himnótica, la música paralizante, las androides amables... Lazarus se lleva instintivamente la mano bajo la falda escocesa, pero ahí no está su desintegradora. ¿Será esta vez sí el fin?


     Entonces llega el señor Asecas, que seguramente irradia un perfume hipnótico, porque Lazarus piensa que total no ha tenido que esperar ni cinco minutos, cuando seguramente lleva años aguardándolo y no es capaz de percibir esa realidad debido al perfume inibidor de descontento del local.

     El señor Asecas efectúa el trámite para que de nuevo el vagabundo espacial esté registrado en el banco, una cuenta de mantenimiento gratuita, una cuenta que permitirá a los servicios sociales terrestres canarios aportarle en breve una ayuda de emergencia, y luego una asignación mensual... Si se porta bien, claro. 

     Ay, Lazarus, quien te ha visto y quien te ve, estás acabado, te van a domesticar.

     El amable señor Asecas se despide, le recuerda que dentro de diez días puede recoger su tarjeta, con la que se puede sacar dinero desde cualquier planeta habitado de la Vía Láctea, y también en los de las galaxias aledañas no beligerantes. 

     Y le tiende la mano. ¿Será esa mano un artilugio mecánico que atrape definitivamente a Lazarus? 

     No, Lazarus sobrevive al apretón de manos del señor Asecas. Pero está a punto de desmayarse cuando Asecas en lugar de llamarle Señor Cliente Lazarus Long el Nuevo, le dice Loren. ¿Cómo se habrán enterado, la Entidad y Asecas, de cuál fue la primera identidad de Lazarus? 

     Dada su increíble e ilegal longevidad, ha tenido que ir cambiando de nombre, tramitando falsa documentación, a lo largo de los milenios terrestres.

     Lazarus sale del Banco de Siempre y echa un vistazo al dragón de César Manrique, que ya en el Pleistoceno estaba en esa sucursal, y es lo único que no ha cambiado. Piensa ¿y qué tendrá que ver el arte con el dinero? Por desgracia esa relación existe, pero es fraudulenta; hay unan jauría de especuladores dispuestos a poner precio a lo que no lo tiene ni puede tenerlo.


                  Lazarus Long el Nuevo.


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(Inacabado)
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