Jeremías río abajo.

 03 12  Jeremías río abajo.

     Comparado con Macondo, Incomprensión tiene sólo seiscientos habitantes.
     Incomprensión mira siempre hacia el sur. Al norte se yergue Sierra Rebelde, donde se despeñan las reatas de mulas del realismo mágico cuando viajamos con la casa a cuestas. Desde los lugares ancestrales de nuestra infancia. Hacia alguna ciudad, con alguna Administración que respetar. Y otras telarañas pegajosas de las que desembarazarse.
     Pero Incomprensión no es la ciudad. Nunca lo fue ni lo será. Fue desembarcadero de enemigos, y de amigos quizá, pero esa es otra historia, oceánica.
     Hoy sólo escalaremos la sierra para traspasar una quebrada poco frecuentada tras la cual podemos seguir el cauce de un riachuelo que desemboca en un Misisipi decimonónico repleto de barcos de vapor y barcazas a remo de aventureros peligrosos.
     Jeremías capitaneó durante décadas una de esas barcazas. Un día se asomó por la borda, al atardecer, y vio un extraño reflejo de su rostro en el agua. El reflejo carecía de la poblada barba que era el orgullo y la impronta de Jeremías, reconocible desde lejos al acercarse a cada apeadero del río.
     El reflejo barbilampiño habló. Hablaba para sí, pero Jeremías se quedó hipnotizado escuchando.

     No soporto a mi padre. Por su culpa, mi madre murió cuando yo apenas era un niño.
     Sí, me permite vivir en nuestra casa, pero ni se preocupa de si como o no como.
     En realidad me he pasado años viviendo en cuevas y en ruinas de casas. Siempre preferí eso a permanecer a su lado.
     Él se declara incompatible con la droga, pero en otra época bebía y nos maltrataba a mi madre y a mí.
     No me enorgullezco de mis obras. Me drogo. He robado. Sobre todo, me gusta robar motos. Cuando las conduzco siento que estoy en mi medio, la velocidad sin fronteras.
     Nunca olvidaré que mi madre murió por culpa de mi padre.

     Jeremías despertó de sopetón. Se durmió de pie en la barcaza, que baja por el río en dirección a Nueva Orleans con un cargamento de cerdos vivos, entre los que cuesta moverse.
     Jeremías da a voces algunas órdenes a los tripulantes, casi como modo de aterrizar del ensueño a la realidad.
     Poco a poco el aire se enrarece, el agua se vuelve oscura y empiezan a flotar los detritus de los arrabales de la ciudad.
     Jeremías piensa que esta noche dormirá en casa. ¿Qué habrá estado haciendo mi hijo durante mi ausencia?

                Resquicio, diecisiete de febrero de dos mil veinticinco.

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