El refrito.

 08 14  El refrito.

     Cuando las Inteligencias Artificiales empezaron a crear pseudofotos a partir de la nada, en realidad estaban haciendo un asombroso y reluciente refrito de las fotos que los humanos habían subido a la Red. Con el tiempo, las fotos artificiales de la máquina empezaron a formar parte, cada vez en mayor proporción, de Internet, de modo que eran imágenes de la máquina las que empezaron a inspirar a la máquina, por lo que la fotografía poco a poco se alejó de un origen en que tenía que ver con la mirada del ser humano, asistida por un mecanismo que simplemente intentaba capturar la realidad visible de luz y colores.
     Los programadores de las Inteligencias Artificiales intentaron subsanar aquella anomalía enseñando a la máquina a encuadrar y enfocar mal cada toma. Así mismo escribían con notables faltas de ortografía, más alguna que otra incoherencia, para que lo artificioso pareciera humano en toda su imperfección.
     Los académicos de la escritura, la pintura y la fotografía parecían algo tan irreal al lado de la perfecta imperfección de la máquina.

     Los usuarios de las redes sociales empezaron a aplicar filtros a los autorretratos que se hacían. Podían así verse rejuvenecidos, embellecidos, transrracializados o, sencillamente, frescos y risueños aunque estuvieran ojerosos y malencarados. Poco a poco los filtros fotográficos se fueron aplicando automáticamente y la gente tenía que recurrir a los espejos para saber algo de sí mismos, porque los selfies que se sacaban eran pura fantasía.
     Pero empezaron a venderse espejos con filtros incorporados. Los gobiernos subvencionaban esos espejos porque así los ciudadanos veían en el reflejo de sí mismos a seres guapos, sanos y satisfechos dentro de una sociedad próspera, desarrollada y eficiente.
     A veces, cuando las naciones prominentes entraban en guerra, se producían hackeos de los espejos con filtro del enemigo. Era una forma de desmoralizar al adversario y producir suicidios en masa al ver cada ciudadano en su reflejo a horripilantes monstruos, demonios y carne putrefacta.
     Todo eso también lo solucionaron los programadores de espejos con filtros encriptados a prueba de pirateos.
     Así que Narciso vivía una vida plácida y feliz frente al espejo del cuarto de baño, su favorito, hasta que un día se acarició una mejilla y descubrió, con el tacto, que tenía un bulto sospechoso que no aparecía reflejado en el espejo. Y salió corriendo hacia el río. Fin.

     Posdata. Algunos saben bien cómo termina la historia de Narciso. Quédense con ese final y descansen esta noche a pierna suelta porque los reflejos de río con filtro incorporado todavía no han llegado al mercado.

               Resquicio, tres de julio de dos mil veintitrés.


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