Una lágrima.
17 17 Una lágrima.
Antonio Ganges dio un gran salto arrastrado por la cometa. Como se ha visto a los delfines jugar con una brizna de alga, las nubes fueron pasándose la cometa con la boca, con la nariz, con la espalda, con las caderas, con las rodillas, con los talones y con los dedos de los pies. Las manos las utilizan para otros menesteres.
Al fin las nubes soltaron la cometa y ésta aterrizó suavemente en una desolada planicie etíope. Las nubes se alejaron formando un círculo alrededor de Antonio Ganges. Probablemente planeaban estrategias coreográficas, alguna sugirió un chaparrón sobre esa tierra sedienta en la que se divisaban profundas estrías de antiguos cauces de agua.
Me siento un poco Borges al decir que un punto se agotó en el horizonte hasta convertirse en un explorador británico vestido de explorador británico bamboleándose encima de un dromedario. Éste se arrodilló frente a Antonio, el explorador desmontó y dijo ¿Conoce usted la región?, me he pasado la vida buscando las fuentes del Nilo.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Antonio y cayó en la tierra reseca. Miró de reojo a las nubes lejanas, luego miró a sus pies y dijo Están aquí. Efectivamente, a sus pies había un manantial. El explorador se fue precipitadamente a Londres en busca de un poco de gloria y Antonio empezó a recorrer la región siguiendo aquel riachuelo. Los nativos le llamaban Antonio Nilo Azul y decían que el azul del Nilo Azul estaba en sus ojos. Aprendió a vivir con lo que esa tierra ofrecía. Su piel se oscureció y no era tan distinta de la de los etíopes. Por toda la región se extendió el relato oral del viajero que llevaba el río en la mirada.
Al fin Antonio Nilo Azul llegó al lugar donde el Nilo Azul y el Nilo Blanco confluyen. Allí había una multitud esperándolo, pero él pensó que era una ciudad. Un sabio local lanzó una consigna, que fue susurrada de cada par de labios a casa pabellón auditivo, Dejémoslo solo.
Así, Antonio Nilo Azul se durmió arrullado por el sonido de los dos ríos convertidos en uno, y soñó consigo mismo en ese mismo lugar, aguardando la llegada de alguien que iba a complementarlo espiritualmente. Y al despertar inicio una ascética espera, mirando pasar el río. Estaba tan concentrado en sí mismo que no se dio cuenta de que a su alrededor se habían concentrado otros ascetas que imitaban lo poco que Antonio hacía. Una anciana llenaba sus cuencos con la comida suficiente para que siguieran con vida. El cabello y la barba les crecieron y rozaban ya el suelo. Todos sabían que esa espera daría sentido a sus vidas y que Antonio sería el primero en percibir la llegada de ese algo o ese alguien que los cambiaría para bien.
Apareció una niña bella y sonriente con una bandeja repleta de verduras hechas a la brasa, pescado hervido y frutas ya cortadas a punto de ser llevada a la boca. Antonio comió y se sació al tiempo que los ascetas murmuraban y se preguntaban si aquello sería correcto. La niña sacó unas tijeras de su cintura y empezó a cortarle el cabello y la barba a Antonio. Cuando quedó satisfecha de su labor, le besó en los labios. Antonio se puso en pie, a su alrededor no quedaba nadie, sólo la niña bella y sonriente, que le decía adiós con la mano. Antonio Nilo reemprendió su camino rumbo a Egipto.
Resquicio.
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(Inacabado)
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