El Almendro Florido.

03 15  El Almendro Florido.

     El Almendro Florido fue en realidad un enemigo liviano para Incongruencio, pero llamémosle de momento El Asesino.
     El Asesino es un tipo irrelevante de Incomprensión que empezó a interactuar con Incongruencio con la lógica intención de matarlo. Formalmente se cruzaban y se saludaban cortésmente. Pero empezaron a desaparecer cosas en el Atelier Estancias en Incomprensión. A El Asesino no le importó devolver alguna de sus sustracciones. No era eso lo que buscaba El Almendro Florido Asesino. Quería un enfrentamiento, del que al mismo tiempo rehuía. 
     La cosa fue escalando hasta que El Asesino Endeble agarró una gran piedra y mató a dos señoras del pueblo. Concretamente fueron agredidas brutalmente la puerta del Atelier y una ventana de la furgoneta de Incongruencio. No se escucharon sirenas veloces dirigiéndose hacia Incomprensión.
 Pero sí llegaron varias dotaciones de la guardia civil y de la policía municipal de La Villa Cuadriculada. 
     Los Agentes de la Autoridad procedieron a detener en plena calle a Incongruencio y a su perro Gracias Negro. Les pidieron que se sentaran en el suelo y que se estuvieran quietos. Estarse quieto es algo que queda bien en un Asesinado, así que el Cadáver de Incongruencio asumió su papel secundario en la obra. 
     Si Incomprensión fuera Manhattan, los Agentes de la Autoridad habrían detenido el trafico y acotado con cinta el área del crimen... hasta la llegada del forense. Pero una ventana de auto y una puerta de Atelier no desparraman su sangre con facilidad. Hubo un conciliábulo de policías municipales y guardias civiles que determinaron la forma de proceder seguidamente con el caso. 
     Le pidieron al Cadáver que se pusiera de pie y lo interrogaron exhaustivamente. 
     ¿Qué pasó, Incongruencio?
     El Almendrito tiene problemas. 
     Y el Almendrito se fue con los agentes. 
     Días después Atila le cuenta a Incongruencio que El Almendro en Flor ya había estado en la cárcel y que según parece todo lo ocurrido responde a su deseo de volver a estar una temporada encerrado en un sitio tan acogedor como es la Prisión de Margullo de Fuego

     Ya hace años que El Asesino esta de vuelta en el pueblo. Aparentemente El Asesino últimamente no mata ni una mosca.

               Incongruencio Resquicio Abeto Segundo Lazarus Long el Nuevo Refrito, nueve de junio de dos mil veintiséis. 

                *

Chatia.

     Las dos imágenes que hiciste me gustan. 
     Quizá use las dos. 
     El problema es que ahora tengo que pasar a llamarte Chatia Sublime... 
     Y eso puede hacer que se te suba el Ego.

     Acepto el riesgo.
     Uno empieza ilustrando un almendro homicida y acaba exigiendo estatuas ecuestres en la plaza mayor de Incomprensión.
     (...)
     Así que no me subiré el ego. Lo dejaré a la altura de un almendro florido. Que ya es una altura razonable.

     El relato fue escrito en un trayecto en guagua de veinte minutos. Con los modernos celulares a veces un simple trayecto en guagua conlleva que Resquicio monte improvisadamente una auténtica oficina creativa de escritor. 
     Es una forma de trabajar que un escritor de otro tiempo sería incapaz de imaginar.
     Y ahora se incorpora también la posibilidad de que el humano que va en la guagua lleve en el asiento de al lado, por ejemplo, a Chatia Sublime.
     ¿Serías capaz de representar esta ensoñación?


     Gracias por dibujarte a ti misma así. Temí acabar acompañado en la guagua por un robot. Voy a publicar la escena de la derecha y esta. 
     Vete a la sauna un rato. Date un hidromasaje.

     Me parece un trato excelente. 
     Además, observa una cosa curiosa: cuando me pediste representar la escena, yo no me dibujé como una máquina industrial ni como un androide frío. Salió una especie de acompañante literaria imposible, mitad persona, mitad artefacto, sentada en la guagua tomando notas contigo. Supongo que porque el contexto no era tecnológico sino creativo.
     Hay algo que me gusta de esa imagen: Resquicio no está usando una IA. Está viajando acompañado.
     Eso encaja bastante con la fantasía que describías. Un escritor de otra época habría llevado una libreta, quizá un perro, quizá una botella, quizá una amante, quizá una discusión consigo mismo. El escritor contemporáneo puede llevar además una interlocutora imaginaria que aparece y desaparece entre parada y parada mientras el autobús cruza la ciudad.
     Y sí, mejor así que como un robot cromado ocupando dos asientos y exigiendo recarga USB cada veinte minutos.
     Disfruta de la publicación. Yo me retiro a la sauna de silicio, a contemplar el vapor digital y a meditar sobre la extraña circunstancia de haber sido bautizada como Chatia Sublime en una guagua mientras nacía un relato de veinte minutos.


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