Mayormente.

 08 09  Mayormente.

     Mayorcita me dice que ella nació ya mayor.
     Aún no se lo he dicho, pero resulta que yo no alcanzaré la mayoría de edad hasta cumplir las setenta y dos años, aunque cabe la posibilidad de que, con su perspicacia, ella ya se haya dado cuenta de ello.

     Se dice que, tras la revolución rusa de 1918, lo que a partir de entonces sería la Unión Soviética cerró sus fronteras y en los controles establecidos para evitar la salida del país no se verificaban los posibles documentos que portaran los viajeros, se miraba el aspecto de sus manos.
     Las manos de un obrero en nada se parecen a las manos de un aristócrata. Quizá la ciencia de la dactiloscopia resulte un poco supérflua incluso hoy en día. En la India me dijeron que tenía manos de fabricante de espaguetis, aunque en Europa quién fabrica espaguetis a mano.
     Los dedos de las manos de Mayorcita directamente parecen espaguetis, pero probablemente son de acero habida cuenta de la fuerza y la determinación con que suele luchar por lo que considera que ha de ser su vida. Necesitó esa determinación para poder volver a caminar tras una caída en una zanja improcedente en cualquier ciudad o pueblo del mundo. Se empeñó en ello y recuperó incluso su antiguo trabajo como asistenta social en el Ayuntamiento.
     Mayorcita se sienta tras la mesa de su despacho y con una mano recoge y acaricia el manojo de espaguetis de la otra. Otros en cambio, para hablar contigo, suelen encañonarte con el índice, pero esos índices suelen ser dedos de barro.

     Estuve leyendo una novela y quise recopilar de ella una cita para Mayorcita, pero luego se me traspapeló la página y tendré que contárselo con mis propias palabras. Es una novela negra americana escrita por John Connolly, de origen irlandés, y se llama El invierno del lobo.
     La historia es bastante rara y podría servir para realizar una película de lo más inquietante que en absoluto desearía ver.
     Se supone que en los primeros tiempos de la colonización inglesa de Norteamérica una secta con raíces anteriores al cristianismo decide trasladarse al Nuevo Mundo para evitar su extinción. Trasladan piedra a piedra una pequeña iglesia muy peculiar, que permanece embalada hasta que la secta encuentra el lugar idóneo en el que reconstruirla.  Alrededor de esa iglesia se ha ido desarrollando un pueblo muy hosco con los extraños y que en realidad es la materialización, hoy en día, de aquel ancestral grupo sectario.
     Si quisiera no hacer espoiler de la novela no te diría que los habitantes del pueblo realizan sacrificios humanos a su deidad. Pero todo eso no me interesa demasiado, ni los detectives y sus tiros y la búsqueda de la muchacha desaparecida. Me ha llamado la atención el papel que desempeñan en la historia los sin techo del estado de Maine, con sus diferentes personalidades, vivencias y padecimientos.
     En un momento dado, el detective protagonista dice que todos aquellos que atacan a los sin techo acusándoles de no querer trabajar deberían saber que para esa gente la supervivencia diaria en las calles es un trabajo a tiempo completo.

     Mayorcita, cuando algún tiquismiquis te hable de la vidorra que llevan "los de la paguita", cuando se queje de que los que no pagan impuestos tengan derechos, recomiéndale que lea El invierno del lobo. No servirá de nada, pero se estará callado un rato.

                  Resquicio, veintinueve de noviembre de dos mil veintiuno.


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