Las nubes.

 17 16  Las nubes.

     Antonio Ganges creció a orillas del Río Sagrado, en el regazo de una madre extranjera que le decía Tú no eres un intocable. La sociedad no opinaba del mismo modo. Algunos no toleraban ni que les dirigiera la mirada. Al menos, no tuvo que buscarse el sustento entre la basura del vertedero cercano, poblado por cientos de niños, viejos y parias que allí intentaban sobrevivir con lo que otros desecharon.
     Era un niño alegre hecho para romper los límites y fronteras en que quisieran confinarle. Podía bajar la mirada al cruzarse con alguien, pero inmediatamente la erguía y sus ojos estaban siempre poblados de nubes blancas, azules y grises, a veces rosáceas, a veces anaranjadas, a veces encendidas de puro amarillo sol naciente.
     Antonio viajó a Nueva Delhi y vio las calles llenas de gentes, muchos dormían en la acera, en los balcones de las casas, en equilibrio sobre el rickshaw que de día conducían...
     Antonio vio un elefante aparcado en la acera esperando el inicio de una celebración. Tenía un ojo muy pequeño en ese lado de su gran cuerpo y parecía que ahí dentro no había nadie mirando. Las ardillas brincaban alegremente encaramadas al tendido eléctrico, bienacogidas en los balcones de la gente obsequiosa con ellas y con los pájaros trinadores y con cualquier ser vivo capaz de penetrar en la ciudad.
     Antonio Ganges compró un pasaje para Jaipur y el hombre del puesto de venta de billetes empezó a hacer un ritual besando el dinero y llevándoselo a la frente. Como Antonio abrió mucho los ojos, el hombre le explicó algo sobre ese ritual de agradecimiento o invocación de la buena suerte.
     En Jaipur vio a un tullido cruzando la calle con las rodillas y la espalda completamente dobladas, moviéndose muy cerca del suelo. Los muñones no faltan en las calles de la India; puso una moneda en la mano de un leproso a la que le faltaban todos los dedos, rozando su piel, y no por descuido.
     En Goa Antonio fue a la playa y, con sus ojos llenos de nubes, vio a los kitesurfistas deslizándose sobre el mar y brincando en el aire arrastrados por las cometas de colores. Así que compró una de esas cometas, le añadió un lazo y se hizo a la mar. Las nubes, que eran sus amigas desde la infancia, cogieron con la boca el lazo que colgaba de la cometa y se llevaron a Antonio Ganges muy lejos, viajando a gran altura.

               Resquicio, veinticinco de febrero de dos mil veintitrés.

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