Un paseo transoceánico.
17 15 Un paseo transoceánico.
A Marcela un día su padre le dijo Gracias, hija... Pero el resto de los días le gritaba con su voz ya débil Acércate, hijo... y lo azotaba con las pocas fuerzas que le quedaba; Yo te maldigo. Luego lloraba durante horas, quizá de arrepentimiento, o pensando en su estirpe abocada a la extinción.
Marcela cuidó al expresidente del gobierno hasta que éste murió, pero no acudió al entierro oficial. Marcela inicio una escapada muy parecida a la que Gabriel García Márquez nos cuenta al final de su relato La cándida Eréndira y su abuela desalmada. Marcela caminó y caminó por calles, caminos y carreteras. Atravesó puentes y cruzó fronteras hasta que llegó al lago Maracaibo. Entonces Marcela nado y nadó, aunque no alcanzó a cruzar el lago de extremo a extremo porque encontró en el centro del mismo un pueblecito de palafitos, que son casas sustentadas sobre estacas clavadas al fondo del lago.
Pernoctó con la tribu que ahí residía y compartió cabaña con Azabache, una negra africana esclavizada por los portugueses que consiguió escapar de su cautiverio gracias a Cienfuegos, un guanche gomero.
A la mañana siguiente volvió a zambullirse en el lago y cuando alcanzó la orilla se puso en marcha hasta que un río le cortó el paso. Lo cruzó con un extraño barco, más apto para la navegación marina que para el río. Lo construyeron los componentes de una familia conejera, los Perdomo, que iban acompañados de un húngaro.
Marcela caminó y caminó, caminó y caminó, pero dejó de caminar porque la selva amazónica no se puede cruzar andando. Así que Marcela consiguió una piragua y remó y remó.
Marcela remó y remó y llegó a Manaos, donde conoció a un nordestino que regresó a la ciudad muchos años después de conseguir escapar del campamento en el que lo tuvieron esclavizado recolectando caucho; caucho con el que en Nueva York y demás ciudades se pudiera circular cómodamente sobre neumáticos en automóviles marca Ford, y demás marcas.
Cuando llegó a la desembocadura del Amazonas, Marcela ya se había puesto en forma, así que se deshizo de la frágil piragua y cruzó el Atlántico a nado. Eso requería un gran esfuerzo, pero en medio del océano dos tipos la vieron desde abajo, ya que ellos estaban caminando por el fondo del mar. Eran el hombre más rico del mundo y un amigo suyo. El hombre más rico llegó a un pueblo maltratado por las inclemencias del mar y estableció durante días su tenderete, solucionando los problemas económicos de quien solicitara su ayuda. Cuando acabó de despachar, se puso a nadar y a caminar por el fondo del mar en busca de las ambrosías marinas.
Marcela se acostumbró a esa manera de viajar, por lo que caminó y caminó por el fondo del mar hasta llegar a las costas del golfo de Guinea. En tierra, conoció a una pareja que vivía su luna de miel en una autocaravana. Él era un rubio sueco fotógrafo capaz de entresacar belleza hasta fotografiando la basura del puerto de Nápoles. Ella era una atleta negra culta y activista social de la conciencia panafricana. El sueco se fue de safari fotográfico y al regresar su mujer había sido raptada por unos traficantes de esclavos. El sueco empezó la persecución de la caravana de encadenado negros que recién habían perdido la libertad para ser vendidos a algún rico jeque de Arabia Saudí. Marcela siguió por su cuenta, caminó y caminó por África hasta que llegó al lago Chad, en cuya ribera encontró a un estrafalario personaje, un europeo flaco de pelo y barba superlargos. Era el capitán de un barco que naufragó frente a las costas canarias y que fue esclavizado por las tribus bereberes, vendido al mejor postor y puesto a trabajar en una cantera de sal para dar rendimiento a sus dueños hasta la última gota de sangre, hasta el último hálito de vida. Pero consiguió escapar y estaba empeñado en atravesar andando una África entonces aún inexplorada, para llegar a la desembocadura del río Níger. Ahí lo dejó Marcela, recuperándose y haciendo acopio de fuerzas para iniciar su viaje.
En Sudán Marcela se reencontró con el sueco que, ayudado por unos europeos antiesclavistas y un tuareg que perdió a su familia en manos de los cazadores de esclavos, lograron llegar al puerto del mar Rojo donde la bella esposa del fotógrafo iba,a embarcar en un viaje sin retorno hacia un harén árabe. A Marcela ese destino de la pobre mujer le recordó un episodio de su pasado, así que corrió sin descanso por el muelle con los demás, pero llegaron tarde, el yate ya había zarpado.
Como bien explica Alberto Vázquez-Figueroa en su novela, el jeque árabe al ver a los hombres que en el muelle clamaban su desesperación por haber llegado tarde, se sintió a la vez invulnerable y descubierto. Así que decidió liberar a su esquinita nueva adquisición, que saltó por la borda y nadó hacia la libertad recuperada. Marcela, por su parte,siguió camino por el lecho del mar Rojo, avanzó rápido hasta alcanzar el yate del jeque, subió por la escalerilla, tiró por la borda a toda la tripulación y tiró por la borda al jeque negrero, pero antes de lanzarlo al agua le puso las esposas de oro que hace poco llevaba su última víctima. Tras todo esto, Marcela se durmió en el yate, durmió durante mucho tiempo. El barco, al pairo, siguió una ruta caprichosa llegando hasta el golfo de Bengala. No está claro por qué extraño fenómeno físico, si la fuerza del viento o las mareas caprichosas, el yate entró por la desembocadura del río Gajes y remontó su curso hasta la ciudad de Benarés. Allí Marcela despertó y bajó del barco.
En el muelle fluvial de Benarés estaban incinerado a una mujer fallecida joven. Tiraron sus cenizas al río sagrado y se fueron. Allí quedó un niño pequeño, un bebé casi, que se había quedado huérfano. Marcela se acercó a él y dijo Aunque nací hombre, puedo ser tu madre, te llamaré Antonio. El niño sonrió, extendió los brazos hacia los pechos de Marcela, empezó a succionar y sorprendentemente la leche manó de esos pechos transgénero. Así que Marcela vivió muchos años en Benarés, mientras Antonio Ganges crecía. Los pechos de Marcela dieron tanta leche que ayudó a criar a toda una generación de niños de la calle del barrio donde vivieron, hasta que Marcela murió, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas fueron echadas al río Ganges.
Resquicio.
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(Inacabado)
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