Azabache.
17 09 Azabache.
Mientras ella y su familia viajaban de puerto en puerto, de isla en isla, Fulgencia se escapaba todas las noches para tener encuentros con cualquier tipo de hombres y practicar con ellos aquello que sigilosamente le había enseñado su padrastro, el juego de satisfacerlo sexualmente, sin que ella llegara a apreciar en ello algo improcedente y delictivo.
Una mañana Doña Inés se encontró una carta de su hija en la que le decía que estaba harta de pasarse los días a remojo, que ella atravesaría los Andes a pie por su cuenta y que ya se verían en el Caribe cuando el resto del grupo atravesará a nado el canal de Panamá.
La troupe entera se entristeció de la partida de Fulgencia, pues todos la querían y se sentían a gusto a su lado. Fulgencia desprendía un calor acogedor y su belleza resplandecía a todas horas.
Fulgencia atravesó una montaña nevada, en lo alto de la cual se veía la entrada de una cueva. Aunque no era sencillo llegar hasta ella, Fulgencia decidió pasar allí la noche.
La cueva estaba llena de cuerpos conservados por el frío. Fulgencia supo en seguida de qué se trataba todo aquello. Las altas dignidades de los pueblos aborígenes de la región, en lugar de ser enterradas, eran llevadas a la cueva para que allí se conservaran sus cuerpos con todo el ornato y la presencia con los que vivieron, siglos atrás.
También vio a un anciano de largo cabello cano que tenía todo el aspecto de ser un vikingo de los que deambularon por América antes de la llegada de Cristóbal Colón.
Finalmente observó a una negra pequeña con el vientre abultado de embarazada. Las lágrimas resbalaban por la cara de Fulgencia y abrazó el cuerpo de la negrita, que así se descongeló y volvió a la vida por un rato.
Me llamo Azabache, o al menos así me llamaban en el barco portugués en el que serví de esclava, hasta que un cabrero canario pelirrojo llamado Cienfuegos consiguió liberarnos. Recorrimos el continente antes de la llegada de los conquistadores europeos. Yo me enamoré de un jefe indígena, con el que creamos a éste nuestro hijo. Pero él no me quería, así que acudí a esta cueva para ver si el Gran Blanco podía ayudarme. Cienfuegos intentó rescatarme del frío, pero yo me escondí para dejarle seguir su camino en busca de su amada, una alemana que se quedó allá en Sevilla. Todo esto nos pasó como supo contarlo Alberto Vázquez-Figueroa.
Fulgencia seguía llorando.
¿Por qué hacen esto las personas?
¿Qué cosa...?
Querer a quien no está presente. Los animales desean sólo a quienes pueden ver y oler. Las personas se complican la vida con sentimientos basados en recuerdos.
Así somos.
Yo no. Yo amaré siempre a quien esté presente y sepa desearme.
Te llamarán puta.
Seré puta.
A Fulgencia se le acabaron las lágrimas y Azabache volvió a dormirse en su sueño eterno glacial, pero se le quedó una sonrisa en el rostro.
Fulgencia decidió bajar la montaña para no pasar en la cueva el resto de la eternidad, joven y bella y congelada. Ya oscurecía cuando sus pies dejaron de pisar la nieve. Entonces se le apareció la Virgen María, interponiéndose en su camino, y le dijo Si vas a ser puta, no vayas a Europa; allí, en sus prostíbulos, sólo hallarás esclavización y drogodependencias; quédate en el trópico.
Resquicio.
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