Reflexiones sobre política y sociedad (2004).

       02 01  Reflexiones sobre política y sociedad.



     Hace un par de décadas podíamos contemplar el mundo dividido en dos bloques y durante bastante tiempo medité sobre cuál de los dos sistemas era mejor. Ninguno me gustaba. En los países del Este se combinaba una cierta justicia social con la falta de derechos democráticos. En los países occidentales el ciudadano podía estar más indefenso ante los desmanes del capitalismo, pero la libertad de expresión y de movimiento me parecían aspectos del todo irrenunciables.
     Ingenuo, albergué la esperanza de que se llegaría al sistema ideal, o al menos a uno un poco más justo, cuando en los países socialistas la gente tomara la palabra y decidiera, en democracia, con qué cosas de su propio mundo valía la pena seguir y a qué cosas del mundo capitalista querían o no abrirse. Por ejemplo, libertad para que los ciudadanos puedan tener sus propios negocios pero dejando los servicios comunitarios en manos públicas en lugar permitir que los gestionen las multinacionales. 
     Pero el bloque socialista se derrumbó hacia adentro y nada de eso se planteó. Hoy en día en España vivimos un teórico estado del bienestar que muchos piensan que “no hay que remover” para que no se desvanezca. Quiero aquí expresar ciertas  opiniones sobre esta sociedad hegemónica y mediática en la que vivimos hoy y, también, revelar una idea que me ronda la cabeza últimamente: la solución, un sistema político ideal, a mi entender… posible de construir en poco tiempo. Para llegar a él sólo es necesario que la gente quiera adaptarse a unas nuevas costumbres. Es una solución incruenta y no se precisa cambiar las instituciones. Es una receta mágica o una propuesta absurda, según el cristal a través del cual queramos mirarla. Antes de expresarla voy a plantear una serie de reflexiones.

     Si vivimos en una sociedad libre y democrática, es una suerte de la que no disfrutaron nuestros abuelos, realmente no existe un sistema mejor, por más que ciertas conductas de los gobernantes sí podrían mejorarse. 
     Los medios de comunicación han cambiado la sociedad de una manera radical. El día que se inventó la televisión el mundo no se transformó, pero hoy sí lo ha hecho, y esto no creo que hubiera podido conseguirlo cualquier otro medio de comunicación.
     La libertad de expresión es el más preciado tesoro y además es algo así como el perfecto barómetro que indica si una sociedad goza o no de libertad en general. Los periodistas han sido siempre la vía de transmisión de las ideas viejas y nuevas, y cuando la libertad se ha visto coartada, en la primera fila de las víctimas han estado casi siempre los periodistas. 
     Pero hoy en día existe otro modo de hacer periodismo: maquillados, ante unos focos, hablando y con una sucesión de imágenes que nos muestra lo que pasa en cualquier parte de globo, 24 horas al día, permanentemente. Reflejar así la realidad no es fácil, contentar a todos con una visión imparcial de lo que sucede es imposible, hasta puede darse el caso de que quien maneja los grandes medios de comunicación intente construir una realidad alternativa. Se inventa una noticia falsa y se repite cientos de veces al día, a lo ancho y largo del planeta. Ni aún cuando al final se desmienta, ni aún cuando desde el primer momento sepamos que se trata de una falsedad… deja este método de constituir la realidad (virtual) en la que vivimos, y existe una ciencia nueva que estudia cómo hacer que esos mensajes tengan su influencia y den fruto aunque sea incrustándose poco a poco en el subconsciente del ciudadano. 

     He llegado a una conclusión que va a escandalizar a muchos: el terrorismo no existe. Suceden asesinatos, delitos pequeños y grandes, las víctimas mueren y los familiares los lloran. Un delincuente comente un crimen en una esquina o estrella un avión contra un rascacielos. Ante ello, dos cadáveres en dos ataúdes no son muy diferentes. Un grupo político tomó la decisión de hacer estrellar el avión contra el rascacielos, pero podía haberlo hecho un perturbado y ¿algo cambiaría realmente en el dolor de los heridos?
     No importa la razón del delito, el objetivo de la Justicia es que el delincuente acabe en la cárcel, toda la alarma social que se crea al descubrir que detrás del delito existen motivaciones políticas y no estrictamente privadas es en el fondo superflua, interesa notablemente a los gobiernos porque ven en ello una excusa para actuar más allá de las normas, es alimentada por los medios de comunicación más de lo necesario. 
     La sociedad, con todo el derecho a saber, se ve perturbada más allá de lo razonable, se inventa un estado aparente de guerra cuando los gobiernos deberían actuar de un modo neutro: delito es igual a pena de cárcel y punto. Si los gobernantes actuaran así la gran bola de nieve llamada terrorismo empezaría poco a poco a desinflarse y los grupos políticos o religiosos que lo utilizan tendrían que buscar otros métodos de propaganda. 
     No estoy siendo cruel con las víctimas, la única crueldad sería no perseguir el delito, quizá lo cruel es alimentarse ideológicamente de la lucha contra el terrorismo: ¿qué ideología es ésta, la lucha contra el terrorismo? En realidad es sólo un deber y los gobiernos ni siquiera pueden evitar que el delito sea perseguido, lo único que han de hacer es aplicar la ley con equidad, y si en los peores momentos guardan un cierto sereno silencio estarán haciendo más por arreglar las cosas que los que agitan banderas y lanzan soflamas. 

     Veo los nacionalismos del siguiente modo: parten del presupuesto de que no todos somos iguales. Se propone pues un reparto desigual del pastel, más para “nosotros” y a los extranjeros… que los zurzan. Nunca he conseguido asimilar esta ideología, prefiero mirar el mundo desde el espacio exterior y plantearme que: si nazco en este país seré extranjero en el de al lado, y viceversa… siempre en algún sitio seré extranjero. Podría hacerme “nacional” de algún sitio y construir un muro alrededor del mismo. Para ello, para convertirme en nacionalista, necesitaré adoptar el siguiente proceder: lo que a mi me ofende de los otros a los otros no les ofende de mí; si me molesta que Gibraltar sea territorio británico no pongo en duda la españolidad de Ceuta y Melilla; si ayer tuvimos que emigrar y hoy llegan emigrantes necesitados, cerremos las fronteras para que no puedan entrar mientras nosotros sí podemos seguir saliendo. 
     Los nacionalistas lo tienen fácil en política, no necesitan muchos proyectos, piden el voto para defender el territorio, la lengua propia, una cultura, una religión. Si en una región existe un mínimo de conciencia de una cierta identidad propia, difícilmente van a tener competencia. Otra cuestión es qué harán realmente cuando lleguen al gobierno o después de la autodeterminación.
     El nacionalismo es la segunda peor ideología política que existe. La primera es el imperialismo. 
     Si en un territorio el 51% de la población quiere constituir un estado independiente supongo que esos ciudadanos tienen derecho a hacerlo. Resulta curiosa la solidaridad con  los derechos del pueblo kurdo, checheno o palestino y la demonización de los independistas vascos y catalanes. Es decir: nacionalismo, jamás; autodeterminación: siempre que se pida. Es mi forma de ver la cuestión. 
     En España resulta difícil imaginar una secesión pacífica de determinadas regiones. Un estado vasco independiente tendría que solventar el problema de los derechos de los no nacionalistas en el futuro estado, la cuestión del territorio vascofrancés y de Navarra. En estos sitios a la gente le asiste el mismo derecho a no formar parte de un determinado estado que en las zonas más abeIrtzales. 
     Parece un conflicto sin solución: el estado español no se desmembrará de buen grado y los nacionalistas vascos, convencidos desde hace décadas, no renunciarán a su ideario. La situación podría desembocar en una guerra abierta. De hecho la situación viene siendo desde hace tiempo de una cierta guerra civil larvada. 
     Estoy convencido de que en un estado español democrático como el actual Euskadi y su identidad particular tienen cabida, pero no me opongo a que se realice un referéndum de autodeterminación, aunque debería plantearse a largo plazo: para que se efectúe dentro de unos 40 años, por ejemplo. Se trataría de un compromiso firme y mutuo de solucionar el problema de una vez por todas, en un sentido u otro, aunque la decisión final iba a estar prácticamente en manos de la generación siguiente.
     Tras este compromiso lo prioritario sería solucionar la persecución que sufren los no nacionalistas en el País vasco. Esta persecución es una realidad, la ha provocado el terrorismo pero también la sociedad nacionalista más radical y una cierta complacencia del gobierno autónomo. La idea es que todas las heridas vayan cicatrizando hasta el momento de tomar la decisión. La sociedad se iría pacificando y todas las opiniones podrían expresarse sin miedo… Lamentablemente no tengo suficiente fe en la naturaleza humana para creer que esto llegue a suceder así, pero no se me ocurre otra solución posible, sin derramamiento de sangre y sin la derrota de unos de los bandos. 

     Para seguir con irrealizables quimeras, imaginemos un mundo en el que las decisiones se tomaran de forma democrática, en la ONU, sin el bandidaje de la fuerza de los estados poderosos. 
     Habíamos avanzado bastante a nivel de derechos, aunque fuera más sobre el papel que “a nivel de chabola”. Los regímenes dictatoriales, que a veces se beneficiaban de la anterior división Este-Oeste, iban siendo cada vez menos. Algunos juristas estaban planteando una legislación internacional en la que se llegara a perseguir automáticamente a los dictadores y a cualquiera que pisotee los derechos humanos en cualquier parte del planeta. Estados Unidos boicoteó esta legislación, y lo hizo antes de concederse a sí mismo el derecho a invadir países contra la opinión de la mayoría de naciones. 
     Ahora será necesario empezar de nuevo, paso a paso, a partir del día siguiente a cuando los que tomaron la decisión de empezar una guerra injustificable sean moralmente castigados, a partir del día siguiente a cuando las víctimas nos perdonen por haberlo permitido, a partir del día siguiente a cuando se nos olvide lo que ha pasado en Irak. 


     En la comunidad europea los estados comparten su soberanía con un poder general que emana del conjunto de todos los estados. Cada nación es soberana y toma sus propias decisiones, aunque algunas medidas y normas, sobre todo de índole económica, le vienen impuestas por la Comunidad. Esto está muy bien, es un sistema válido que podría servir para que en todas las regiones del planeta los estados se alíen y se relacionen de un modo más civilizado. Pero la verdad es que resulta un poco difuso discernir de dónde emana el poder general de esa Europa unida. No da la sensación de que los votos de los ciudadanos determinen el comportamiento, la ideología y el plan de actuación de ese poder central. Las decisiones las toma el conjunto de gobernantes, pero los intereses nacionales de cada país tienen más importancia que el desarrollo de una política conservadora o progresista. No se percibe la relación directa entre el voto de los ciudadanos al Parlamento europeo y la política que de él emana. Parece que en las decisiones que allí se toman influyen más ciertos intereses macroeconómicos que no las asociaciones de partidos políticos con ideología sociales afines, como la Internacional socialista, los democristianos, etc. Se trata de un aparente déficit democrático. 

     ¿Qué es preferible, un mundo globalizado o sin globalizar? 
     Cuando se reúnen los mandatarios de los países ricos, como el grupo G-8, cuando se realizan conferencias mundiales para decidir cómo se regulariza el comercio internacional, cuando se debaten los problemas ecológicos que afectan al planeta… en todos estos casos, a las puertas de los palacios, la calle bulle de descontento. Son los grupos antiglobalización. 
     A mí me parece que el debate globalización sí globalización no es banal, el mundo se ha convertido en una aldea global debido a los medios de comunicación, lo que sucede en cualquier lugar del planeta puede estar en el acto en la retina de los espectadores de las antípodas, esto es así y no es ni bueno ni malo, es el mundo en el que nos ha tocado vivir. 
     Antes la realidad mundial estaba fragmentada, lo que sucedía en una parte, en un país concreto, pertenecía al ámbito privado de esa comunidad, y eso podía ser cualquier circunstancia: una política desastrosa o una vida en libertad y prosperidad. Las noticias viajaban en barco.
     Ahora, en este mundo interrelacionado, también se puede dar cualquier circunstancia, los desastres de la globalización no son más que los desastres de la política imperante. Si el mundo se deforesta, si las etnias minoritarias pierden su cultura, si las especies animales y vegetales se extinguen, si el hambre azota enormes capas de población en muchos países, si hay empresas que destruyen la forma tradicional de subsistencia de una región para cultivar banana que exportar a los países ricos o para sacar petróleo con el que mover los coches de los países industrializados… si todo esto sucede no es porque lo podamos ver al acto en los medios, es la política con la que se nos gobierna porque hemos elegido esos gobiernos o porque no se nos permite elegir auténticas alternativas. 
     La aldea global es un instrumento para los depredadores, nos podrán alienar y mentir a través de los medios de comunicación, nos podrán machacar minuto a minuto hasta convencernos de lo contrario a lo que inicialmente pensábamos, pero la aldea global no tiene la culpa, cada uno es muy libre de expresar lo que siente. ¿Qué sólo unas determinadas voces tienen resonancia y otras son acalladas? Es posible, y probablemente así seguirá siendo mientras nos conformemos con la situación imperante, y si nos conformamos con la situación sin hacer nada por cambiarla realmente no nos merecemos algo mucho mejor. 

     El miedo que los estados han tenido a un instrumento tan poderoso como la televisión es realmente revelador. La televisión es cultura. Un ciudadano puede escribir un libro y en cir0cunstancias normales cualquiera puede entrar en una librería y comprar ese libro u otro que le parezca mejor. En los teatros, en las salas cinematográficas, en las tiendas de discos, en las videotecas, en los muros de las ciudades y hasta en el dial de la radio, en todos estos ámbitos la cultura se expresa y se consume en libertad. Hoy en día no toleraríamos que un libro, una canción, etc., sean prohibidos por expresar unas determinadas ideas. En fin, todavía sucede, pero vamos a pensar que se trata de una circunstancia de otra época.
     Primero existió el monopolio de los estados sobre las emisiones televisivas; luego se empezaron a permitir televisiones privadas, aunque con un férreo control; finalmente el dominio sobre la televisión se basa también en dar a determinadas empresas de comunicación una gran caja de resonancia que acalla todas las voces discordantes. Las grandes televisiones privadas se dirigen a base de mucho dinero y se procura eliminar a la competencia. Este juego empresarial es lícito, a él subyace una lucha por el dominio de los estados de opinión, o la creación de estados de opinión en sí,  lo cual también es lícito. El dueño de la CNN es muy libre de ofrecer una visión sesgada del mundo, sólo deberíamos exigir un poco de imparcialidad a las televisiones públicas, ya que existen, pero lo que quiero hacer notar es que cualquiera debería tener derecho a instalar una antena en el tejado de su casa y “emitir televisión”, del mismo modo que alguien publica una revista o se sube a un escenario e interpreta una canción. No deberían existir todas las trabas extra que se ponen en el primer caso respecto a los demás.

     El último medio de comunicación inventado es Internet. En él, ejercer el mismo control al que se somete a las televisiones resulta difícil. Estoy seguro de que las agencias estatales de inteligencia y los aprendices de dictadores están preocupados por ello y trabajan en busca de formas de limitar la libertad de este nuevo método de expresión de la gente. Esperemos que no tengan mucho éxito.
     A través de Internet los ciudadanos pueden establecer una relación comunicativa de igual a igual, hasta ahora ningún medio permitía esto desde la invención de la palabra. Se pueden expresar ideas, compartir reflexiones, divulgar vídeos, músicas, poemas, eslóganes… y hasta todo lo malo que se quiera y pueda transmitir.
     Dicen que en Gran Bretaña, antes o al comienzo de la guerra de Irak, nadie convocó las grandes manifestaciones que hubo, simplemente la gente “quedó”, a través de Internet, en determinados sitios para expresar su descontento, la indignación contra su propio gobierno.
Echando un vistazo a ese nuevo sistema de expresión, en el que se incluye la informática doméstica, los nuevos teléfonos móviles con mensajes, los cibercafés y lo que se avecina: la posibilidad de que junto a las líneas eléctricas se aporte el cable de conexión a la red universal, los ordenadores de bolsillo, etc… Echando un vistazo a todo ello me ha surgido una pregunta: ¿Y por qué no inventamos la democracia directa?
No todo el mundo es amigo de las nuevas tecnologías y quienes quieren un régimen de vida más natural me merecen todos los respectos. Además, quien no tiene qué comer quizá no iba a querer comprar una máquina que sólo le permitiría expresarse y votar.
 
     Empecemos imaginando un cambio de usos moderado: que el voto concedido cada cuatro o seis años a un individuo o a un partido político fuera reversible. Tienen lugar unas determinadas elecciones y de ellas nace un gobierno. Este gobierno está legitimado porque un cierto número de ciudadanos han votado por esa opción mayoritaria frente a otras que han tenido menos éxito. Con el devenir de los acontecimientos y de acuerdo con la política que el gobierno siga, los ciudadanos que han votado a este partido político podrían retirarle el voto y los que no lo hicieron podrían concedérselo. Existiría una base de datos a la que cada ciudadano podría acceder con su clave personal y cambiar su voto. Técnicamente es sencillo, la única dificultad estriba en impedir el acceso a esa base de datos a los tramposos, pero si la información sobre el voto de cada cual está permanentemente a disposición del ciudadano éste podría, desde casa, desde un cibercafé o con su teléfono portátil, comprobar que nadie ha cambiado su decisión, optar por mantenerla o modificarla. Así si se llegara a dar la circunstancia de que el gobierno perdiera el apoyo social en que se sustenta, se vería en la obligación de convocar nuevas elecciones.
     Ésta sería una democracia directa moderada, pero podríamos ir más allá: un sistema en el que son los mismos ciudadanos los que día a día van tomando las decisiones. Se les irían planteando disyuntivas y ellos decidirían de un modo tan sencillo como mandar un mensaje de texto con el teléfono móvil. Podrían decidir sobre todo o sólo referente a los temas que más les conciernen. Podrían ir efectuando propuestas propias y, con un apoyo suficiente, estas propuestas serían votadas por todos. 
Los gobernantes tendrían que actuar de acuerdo a lo que la ciudadanía quiere o bien dimitir. Quizá de gobernantes pasarían a ser meros funcionarios, obligados a ejercer la voluntad popular. 

     La democracia directa no será una gracia que los magnánimos jefes de estado concedan a la gente de a pie. ¿Cómo se puede conseguir, y hacerlo pacíficamente? Creo que si existe alguna posibilidad de que esto ocurra se ha de empezar por pequeñas asociaciones y partidos políticos. 
En el Congreso de diputados hay unos señores tomando decisiones. Estos señores han sido votados porque pertenecen a determinados partidos políticos. ¿Cómo se crearon los partidos políticos?, ¿para qué?, ¿como instrumento de algunos individuos para obtener el poder o como una necesidad de expresión de un cierto sentir social? 
     ¿En los partidos políticos las decisiones se toman democráticamente? De no ser así, la democracia ejercida en las urnas cada cierto tiempo estaría en algún sentido distorsionada. 
     Vamos a analizar el proceso lógico: los ciudadanos se van agrupando de acuerdo a sus creencias, por un lado los conservadores y por otro los progresistas (para simplificar); las asociaciones crecen hasta abarcar un determinado territoribo; se analiza la sociedad, se busca un modelo ciudad, de región o de país y el proceso de hablar y escuchar se van creando corrientes de opinión; cada corriente de opinión realiza propuestas diferentes y se eligen a las personas que mejor las defienden para representar a cada grupo; si una corriente resulta mayoritaria las demás lo aceptan y siguen trabajando en sus propias ideas para que la próxima vez que se vote éstas tengan más fuerza, mientras tanto se apoya el programa del partido. A la cúspide de la organización llegará una determinada persona que representará la imagen del partido ante la sociedad, si resulta atractivo y carismático será una suerte pero en principio estos no son los valores en que se basa su elección, sino que es elegido porque gusta la política que quiere desarrollar.
     ¿Es así como funcionan los partidos políticos? Más bien da la sensación de que no existe ninguna conexión entre los dirigentes y las bases. Parece que los militantes de los partidos políticos generalmente no eligen internamente a los candidatos que se presentan a las elecciones; y parece que les votan no tanto porque les convenzan o les parezcan honrados, sino más bien para evitar que la opción contraria gane las elecciones. Normalmente se suele llegar a una situación con dos partidos mayoritarios y la victoria o derrota depende mucho de la imagen que los líderes proyectan y poco de las ideas que expresan. 
Que gane un partido u otro cambia poco la sociedad, no existen unas clases sociales que se vean beneficiadas o perjudicadas, más bien son ciertos sectores económicos, ciertos ejecutivos y grupos mediáticos los que se benefician. De todas formas una auténtica alternancia entre partidos políticos es la mejor garantía de la salud democrática en un país, es lo único que nos salva de la prepotencia gubernamental y de la corrupción que indefectiblemente se instala en cualquier Administración que no se renueva con la suficiente periodicidad. Si no hay alternancia o es una alternancia simulada, todo resulta peor. 

     Vamos a imaginar cómo sería otro tipo de partido político, un partido en el que se tomaran todas las decisiones por votación, sea en asambleas, a través de Internet o gracias a cualquier otro sistema. Si cupiéramos todos en un gran Hemiciclo podríamos votar las cuestiones a mano alzada. Si realmente la soberanía residiera en el pueblo podrían celebrarse elecciones generales cada semana, cada quince días… y los ciudadanos no se cansarían de acudir a las urnas porque realmente sería una forma de decidir la actuación efectiva de su gobierno. 

     Si un partido político inventa la democracia directa no necesitará pedir el voto en las elecciones porque sólo sus propios integrantes deberían votar por él. Tras las elecciones, esos mismos ciudadanos seguirán tomando las decisiones, los dirigentes simplemente deberán convertir esas decisiones en palabras y hechos. 
     Si ese hipotético partido político llega al poder, los ciudadanos seguirán tomando las decisiones, en este caso el modo de comportarse de su gobierno. 
     Y como cualquier ciudadanos sería libre en cualquier momento de formar parte de ese partido político, entonces cualquiera podría ejercer su cuota proporcional de poder: sería soberano y gobernante del país, así de sencillo te imaginas?

               Llorenç Pons, 10 de marzo de 2004.

     Lo anterior está escrito antes del 11 de marzo y aunque en un primer momento temí que dejara de ser válido en algún aspecto, preferí mantener todas mis ideas. La izquierda no debe olvidar que ha ganado las elecciones gracias a los atentados. La derecha no debe olvidar que ha perdido las elecciones porque mandó a España a la calle diciendo que había sido ETA la autora de la masacre que tanto nos ha conmocionado… y por tanto todos los manifestantes que Aznar y sus partidarios querían que estuvieran manifestándose contra Carod Rovira estaban en realidad manifestándose contra los despropósitos de un gobierno que, sin ser ya España una potencia mundial, actuó como actuó.

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