Muerte, nacimiento...
14 05 Muerte, nacimiento...
Igual que los viejos paquidermos caminan hasta el cementerio de elefantes para ahí morir, los días van a agonizar a Sierra Rebelde, y toda su sangre se desparrama un poco más allá, sobre el Atlántico.
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Los días destinados a desangrarse sobre el Atlántico nacen detrás del Risco y aprenden temprano a escalarlo.
La gente gira la mirada hacia el este para ver qué cara trae el amanecer. A veces sobresalen cañonazos de luz abriéndose paso entre las nubes que coronan el Risco.
Es bueno que los días lleguen del este, pero los viejos del lugar desean que no llegue viento de allí. Tiempo del este, no trae más que porquería. Se refieren al polvo sahariano. En cambio, el tiempo majorero, el tiempo del noroeste, trae dones para la gente del campo, y la atmósfera se limpia, el horizonte se abre a nuevas profundidades, las amenazas se diluyen bajo el azul no emborronado de los días sin calima.
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Decidí investigar un poco y seguirle los pasos al día. Dejamos atrás Incomprensión y Sierra Rebelde, llegamos a la costa y continuamos hacia Caleta de la Tranquilidad, hoy repleta de bañistas y surferos porque es festivo y caluroso este día al que sigo los pasos... para intentar descubrir si en el cementerio al que van a morir los días hay o no un tesoro de colmillos de marfil de días pretéritos, para saber si esos colmillos conservan algo de su brillo original o si eso son sólo leyendas de joyero viejo.
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Pasada Caleta de la Tranquilidad aparece un poblado de casas con ruedas y motor. Y luego un nido de apartamentos turísticos nórdicos, de los que salen filas de ciclistas de todas las edades, que se adentran en los caminos de tierra de los alrededores. También nos cruzamos con unos caballos dedicados a pasear turistas, todas ellas niñas y mujeres. Nos adelanta un corredor en silla de ruedas. Pasamos la bahía artificial del centro turístico, pasamos una especie de pequeña marisma y llegamos al pueblo de pescadores con su muelle bien abrigado, en el que los niños se zambulle de cabeza en el agua con estrépito.
Todos estos lugares no sé qué nombre recibirán en la rara literatura de Resquicio. Yo sólo soy Andaresco, el explorador de sitios y mecedor de ideas en el vaivén de los caminos. Así resumo, descartó y dejo en las cunetas naderías que no merecen ni la tinta de ser pronunciadas y que, si fuera escribidor de pupitre y lámpara eléctrica, ya estarían exultantemente grabadas en el procesador de texto, camino de la impresora.
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Al atardecer, en el paseo marítimo del pueblo de pescadores, empiezan a llegar aves de todo plumaje y condición. Algunas trinan en inglés, otras cacarean en italiano, las hay que pían en español. Todas dejan de aletear, se posan y dirigen sincronizadamente la mirada hacia el oeste, donde el sol ha comenzado a ocultarse. Parecen hipnotizadas. Más allá un pescador fuma frente a sus aparejos ya revisados. Mientras pasamos por la calle, detrás de los visillos de alguna ventana, asoma la nariz de alguna vieja intentando averiguar qué está pasando en el exterior. Las aves se sumen en un silencio espeso y placentero mientras el disco solar se hunde en el mar. La sinfonía de colores no la vamos a describir hoy. La espectación aumenta cuando se acerca el mítico momento en que el sol lanza un último haz de luz, dícese que es un destello verde difícil de apreciar. Quizá eso es lo que todas estas aves migratorias buscan ver, tan concentradas. El espectáculo ya ha acabado y todas siguen mirando al oeste. Luego, poco a poco irán alzando el vuelo, o al menos la mirada, dirigiéndola hacia el Risco, que es donde el siguiente día despierta.
Andaresco, uno de enero de dos mil veintidós.
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