La botella.

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LA BOTELLA.


     ... la marea al retirarse dejó la arena tan mojada que parecía un espejo en el que se reflejaba el Risco en todo su esplendor. 

     Y allá a lo lejos... un reflejo, una botella mecida por las olas. ¿Una botella? Sí, una botella con un papel enrollado dentro, y el corcho protector que mantiene seco el papel. 

     Esto no puede ser real, será ficción, imaginación, se dice Escéptico mientras se va acercando. 

     No quería, pero acabó agachándose y recogiendo la botella. 

     ¿Quién es Escéptico Escéptico?  Uno que pasea por la playa de Famara sin intención de encontrar botellas con mensajes por descifrar.

     Y no era un S.O.S.

     No era el mapa de un tesoro.

     No era una declaración de amor desesperada lanzada al mar para que el azar de las olas hallara la residencia de quien quiso marcharse sin despedirse. 

     No.

     No era nada de eso.


     El papel decía: Imaginativo tenía poca imaginación, en ciertos aspectos. Le gustaba pasear por la ciudad y entrar en los bares a pasar el rato... Cafetitos, cervezas, cigarrillos, refrescos... y, allá en la pared, la pantalla del televisor. 

     El país estaba lleno de calles. Pocas calles no tenían un bar en el que recrearse. Pueblos ciudades urbanizaciones chiringuitos en la playa discotecas botellones... Imaginativo no necesitaba imaginar, actuaba como la mayoría de la gente.

     Pero un día Realista se interpuso en su camino y le dijo: "Alto, tienes el corazón partido". Imaginativo nunca pensó que un corazón se pudiera romper de puro aburrimiento.


     Escéptico frunció el ceño: ¿Qué es esto? ¿Una novela en una botella lanzada al mar? Bostezó y pidió un café... pero desplegó el siguiente folio y siguió leyendo, allí donde estaba: en la terraza de El Chiringuito, en La Caleta, Macaronesia, océano Atlántico, planeta Mares (con un poco de tierra).


     El siguiente folio decía: Imaginativo Imaginativo empezó a imaginar cosas. ¿Fantaseaba? ¿Deliraba? ¿Se estaba convirtiendo en un raro?

     Resulta que en las calles de las ciudades había unos extraños artefactos, en los que hasta ahora no había reparado, llamados bancos (asientos) y que servían para pasar un buen rato, conocer gente, ver pasar la vida en forma de animales y personas... en movimiento hacia sus asuntos. Es cierto que los bancos no tenían luces de neón, ni el teatro que sucede entre un lado y otro de la barra de cualquier bar. 

     Imaginativo descubrió que en su país, a parte de calles, también había caminos. Incluso había campos abiertos sin senderos marcados, por los que se podía caminar sin un fin concreto... verificable en el GPS de mano. ¡Qué raro! -rumiaba- ¿Para qué se habrá inventado todo esto?  

     Y de repente vio una piedra. Una piedra sin aristas, plana. Y se sentó en ella. Buscó el mando a distancia, pero no lo llevaba en el bolsillo. ¿Cómo se ve la televisión y se navega por Internet sentado en una piedra plana, en pleno campo, sin marcas viales, sin una cerveza o café o refresco con que entretenerse?

     Esto es muy raro, se dijo Imaginativo Imaginativo. Entonces levantó la vista y lo vio... 

     ¿Qué vio? Algo imprevisto: el horizonte. Y por el horizonte galopaban nubes. Las nubes tenían sus propios colores, sus formas particulares. No era el telediario, era el mundo, y se le había metido en los ojos, en los sentidos... Y el mundo no le pareció desapacible o extraño. Así, al mirarlo sin apremiantes relojes y retos por cumplir, el mundo era puro sosiego, era algo nuevo y desconocido que se podía explorar en silencio y sin moverse, acudía a él sin tener que solicitarlo o suscribirse. 

     Entonces ocurrió: escuchó una flauta. Pero no era una flauta. Imaginativo estaba imaginando demasiado. En realidad, había empezado a escuchar el trinar de los pájaros. Y descubrió insectos libando el néctar de las plantas florecidas. Creyó ver como las ramas de los árboles crecían. Vio una luna diurna y sopesó la distancia a que estaba del sol. Se preguntó si el sol y la luna podían verse y saludarse, al menos de día. Imaginativo imaginaba demasiado, pero era feliz y no añoró más la rutina habitual de las calles los bares los cafés las cervezas el consumo casi obligado y esa homilía perpetua llamada telebasura que el ciudadano común se traga y traga... porque es a lo que lo mantienen entubado.


               Resquicio.


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