Cliogenicémonos, o no.

 14 12  Cliogenicémonos, o no.


     Cuando alguien se nos muere solemos decir que no va a dejar de estar vivo mientras lo recordemos. Puede ser una forma de des-desconsuelo. Es difícil imaginar cómo de diferente sería el recuerdo que tendríamos hoy de Federico García Lorca si hubiera sobrevivido al pelotón de fusilamiento y hubiera seguido escribiendo durante cuatro o cinco décadas más. Quizá su remembranza no hubiera crecido tanto por más que sí lo hicieran su obra y sus andanzas de mortal. Es más fácil ensañarse con los vivos. Cuando una persona conocida fallece lo que corresponde es publicar su obituario en algún medio, tradicional o moderno. Es el primer paso de esa perdurabilidad que puede que tenga poco que ver con el desaparecido en sí. No podemos saber si algo de eso le llega. Antiguamente se celebraban misas en favor del alma del difunto. Los pudientes podían comprar así una cierta tranquilidad en vida, a devengar en el más allá. Hoy miramos hacia otros púlpitos. A raíz de los anonadantes adelantos que se producen en la inteligencia artificial, relacionados ya incluso con la literatura, me he imaginado cómo podría ser un obituario o una remembranza perpetuas originados por medio de esa inteligencia artificial. Vendría a ser una especie de clionización alternativa, puramente digital. 


     Todos sabemos que las fotos pueden ser manipuladas, es una técnica artística que tiene una vertiente posiblemente perversa. Así mismo sucede con los vídeos, que pueden mentir, crear una presunta realidad, falsa e interesada. Algún día alguien declarará alguna guerra amparándose en un vídeo mentiroso, ¿acaso no fue ya un simple partido de fútbol la escusa para declarar una guerra centroamericana? Ante esa frontera difusa entre lo real y lo ficticio, uno puede sentir alarma, temer la manipulación, y ante ello habría dos actitudes a tomar, una sería no creerse directamente nada, desconfiar de todo lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen; la otra, considerar el retoque fotográfico y la edición de vídeo una herramienta más de la creatividad, del software que nos gobierna y que convendría conocer y saber utilizar para no llegar a ser analfabetos funcionales en el mundo digital. 

     La libertad de que no lleguen a manipularnos (tan fácilmente) está en el conocimiento. Y lo último que he aprendido, gracias a los medios de comunicación, es sobre cómo la inteligencia artificial es capaz de generar imágenes fotográficas aparentemente reales a partir de la nada, según unas escuetas indicaciones que le demos a ese software que se está generando y que, claro, llegará con el tiempo a estar al alcance de cualquiera que desee usarlo. No es exactamente que la máquina cree fotografías a partir de la nada, se utilizan las imágenes disponibles en Internet, es posible que nuestras propias fotos. La máquina no sabe qué es qué, deseo luego, pero sí puede averiguarlo a través de los textos que acompañan a las fotos. Así no le costará mucho crear una fotografía de una pelota. Una pelota que no es ninguna pelota conocida y fotografiada pero que nos parecerá tan real como cualquiera. Y esa operación, crear una presunta foto de una pelota inexistente es lo más básico. Podemos imaginar una sucesión de grados de dificultad y sofisticación de esa creación automatizada, entrando tanto en la manipulación como en la creatividad. Muéstrame una persona con porte aristocrático, crea una foto de mi boda con una chica supersexi, píntame un goya o un van gogh, crea una foto de la guerra. En la entrevista con el experto en este tipo de software éste dijo que algo falló cuando se le pidió que sacara una imagen de alguien montando un kiwi. El programa no sabe distinguir entre kiwi pájaro y kiwi fruta. Sin duda pulir todos esos fallos debe ser un trabajo apasionante para los programadores que desarrollan esta nueva técnica visual. 

     Profundicemos un poco en lo antes dicho, a la máquina se le puede pedir que nos cree una imagen realista de la guerra. Si se lo indicamos, aparecerá el escenario que elijamos. Si se lo indicamos, la fotografía reflejará una imagen de una guerra aséptica, tal como desean que creamos que son las guerras los que las promueven. Si se lo indicamos, la imagen será espeluznante, desgarradora, indigerible. No es ya que nos podamos ahorrar los reporteros de guerra, las implicaciones son muchas más. 

     

     Y unas semanas después de saber que la inteligencia artificial puede crear presuntas fotografías, escucho otro programa de radio sobre lo mismo, pero en este caso sobre la creación automatizada de textos coherentes, dentro de unos parámetros que le son indicados, pero generando auténtica ficción. ¿Cómo es posible? Pues de un modo similar al anterior supongo, reciclando el tono y lo contado en la literatura a la que el programa puede acceder. Y no es pura verborragia, o al menos, siéndolo, no lo parece. En la radio Juan José Millás cuenta que, experimentando con el programa, se le pidió qué redactara un texto sobre él y su compañera reportera, con la que realiza algunos reportajes. El programa creó una  ficción biográfica sobre ellos, que se conocieron estudiando periodismo, se enamoraron, se casaron y no sé qué más. No es ya que sea mentira, es ficción. Y en ciertos aspectos los textos son perfectos, en cuanto a sintaxis y a ausencia de repeticiones reiterativas, dice el maestro. 

     No considero que todo esto sea un pandemónium, la muerte de la literatura. Es un instrumento más de la creación, en este caso automatizada. Sí, en Internet podemos vernos envueltos en redes sociales atestadas de perfiles falsos robóticos que hablen y hablen y hablen, y tras ellos estará el interés, en el mejor de los casos, de distraernos; en el peor, de manipularnos. El software mejorará y se podrán crear novelas de la nada, bestsellers de acuerdo a los gustos de cada segmento de la población. No por ello la humanidad humana, no de hojalata, dejará de escribir novelas analógicas, artesanales. Algún hueco dejará la automatización en las estanterías de la literatura del futuro. Además, podremos jugar a que la inteligencia artificial nos cree  una autobiografía aleatoria, o un obituario panegírico con el que seremos recordados dulcemente en el futuro... durante la vida útil de la máquina. 


              Resquicio, cuatro de enero de dos mil veintitrés.

 

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