María.

 14 11  María.


     María vive en el centro de la capital, donde confluyen las avenidas suntuosas, allí por donde pasan los desfiles pomposos de la patria, en donde surgen las inquietantes algaradas del descontento y el progreso social. 

     María vive en un piso pequeño con un balcón henchido de pecho desde el que se contempla el devenir de la historia. Y si le surge alguna duda sobre lo que está sucediendo, en la retaguardia siempre parlotear y destellea el televisor ejerciendo su magisterio simple, delimitador de la realidad. 

      Allá a lo lejos se ve la cúpula del palacio del Jefe de Estado. Las palomas que picotean migas de pan en el balcón de la casa de María alzan el vuelo y se posan en los aleros del Palacio de Gobierno. 

     María trabaja en una oficina burocrática por la que desfilan los ciudadanos del extrarradio  en busca de certificados tan elementales como imprescindibles, sin los cuales dejarían de estar adscritos al devenir del progreso.

     Hoy María sueña que vive en el campo, cree estar escuchando quiriquiqueos, balidos y trinos cercanos, hasta que los ladridos de un perro la han despertado y se asoma al exterior para ver el incipiente clarear del día entre montañas y no entre rascacielos y nubes de ce-o-dos. Entonces se altera su orden de prioridades y comienza una rutina nueva, primero escuchar la respiración de los niños en la cama, luego leer en la atmósfera los presagios climáticos, luego mirarse en los ojos de los animales domésticos, luego comprobar el estado de las plantas del jardín y celebrar cada novedad prometedora en el huerto. ¿Cómo pude vivir esa otra vida en la capital, tan pulcra como inanimada?,  reflexiona María mientras desayuna. 

     En la capital en este momento el Jefe de Estado está teniendo una pesadilla en la que alza la vista y puede observar la acechante, refulgente y afilada hoja de una guillotina sobre su cogote. Al fin toda esa inquietud hace que se despierte y llama al personal a su servicio, pero nadie acude. Así, el Jefe de Estado sale a los pasillos desiertos y abre las puertas de cada dependencia de palacio, todo permanece vacío y en silencio. La situación es desconcertante, pero el Jefe de Estado comienza una nueva vida repleta de pequeñas rutinas novedosas para él... fregar los platos, preparar los alimentos, lavar la ropa, barrer el suelo, desempañar el cristal de las gafas y el de las ventanas. ¿Cómo pude vivir esa otra vida de lujo y reverencias?, reflexiona el Jefe de Estado. 

     Entonces suena el despertador y María lo silencia de un manotazo; la casa está en silencio, aunque el rumor del tráfico se cuela por las rendijas. María sale hacia el trabajo. El elemento esencial de la vida es la conexión a Internet, ya no importan el paso de las estaciones ni la fauna y flora aledañas a uno, ni aunque se rodee de macetas frondosas.

     Entonces suena un golpear de nudillos tras la puerta, entra el mayordomo y comienza en palacio la cotidiana danza de las genuflexiones. Lo siento, esta historia aquí contada no tiene un final feliz, como cuando un menesteroso pretende mejorar de vida jugando a la lotería y, ni ganando, lo consigue. Sigan con lo suyo, la dosis de fantasía e ilusión se agotó, circulen, circulen...


                 Andaresco, dos de octubre de dos mil veintidós.


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